Catalina En La Conquista De El Dorado

LODO Y FRIO

Los días pasaron y la comisión bajo el mando del capitán Valenzuela no regresaba, por lo que Catalina comentó:

—¿Será que terminaron en el estómago de un cacique o devorados por las bestias?

—No digas eso. Seguro que ya están de vuelta y vienen con esmeraldas —animó Alonso, moviendo su espada de un lado a otro.

—¿Y por qué no fuiste tú, Alonso? Deberías estar allá, buscando esmeraldas.

—El general me dio una orden muy difícil de cumplir.

—No me digas que la gran misión es ir a cazar y alimentar al general —dijo Catalina, con tono sarcástico.

—No, una misión tan peligrosa como enfrentarse a una bestia.

—Ya deja de adornar tu misión y dime, ¿cuál es? —preguntó Catalina, enojada.

—La misión que me dio el general es controlar a mi prometida —dijo Alonso, sonriendo.

—No eres un caballero si me comparas con una bestia, y ese general ya me va a escuchar —amenazó Catalina.

—¿Para dónde vas? —preguntó Alonso, obstruyéndole el paso.

—Solo voy a caminar, quiero conocer el pueblo —contestó Catalina, arreglándose el cabello.

—Espero que no vayas a retar al general. No quiero terminar en una ejecución —imploró Alonso, nervioso.

—¡No seas cobarde! ¿Acaso no estás cuidando a una bestia? —dijo Catalina, saliendo de la carpa enfadada.

—¡Espera, Catalina! Iré contigo. Ahora debo cuidar mi espalda —gritó Alonso.

Caminando por las calles del pueblo, Catalina comentó:

—Mira, Alonso, cómo los habitantes de este pueblo contemplan mi hermosura.

—Diría que están asustados —comentó Alonso, sonriendo.

—¡No están asustados! Están asombrados por mi belleza.

—Creo que miran la hermosura de mi espada —dijo Alonso, tratando de incomodar a Catalina.

—¡Cállate, Alonso! No trates de opacar este momento. Tal vez me regalen una esmeralda.

—¡Señorita! Si es así, guardaré silencio. En ese caso, hubiera sido bueno que te bañaras.

—¡Cállate! Deja de decir incoherencias. Vete, no opaques mi belleza.

—Tal vez no miran tu belleza, sino la suciedad de tu cabello.

—¡Deja de ser tonto y aléjate de mí! —exclamó Catalina enojada.

—Señor Alonso, veo que su prometida está enojada. No deje que se acerque al general —ordenó el capitán Hernán de Quesada.

—Capitán, mi prometida no se acercará al general —responde Alonso, buscando con la mirada a Catalina.

—Veo que su prometida ya se le perdió —comentó Hernán de Quesada.

—Lo siento, voy a buscarla —dijo Alonso y salió a buscar a Catalina.

Alonso buscó mucho tiempo a Catalina, pero no la encontró, así que decidió descansar. Ya entrada la noche, el capitán Hernán de Quesada gritó:

—¡Señor Alonso Domínguez!

—¡Sí, capitán! —respondió Alonso, arreglando su camisa.

—Su prometida está discutiendo con el general. Vaya de inmediato, antes de que la ejecuten.

Alonso corrió y escuchó a Catalina decir:

—¡General, devuélvame las esmeraldas que me quitaste!

—¡Señorita! Esas esmeraldas son de la corona de España —respondió enojado el general.

—¡Exijo hablar con el rey! —ordenó Catalina.

—¡Señor Alonso! ¿Qué es lo que ha tomado su prometida? ¡Ha perdido la razón! —comentó el general.

—¡No he tomado nada! Y no trate de evadir mi reclamo —exclamó Catalina, arremangándose su vieja camisa.

—¡Catalina, por favor, ven conmigo! —interrumpió Alonso.

—¡Cállate, Alonso! Deberías desafiar a un duelo al general y recuperar mis esmeraldas.

—¡Señor Alonso, si no se lleva a su prometida, lo mandaré a ejecutar! —amenazó el general.

—¡Qué valiente prometido tengo! —intervino Catalina.

—¡Vamos, Catalina! ¿Qué has tomado? —preguntó Alonso.

—¡No, Alonso! Sin mis esmeraldas, no me voy.

—Lo siento, general. Mi prometida está en estado de embriaguez. Le pido que perdone su comportamiento —se disculpó Alonso, tomando a Catalina del brazo y llevándola, mientras ella gritaba:

—¡Volveré por mis esmeraldas, general!

Dentro de la carpa, Alonso exclamó:

—¿Qué te has tomado? Vas a hacer que me ejecuten.

—¡Y a quién le importa que te ejecuten!

—Mejor descansa. No quiero discutir contigo —dijo Alonso y salió de la tienda.

A la mañana siguiente, Catalina preguntó:

—Alonso, me duele la cabeza.

—Agradece que aún la tienes. Un poco más de tus locuras y nos mandan a ejecutar.

—No me acuerdo de nada. ¡Ay, me duele la cabeza!

—¿Qué tomaste, Catalina? No es la primera vez que discutes con el general.

—No sé. Solo estaba con unas ancianas que me dieron una bebida.

—¡Señorita! ¿Qué diría tu madre si se entera de esto?

—¡Nada! Porque no se va a enterar. ¿Acaso me estás amenazando? —contestó Catalina, enojada.

—No, pero el general sí —aclaró Alonso, mientras se colocaba las botas.

—No me hables. Mejor ve a buscar un poco de agua —terminó diciendo Catalina, tapándose con las mantas.

Pasados los días y el contratiempo, la comisión del capitán Valenzuela volvió de las minas. El general lo recibió y le preguntó:

—Capitán Valenzuela, ¿qué información me trae?

—Le hemos traído esmeraldas y además le quiero informar del avistamiento de buenas tierras más allá de las minas —contestó Valenzuela, luego tomó agua de una jarra muisca.

—Capitán, descanse. Luego hablaremos de su exploración. Traigan comida a los soldados y al capitán —ordenó el general, y se dirigió a su carpa.

—¡Más esmeraldas, más esmeraldas para el general! Espero que reparta su tesoro con nosotros —reclamó Catalina.

—Deberías callar. Uno más de tus reclamos al general y seguro que nos ejecutan —aclaró Alonso.

—¡Mira, Alonso! Hay una esmeralda en el piso. Cógela antes de que se den cuenta —dijo Catalina.

—Ya la veo, pero está debajo del caballo del capitán Hernán de Quesada.

—Ve, conversa con él y entiérrala con tu zapato, en el lodo, la esmeralda —aconsejó Catalina, sin dejar de mirar la piedra.




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