Era alta, delgada, pálida y ya canosa. Los labios, finos y apretados, parecían dos gomas tensas; los ojos, pequeños, demasiado pequeños para su rostro, como botones mal cosidos.
—¿La señora de Alvarado?
—Yo misma.
—Encantado. Mi nombre es Daniel. Traigo una mala noticia. Se trata de su… hija.
Vaciló en la última palabra. Le resultaba imposible imaginar que aquella mujer hubiera sido madre alguna vez, que hubiese pasado por todo lo necesario para traer una vida al mundo.
—Señor Daniel, usted ha estado bebiendo —dijo ella sin rodeos—. Huele a alcohol.
—Eso no viene al caso, señora. Yo… —¿cómo dar una mala noticia y, al mismo tiempo, mostrar compasión hacia alguien que despierta rechazo inmediato?— …lamento informarle que su hija ha fallecido.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
Lo preguntó con el mismo tono con el que podría haber preguntado cuándo estaría lista la ropa en la tintorería. Frío, exacto, sin emoción.
—Poco después de marcharse de aquí. Murió en Andalucía, en la zona de la Alpujarra.
—¿Y a qué viene usted a decírmelo?
—Pensé que le importaría —respondió él—. Veo que me equivoqué.
Hizo una leve inclinación de cabeza —la justa para no perder el equilibrio— y se giró para bajar los escalones.
—¡Daniel! —la voz de ella cambió apenas, como si asomara algo humano—. Espere.
Él se detuvo.
—Tal vez le deba una explicación. Lamento que Julia haya muerto…
—Se lo agradezco.
—…pero no más que si me hubiera enterado de la muerte de cualquier otra persona. Dejó de ser nuestra hija el día que nos abandonó. Usted no podía saberlo y su visita, aunque bienintencionada, no era necesaria. En cualquier caso, gracias.
—Gracias a usted —respondió Daniel, con una ironía apenas disimulada— por su interés.
La puerta empezó a cerrarse.
Sintió una oleada de rabia. Un deseo casi físico de herirla, de devolverle algo del desprecio que emanaba.
—Creí —añadió antes de que la puerta se cerrara del todo— que al menos querría saber cómo murió su hija.
La puerta se detuvo, abierta apenas unos centímetros.
—La asesinó un loco. La apuñaló.
Silencio.
Un final limpio. Cruel. Suficiente.
Daniel bajó los escalones, subió al coche y cerró de un portazo. Miró de reojo la puerta ya cerrada. Se sintió avergonzado. Pensó en volver, en intentar arreglarlo… pero ¿qué podría decir ahora que no empeorase las cosas?
Además, ella lo había provocado.
¿Qué clase de madre no quería saber qué le había pasado a su hija?
Si el padre había sido igual… ¿cómo pudo Julia soportarlos durante veintidós años?
¿Y por qué no vació el banco entero, para que la suma fuese imposible de encubrir?
Claro. Porque no lo hicieron por ella.
Lo hicieron por orgullo. Por salvar su reputación.
Arrancó el coche y salió del pueblo a demasiada velocidad, tomando las curvas con brusquedad. Cuando alcanzó la carretera, pisó el acelerador hasta superar los 180 km/h, ansioso por dejar aquel lugar atrás.
¿Podría llegar esa misma noche a Murcia?
Murcia quedaba aún lejos. No llegaría. Pero avanzaría todo lo posible.
Esa noche condujo hasta pasada la medianoche. Al amanecer volvió a ponerse en marcha. A media mañana cruzó Albacete; al mediodía, el calor ya era aplastante.
Murcia apareció al fondo como una mancha blanca bajo el sol.
¿Y ahora qué?
¿Ir a la policía?
Ni pensarlo.
Demasiadas explicaciones. Demasiados nombres. Demasiados periodistas.
Tendría que investigar por su cuenta. Después decidiría qué hacer. La posibilidad de que Nelson siguiera allí, después de siete años, era mínima. Lo más probable era encontrar solo un rastro: un nombre, una dirección antigua, un recuerdo.
Tenía dos vías claras:
Las galerías de arte —por suerte llevaba las fotos de los cuadros de Nelson—
y los hospitales y sanatorios, por si la enfermedad había terminado por alcanzarlo.
Respiró hondo. Decidió empezar por los sanatorios.
Aparcó el coche cerca del centro de Murcia. Como no conocía bien la ciudad, optó por ahorrar tiempo utilizando taxis.
Primero se dirigió a la Cámara de Comercio. Una empleada, correcta y eficiente, le facilitó un listado de los antiguos centros sanitarios. Con su ayuda fue tachando todos aquellos que se habían inaugurado en los últimos años. Los que quedaban no eran tantos como había imaginado. Podía recorrerlos todos en una sola tarde.
Llamar por teléfono no serviría de nada. Nelson no se habría registrado con el mismo nombre que utilizó en Órgiva. En cada lugar tendría que hablar con alguien que llevase allí al menos siete años y tratar de identificarlo describiéndolo.
—Va a ser un trabajo infernal —pensó.
Pero no lo fue.
Resultó demasiado fácil. Ridículamente fácil.
Tuvo éxito en el segundo intento.
Un hombre bajo, de cabello gris, con gafas de montura gruesa tras las cuales brillaban unos ojos vivaces, lo recibió sentado tras un escritorio metálico.
—Sí —dijo tras escucharlo—, aquí tuvimos a un paciente con esas características. Si quiere, puedo consultar los archivos, pero no es necesario. Recuerdo bien el caso. Ingresó hace unos seis o siete años. Permaneció aquí casi dos años.
Daniel sintió un ligero vértigo.
—Murió en este centro —continuó el médico—. Al ingresar, su enfermedad parecía únicamente pulmonar, pero evolucionó hacia la médula ósea, localizada en la columna vertebral. Se intentó cirugía y varias punciones, sin éxito. ¿Dice usted que era un asesino? Entonces, supongo que su caso se resolvió ante un tribunal más alto que cualquiera de los nuestros.
—Ya veo… —murmuró Daniel, con una sensación extraña en el estómago—. Doctor, si me lo permite, necesito estar completamente seguro de que hablamos del mismo hombre. Usted dice que era pintor. ¿Realizó alguna obra durante su estancia aquí?
—Durante los primeros meses se le permitió pintar algunas horas al día. Después ya no pudo. Pero terminó varios cuadros. Uno de ellos está colgado ahí mismo, detrás de usted.
Editado: 19.12.2025