Ya en Santa Marta, Catalina exclamó desconcertada:
—¡Pero esto, no es una ciudad! ¡Son un par de chozas!
El padre de Catalina, don Pedro García, un hombre robusto, alto, que imponía respeto, la esperaba junto a sus hombres. Catalina bajó de un bote y corrió a abrazar a su padre, exclamando:
—¡Padre, padre! Te he extrañado demasiado.
Su padre, muy entusiasmado, la abrazó, la besó y exclamó:
—¡Hija mía! ¡Por fin, están aquí! —Y juntos fueron a encontrarse con Isabel, mientras Alonso ya no podía con todo el equipaje.
Don Pedro lo miró y preguntó:
—¿Es el sirviente?
Catalina sonrió y exclamó:
—¡Sí, padre! Deberás darle una habitación.
Alonso, muy enojado, quiso responder, pero decidió guardar silencio, pensando en sacar provecho de esa mentira, mientras los hombres de don Pedro le ayudaban con el numeroso equipaje. Isabel no dijo nada en agradecimiento a Alonso.
En la casa, Catalina llevó a Alonso a un cuarto y le dijo:
—Aquí es donde vas a dormir. En la tarde, espero que me lleves algo de comer a mi habitación —y se fue riendo.
Alonso acomodó su equipaje en un rincón y pensó: ¡Sirviente! Esperen a que vuelva de la ciudad de oro... Mejor iré a averiguar sobre la expedición.
Salió con sigilo, esperando no encontrarse con Catalina, y caminó por Santa Marta, habitada por indios y un reducido número de españoles. Se encontró con unos marineros y preguntó:
—¿Me podrían decir algo sobre la expedición que saldrá en busca del mar del sur?
—¡Estás loco, si piensas ir a esa aventura! —respondió un marinero.
—¡Mira, ese par de hombres! Fueron atacados por criaturas que se esconden en el río, y te pueden devorar —exclamó otro, mientras le mostraba un mapa.
Alonso quedó mirando a los hombres: uno sin una pierna, el otro sin un brazo. Pensó: Debería haber traído a Catalina para que se le quiten esas ganas de ir a la expedición.
Mientras reflexionaba, un marinero le golpeó la espalda y gritó:
—¡Marinero, mira el mapa!
Disgustado, Alonso exclamó:
—¡No soy marinero! Soy un explorador que ha estado en todos los continentes.
—¿Por qué sigues vivo? —preguntó sarcásticamente uno de los marineros.
Alonso, molesto, le respondió:
—Porque soy de los mejores, o quizás, el único que todavía está vivo.
El marinero solo sonrió y, mostrando el mapa, comentó:
—Van a rodear estas montañas para buscar de nuevo el río donde los esperarán los bergantines.
Alonso se rascó la cabeza y preguntó:
—¿Dónde están organizando todo esto?
—¡Qué suerte tienes, marinero! Ahí está Hernán de Quesada, el hermano de quien dirigirá la expedición. Ve y habla con él —le dio una palmada en la espalda.
—Gracias, amigos. ¡Y no soy marinero! —gritó Alonso, mientras corría a buscar a Hernán de Quesada.
Luego de hablar con Hernán y contarle sus aventuras, Alonso se dirigió a casa con una sonrisa que se notaba a distancia.
Catalina había salido con su madre y algunos hombres de su padre a comprar frutas. Al verlo, lo sorprendió por la espalda:
—¡Quieto, marinero!
Alonso, con temor, volteó a mirarla y exclamó:
—¡Que no soy marinero!
Catalina, ahogada en risas, logró decir:
—¿En dónde estabas?
Primero saludó a Isabel y luego respondió:
—Asegurándome un lugar en la expedición.
—¿Aseguraste mi lugar? —preguntó Catalina, tomando el brazo de Alonso en voz baja.
—¡Señorita! Yo no le he prometido llevarla a ninguna expedición —exclamó Alonso, zafándose de ella. Pero Catalina lo volvió a sujetar y le amenazó:
—Mi madre me ha contado que no tienes permiso de la Madre España para estar aquí. No creo que eso le agrade a Gonzalo Jiménez de Quesada.
Isabel, incómoda por tanta cercanía, exclamó:
—¡Catalina! ¿Qué estás planeando?
Catalina soltó a Alonso y respondió:
—¡Nada, madre! Solo le estoy animando a Alonso para que vaya a la expedición, porque dice que le da mucho miedo.
Alonso se tapó la cara con las manos, tratando de contener su ira, y no dijo nada.
Isabel sonrió, le entregó unas frutas y comentó:
—Si tienes miedo, ¡no vayas! Podrías quedarte en la casa como sirviente.
Catalina, sin perder la oportunidad, exclamó:
—¡Sí, madre! Alonso me estaba pidiendo eso, que convenciera a mi padre para que me quedara en la casa trabajando.
Alonso, que hervía de la ira, caminó más rápido para alejarse de las burlas de Catalina, pero ella gritó:
—¡Eso, Alonso! Que mi padre necesita pronto esas frutas.
Alonso llegó a la casa, dejó las frutas en una mesa y se fue a su cuarto, aguantando las ganas de matar a Catalina.
Al llegar, fue directo a la puerta del cuarto de Alonso y la golpeó. Este guardó silencio, y Catalina preguntó:
—¿No me digas que estás enojado?
Alonso no respondió. Entonces, Catalina le suplicó:
—¡Alonso, abre! Quiero enseñarte algo... No hay explorador sin espada, y te traje una.
Alonso abrió de inmediato y preguntó:
—¿Dónde está?
Catalina entró y respondió:
—En el cuarto de mi padre.
Alonso se rascó la cabeza y se acostó, tapándose la cara con una camisa. Catalina se sentó a su lado y comentó:
—Mi padre tiene muchas espadas. Te puedo conseguir una, pero prométeme que me llevarás contigo.
Alonso se incorporó, la miró y respondió:
—Cree que con ese vestido tan ancho podrás andar en la selva. Lo primero que pasará es que el lodo no te dejará caminar.
—Con mi ex prometido, cuando estuvimos en África, me hizo hacer unos pantalones como los tuyos —comentó Catalina, dándole un codazo.
—Y tú, ¿cuándo terminaste con tu prometido? —preguntó Alonso, devolviéndole el codazo.
—¡Desde que se lo comió una bestia! Pero eso no importa. Quiero saber cuándo sale la expedición.
Alonso se levantó, le dio la mano y le dijo:
—Lo siento, señorita, pero ya quiero descansar —y le cerró la puerta.
#12293 en Otros
#1818 en Humor
#1789 en Aventura
conquista america, aventura humor, romantico cliche amor a primera vista
Editado: 16.04.2026