Catalina En La Conquista De El Dorado

PELIGROS Y LODO

Cada vez, los hombres iban decayendo en ánimos; solo los indios permanecían en buen estado. Muchos habían sufrido picaduras de animales, y otros padecían fuertes fiebres que ya habían acabado con la vida de varios. En las ciénagas, todo empeoraba. Los caballos no podían avanzar y tuvieron que cargarlos. Entonces, Catalina exclamó:

—¡Alonso! ¡Mira cómo estoy! No puedo sacar el pie del lodo.

Alonso le extendió la mano y, con tanta fuerza que Catalina cayó de cara al lodo, la levantó con temor y comentó:

—¡Vaya manera de salir del lodo!

Catalina, levantándose y limpiándose el rostro del barro, exclamó:

—¡Lo has hecho a propósito! ¡Me has tirado al lodo!

Alonso, al ver la ira en los ojos de Catalina, se alejó y dijo:

—No medí la fuerza, eso fue lo que pasó.

Catalina, quitándose el barro del cabello, lo amenazó:

—¡Eres un mentiroso! No pretendas convencerme con esa excusa. ¡Te la voy a cobrar, espera y verás!

Mientras Catalina le lanzaba amenazas, un hombre gritó:

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Los soldados empezaron a disparar con sus arcabuces, y los indios lanzaron flechas. Pero un monstruo se llevó a un soldado. Catalina volteó a mirar y vio cómo un ser terrible arrastraba a un hombre, gritando:

—¡Alonso, ayúdame!

Corrió hacia él, y Alonso le dijo:

—¡Qué manera de correr en el lodo!

Agitada, Catalina contestó:

—¡Cállate! ¿No viste ese monstruo que se llevó a ese soldado?

Alonso la tomó del brazo y le respondió:

—¡Tenemos la orden de no acercarnos al río! Hay muchos peligros ahí.

Catalina, temblando de miedo, comentó:

—¡Alonso! Sabes que mi padre tiene mucho dinero. Ahora debe estar buscándome, pagando una buena recompensa. Podrías reclamarla si me llevas con él.

Alonso sonrió y dijo:

—¡Con gusto la devuelvo! Pero lo primero que haría su padre sería ejecutarme.

Justo en ese momento, Gonzalo de Quesada, desde un lugar firme, dio la orden:

—¡Sacar todo del lodo! Lavad los caballos y los mastines, que pronto partiremos.

La caravana empezó a avanzar, y Alonso, al mirar a Catalina, que estaba sucia y agotada, le comentó:

—Nunca había conocido a una mujer tan sucia como tú.

Catalina, enojada, le dio un codazo en el estómago y respondió:

—¡Eso me lo vas a pagar! Espera a que tenga la oportunidad, y verás.

—Pero si solo he querido ayudarte —le respondió Alonso, y luego la abrazó.

—¡Suéltame! ¡No te he perdonado! —exclamó Catalina, alejándose de Alonso, aunque luego corrió de regreso y gritó—: ¡La Virgen me proteja! Casi me voy a la orilla del río.

Alonso se río y le respondió:

—¡Tranquila, señorita! Este caballero la va a proteger.

—¡Te he dicho que no necesito tu ayuda! —reclamó Catalina, acercándose a los soldados. Alonso sacó un recipiente de cuero y empezó a tomar agua. Catalina, muy despacio, se le acercó y comentó:

—Hace mucho calor, ¿no crees, Alonso?

—Normal, ya estoy acostumbrado a estos climas —contestó Alonso, saboreando el agua, y añadió—: ¡Esta agua está como para los dioses!

—¿Me podrías dar un poco? Estoy que muero de sed —pidió Catalina, casi rogándole.

—¡Ay, qué rica agua! ¿Me hablaba, señorita? —exclamó Alonso, evitando mirarla.

—¡Que te he pedido agua y no me quieres dar! —reclamó Catalina, enojada.

—¡Perdón, señorita! No la había escuchado. Aquí tiene —le dijo Alonso, entregándole el recipiente.

—¡Pero aquí no hay nada! ¡No me has dejado ni una gota! —exclamó Catalina, tirando el recipiente.

—¡Ya van dos, Alonso! ¡Ya van dos! —terminó amenazándolo.

Continuaron caminando a través de las ciénagas, exhaustos. Alonso, jadeando, comentó:

—Este calor y los zancudos me van a matar.

Asustada, Catalina exclamó:

—¡Alonso! ¡Mira ese monstruo! Es casi igual a unos que vi en África.

—Mejor, alejémonos —aconsejó Alonso—. Tiene la boca abierta, mostrando sus colmillos, como para devorarnos.

—¡Señor Alonso! —gritó el capitán Céspedes.

—Capitán Céspedes, espere un momento, que no puedo sacar este pie —respondió Alonso, luchando contra el lodo.

El capitán Céspedes le lanzó una soga y ordenó:

—¡Llegue aquí y ayude a estos soldados a sacar los caballos del lodo!

—Sí, capitán, pero primero debo ayudar a mi prometida —contestó Alonso.

—Señor Alonso, ¿su prometida no llevará al general en su espalda, o sí? —preguntó el capitán.

—Esas no fueron palabras de un caballero —interrumpió Catalina.

—Está bien, ayude a la señorita y luego a los soldados. Ya me han contado cómo es su prometida —ordenó Céspedes.

—¡Qué han dicho de mí, capitán! —reclamó Catalina, limpiándose el barro de los brazos.

—Nada, señorita. Y no lo quiero saber —dijo el capitán y se marchó.

—¡Huya, capitán! ¡Dígale al general que ya hablaré con él! —amenazó Catalina.

Tras días de camino, con zancudos por todos lados, con hambre —porque las provisiones se estaban acabando— y con las ropas destrozadas, decidieron descansar. Gonzalo de Quesada se acercó y preguntó:

—¿Necesito voluntarios para cazar y conseguir agua en la selva?

Alonso exclamó:

—¿Y el agua? ¿Por qué no la cogemos del río?

Gonzalo se acercó en su caballo y respondió:

—¡Con esos monstruos! Solo un valiente podría ir.

Catalina, viendo su oportunidad, exclamó:

—¡Alonso es muy valiente! Dijo que no les tenía miedo a esos monstruos, seguro que querrá ir.

—Entonces, que no se diga más. Que llene todos esos recipientes —dijo Gonzalo, y se fue.

Hernán de Quesada, que se le acercó a Alonso, le dijo:

—Su prometida, sí que confía en usted.

Luego, Alonso empezó a llenar un recipiente en la orilla del río. Los nervios le temblaban en las manos. Catalina le lanzó una piedra, y Alonso salió corriendo, gritando:

—¡Un monstruo! ¡Un monstruo!

Los soldados rieron, y Catalina soltó una carcajada. Alonso, entre risas nerviosas, exclamó:




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