Caso Abierto: Un Grito en la Oscuridad.

Capitulo 19

¿Quién podía haber registrado todo —incluso el cobertizo— y llevarse la carta? No encontraba una explicación razonable.

Julia llevaba ocho años muerta; Nelson, cuatro o cinco. El asunto estaba cerrado, archivado, olvidado por todos… salvo por él.

Vi estaba friendo unos huevos.

—No falta nada —dijo ella—. Tampoco hay nadie. Deben de ser imaginaciones tuyas.

—Puede ser.

—¿Quieres preparar algo para beber antes de la cena?

Weaver preparó dos copas. Las cargó más de la cuenta: la suya porque necesitaba despejarse la cabeza; la de Vi porque, si se daba cuenta, protestaría al verla más floja.

—Se me había olvidado preguntarte —dijo ella—. ¿Cómo está Martín?

—¿Martín? —durante un segundo no supo de qué hablaba; luego recordó la historia que había usado como excusa para el viaje—. Bien. En Madrid, como siempre. Más grande, más ruidosa. ¿Y tú? ¿Qué tal en Granada?

—Estupendamente.

Había algo en su tono que le llamó la atención. A Vi siempre le había gustado Wayne Colby… y Madge Colby dormía a base de pastillas. Pero, pensándolo bien, aquello le daba igual. Tal vez Vi había supuesto que uno de los motivos del viaje de él era exactamente el mismo: distraerse, olvidar.

Y así había sido.

No pensó en Vi ni una sola vez mientras estuvo fuera. Solo pensó en otra mujer. Una que llevaba ocho años enterrada.

Julia.

¿Había servido el viaje para disipar su fantasma? Ahora lo sabía todo: quién era, de dónde vino, por qué murió, quién la mató y qué fue del asesino. Ya no quedaban preguntas.

Entonces, ¿por qué alguien había robado la carta?

Terminó su copa. Pensó durante un largo rato. Al final encontró una explicación aceptable.

La noche en que descubrió la carta estaba borracho como una cuba. Al tratarse de algo tan importante, debió esconderla en algún sitio que ahora no recordaba. Eso era lo lógico. Al día siguiente la buscaría con calma y aparecería.

¿Y los indicios de que alguien había entrado en la casa?

Fácil. Algún ratero buscando dinero o joyas. No encontró nada porque no había nada. Eso explicaba todo.

Se tranquilizó.

No quedaban cabos sueltos. Y los cabos sueltos siempre le habían repugnado.

Tal vez por eso el caso de Julia lo obsesionó desde el principio. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Ahora que las tenía todas, quizá por fin podría escribir la historia. ¿No había sido ridículo postergándolo tanto?

Vi puso los huevos fritos sobre la mesa. Ya no se sirvió otra copa. La primera le había sentado bien.

Cenaron. Él lavó los platos, aunque apenas había. Necesitaba mantenerse ocupado. Mientras Vi los guardaba, preparó otra ronda.

—Oye, Vi…

—¿Sí, Daniel?

—Nada. No importa.

¿Qué podía decirle? ¿Qué quedaba por decirse después de cinco años de silencio compartido?

Negó con la cabeza. Cogió su vaso y salió al porche para aprovechar el fresco. Anochecía.

Pensó en dar un paseo… pero sabía adónde acabaría y ya no tenía sentido.

«¿Me estaré volviendo loco?», pensó. «Loco de verdad, no solo cansado»

Intentó ser objetivo. Si otro hombre le contara todo aquello, pensaría que estaba trastornado. Desde fuera siempre era fácil.

¿Por qué había pasado todo?

Quizá porque él mismo estaba abierto a ello. Porque la Naturaleza aborrece el vacío. Porque Julia —idealizada, muerta— contrastaba brutalmente con Vi.

Vi, con la televisión siempre encendida, con su afición constante al whisky y a los dulces, engordando despacio, apagándose por dentro, ocupada solo en la casa, cocinando mal, sin ningún interés real por él.

Cada vez se parecía más a… una vaca.

Pobre vaca. No era culpa suya. Al menos había algo positivo: ninguno de los dos quería ya al otro.

Terminó la copa. Volvió a la cocina. La botella abierta no estaba. Vi se la habría llevado al salón.

El ruido del televisor era insoportable.

Daniel decidió no ir al salón. Abrió otra botella y se sirvió una dosis doble. Salió otra vez y, poco después, Vi subió el volumen.

Se llevó el vaso al cobertizo.

Sacó el bulto de lona. Lo desenrolló. Miró su contenido. Extendió la mano… y se detuvo con un escalofrío.

—No seas imbécil —murmuró—. No eres un fetichista.

Volvió a enrollarlo y lo colocó en su sitio.

¿Dónde demonios había puesto la carta?

Y si no la había escondido…

No. Dominó ese pensamiento igual que había dominado el impulso de tocar lo que guardaba la lona. Si la carta había sido robada, entonces había algo más que no cuadraba.

Pero no. El caso estaba cerrado.

Apagó la luz del cobertizo y se sentó en el escalón. Terminó la copa. Fue a buscar otra… y recordó la botella que había dentro. Volvió a entrar y se sirvió más.

«¿Vas a emborracharte otra vez?», se reprochó. «¿No fue suficiente anoche?»

Recordaba cosas que no podían haber pasado. Un policía que sabía su nombre. Una celda. Un error sin explicación. Todo apuntaba a un sueño fragmentado, provocado por el alcohol.

Debería dejar de beber. Dos borracheras en tres noches no eran buena señal.

Pero dentro de la casa, Vi probablemente iba por el mismo camino.

Pensó en entrar… pero no. Aquello sería puramente animal. Mejor soñar despierto que aceptar esa miseria compartida.

Salió a caminar.

La luna era apenas una línea. La luz era mínima. «Fue una noche así», pensó, «cuando mataron a Julia».

El álamo se recortaba en la oscuridad. Se sentó bajo él. No veía la tumba, pero sabía dónde estaba.

Volvió a fantasear. El mismo sueño de hacía ocho años, antes de Vi, cuando conocia a Julia. Un sueño absurdo. ¿Por qué iba ella a fijarse en un desconocido como él?

Regresó a la casa.

Vi dormía en el sillón, con la boca abierta, una incipiente papada bajo la barbilla. Miró la botella a su lado: había bebido más que él.

Claro. Él había ido hasta la tumba.

Y eso llevaba tiempo.



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En el texto hay: triller, suspeno

Editado: 19.12.2025

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