Capítulo 31
Isis Ivanov de Stone
El sonido del monitor era constante mientras mostraba en la pantalla los latidos del corazón de mi madre, mismos latidos que iban más rápido de lo normal al igual que su número de respiraciones, sin embargo su presión arterial y su saturación de oxígeno se encontraban bajas lo que me llamó la atención por unos momentos, pero mi mente estaba demasiado ocupada con mis emociones como para intentar descifrar el estado de su cuerpo con mis conocimientos médicos. Por otro lado, mi madre seguía en un profundo sueño producto de la anestesia y en parte agradecía que se mantuviera de esa manera porque de otro modo no tendría idea de cómo explicarle lo que sucedió, no hay manera de que ella sepa que está a tan solo una pregunta de recibir la peor noticia de su vida. Traté de distraerme observando la habitación, lo primero en lo que te fijas al entrar al hospital es en el olor a antiséptico por doquier, luego están las paredes blancas de las habitaciones dándole un toque frío al ambiente, después están los objetos de la misma como la mesa al lado de la camilla, el mueble, una cortina y por último la ventana que bien podría dar un ambiente más cálido si no fuera porque hoy está nublado.
Pasaron unos minutos en los que mi padre y yo solo veíamos a mamá seguir en el mundo de los sueños, incluso había comenzado a rezar en mi mente para que siguiera de esa manera mientras trataba de pensar en alguna forma menos dolorosa de darle la noticia, pero fue demasiado tarde. Mi madre abrió los ojos con pesadez y antes de que ella pudiera recordar completamente los últimos acontecimientos llevó su mano instintivamente hasta su vientre envuelto en un vendaje, delatando la cesárea que le habían realizado hace algunas horas, al percatarse de la misma trató de sentarse en la cama buscando con sus ojos a alguna pequeña creatura sin importarle el dolor por la cirugía reciente, pero como era de esperarse no la encontró por ningún lado. De inmediato nos miró a mi padre y a mi confundida, analizando por qué su bebé no estaba con ella y por qué nuestros rostros se veían tan tristes, algo en nuestra expresión nos delataba más que las palabras.
-Dónde está?-su voz se encontraba sostenida por un hilo de esperanza, una que se desvanecía mientras seguían pasando los segundos y no le dábamos respuesta-Elías, donde está mi bebé?
Ella sabía que mi padre jamás podría mentirle, pero él se encontraba tan roto como yo de ver a la mujer que sigue amando a pesar de todo desesperada por un bebé que ya no está entre nosotros, ninguno de los sabíamos que decirle o como hablarle, no existían las palabras correctas para un momento como este así que nuestra única respuesta fue el silencio y una profunda mirada de dolor hacia ella que solo le confirmo lo que más temía, no hacía falta decir nada, el silencio fue la respuesta que ella más temía.
Mi madre comenzó a negar con la cabeza repetidamente para luego dejar escapar un sollozo seco que se convirtió en un grito histérico cargado del dolor de haber perdido lo que ella más amaba, mi padre dió un paso al frente en su dirección buscando consolarla de alguna manera, sus hombros que siempre se veían anchos y firmes dejando ver su faceta de ex guardaespaldas ahora estaban encorvados como si estuvieran sosteniendo el peso de la cruda verdad, con sus fuertes brazos rodeó el torso de mi madre en un suave abrazo que buscaba recordarle quién estaba allí para sostenerla sin importar las circunstancias. De lejos parecía que mi padre estuviera abrazando a una rosa, pero una rosa llena de dolor y de espinas ya que no paraba de llorar con fuerza mientras repartía pequeños golpes con sus puños en la espalda de mi padre, pero a él no parecía hacerle daño en lo absoluto.
-Tráemelo! Tráeme a mi bebé! Quiero verlo, por favor déjenme verlo, quiero conocerlo, no me importa como esté. Déjenme verlo!-hablaba mamá entre gritos y lágrimas.
Sentía mi alma desgarrarse ante su dolor, nadie te prepara para ver a la mujer que te trajo al mundo sufrir de esta manera por culpa de un mal destino que le tocó vivir, sentía que me faltaba el aire y tuve que respirar varias veces aunque la opresión de mi pecho seguía sin querer irse. Trataba de ser fuerte para ella pero las lágrimas en mis ojos amenazaban con salir en cualquier momento y no sé si sea tan fuerte como para retenerlas lo suficiente, justo en el momento exacto entró una enfermera a la habitación cuya tarea era corroborar que mi madre estuviera bien pero de inmediato la intercepté.
-Por favor tráigale el bebé a mi madre, ella necesita despedirse-le pedí en voz baja.
La enfermera por suerte no se detuvo a preguntar ni a cuestionar nada, creo que supo lo que pasaba desde que vio nuestros rostros y la tensión de los que estábamos allí, así que solo se limitó a asentir y luego de tomar nota del nombre de mi madre salió de la habitación. Alrededor de unos cuantos minutos volvió caminando despacio pero sosteniendo un pequeño bulto entre sus brazos que estaba envuelto en una mantita blanca de algodón, no había prisa ni reclamo en sus pasos, solo se veía el respeto de ella hacia mi madre por haber tomado una decisión tan valiente y necesaria. Tenía en mente que se lo entregara directamente a ella pero en vez de eso me lo extendió a mí y fue tanta la conmoción que no pude negarme, lo tomé entre mis brazos con suma delicadeza sabiendo que estaba cargando el bultito más liviano y doloroso de toda mi vida, pero también el más precioso.
Le agradecí a la enfermera y caminé hacia mi madre la cual seguía acurrucada en el pecho de mi padre pero afortunadamente más calmada que hace unos minutos, apenas notó lo que estaba sosteniendo me extendió sus brazos temblorosos buscando el contacto de ese ser pequeñito que había estado creando en su vientre todos estos meses mientras que a la vez luchaba por su propia vida. En cuanto se lo entregué lo acomodó entre sus brazos, se tomó unos minutos para sostenerlo y solo cuando estuvo lista quitó la manta que cubría el rostro del pequeño, un jadeo salió de su boca y tan pronto como lo hizo comenzó a soltar más lágrimas. El bebé era diminuto, su piel estaba casi traslúcida con una palidez de porcelana, sobre su cabecita resaltaban una que otra hebra de cabello fino y rojizo que delataba el parecido idéntico con quién hubiera sido su padre, sus facciones eran afiladas y sus ojitos estaban cerrados, como si estuviera en un sueño eterno del que jamás podría despertar. Incluso mi padre comenzó a llorar a pesar de sus intenciones de ser fuerte, todos en la habitación estábamos sumergidos en ese momento en el que conocíamos a mi hermanito pero no de la forma en la que hubiésemos querido.