Luego de negociaciones, el Hoa y sus esposas quedaron bajo custodia de los españoles, sin saber que el verdadero Hoa Eucaneme se hacía pasar por un anciano, engañando a los españoles. Al cabo de un tiempo de recorrer el pueblo y el palacio, Hernán de Quesada informó: —General, esto es todo lo que hemos conseguido. Hay oro, esmeraldas, mantas y otros objetos.
El general caminó alrededor del tesoro y ordenó: —Montar guardia y hacer un inventario.
—¿General, volveremos al campamento? —preguntó Alonso, mientras admiraba el tesoro.
—No. Acamparemos aquí. Debe haber más oro y mañana lo buscaremos — aclaró el general. Se montó en su caballo y se fue con algunos hombres a recorrer el pueblo.
Catalina, tratando de acercarse al tesoro, comentó: —¡Tenías razón, Alonso! Este lugar no es El Dorado. Un soldado le dijo: —¡Señorita, no se acerque más!
—Solo quiero mirar ese objeto —dijo Catalina.
—Desde ahí lo puede observar —contestó el soldado.
—Soldado del general, tenía que ser. ¡Vamos, Alonso! Entrémonos en la casa del Hoa.
—Mejor vamos a buscar un lugar donde dormir y algo que comer —aconsejó Alonso.
—¡Está bien! —dijo Catalina y se fue con Alonso.
Luego de hacer el inventario del tesoro, el general Jiménez de Quesada manifestó: —Nos ha llegado información de un pueblo llamado Suamox (Sogamoso), donde hay un templo con innumerables riquezas.
—¡Iremos con el general! El intérprete habla de un templo donde adoran al sol —comentó Alonso.
—¡El templo del sol! —corrigió Catalina—. Eso es lo que dijo el intérprete.
—¡Allí, la pareja de prometidos! ¿Qué es lo que murmuran? —preguntó el general.
—Nada, general. Solo quería decirle: ¿si puedo ir con usted? —se excusó Alonso.
—Su espada puede venir con nosotros —respondió el general y partieron del lugar.
—Ni que la espada se manejara sola —murmuró Alonso.
—El enemigo, al ver tan magnífica espada, sale huyendo. Tú no necesitas hacer nada —envenenó Catalina.
—¡Toma, llévala contigo! A ver si te defiende —dijo Alonso, molesto.
—¡No te enojes, Alonso! Solo quería incomodarte.
—No pretendo ser un héroe para el general. Pero sí para ti.
—Perdóname, Alonso. Toma la espada. No hay mano en donde mejor pueda estar —comentó Catalina, sonriendo.
Ya calmados los ánimos, el general partió hacia Suamox en busca del Templo del Sol y entró en los dominios del cacique Tundama, quien había huido con sus tesoros. Por la tarde, llegaron a Suamox, donde un soldado gritó: —¡Nos atacan, nos atacan!
El ataque fue repelido sin dificultad por los españoles, y Catalina, nerviosa, comentó: —Empiezo a creer que le tienen miedo a la espada.
—¡No empieces, Catalina! Mejor vamos al templo, que ya está oscureciendo.
El pueblo había quedado abandonado. La huida de sus habitantes facilitó que el general llegara al templo sin dificultad. Frente a sus soldados, ordenó: —Prender las antorchas. Entraremos al templo.
Dentro del templo, todos quedaron asombrados, y Catalina exclamó: —¡Mira, Alonso! Son momias adornadas con mucho oro.
—Pueden ser caciques o guerreros. Es hermoso este lugar —comentó Alonso, asombrado.
—¡Tomad todo el oro! ¡Que no quede nada de valor en este lugar! —ordenó el general.
Catalina y Alonso tomaron todo lo que pudieron, y un soldado gritó: —¡Salgan, salgan! ¡El templo se incendia!
—¡Corre, Catalina! Esto se está incendiando —gritó Alonso, tomando una manta del lugar.
Luego de que salieron los españoles, el templo quedó reducido a cenizas. Al ver que no encontrarían más oro, Hernán de Quesada ordenó: —¡Coloquen en esta mesa todo el tesoro! ¡Soldados, traigan a la señorita Catalina!
—¡Tranquilo, capitán! No iba a huir con el tesoro de la corona —contestó Catalina.
—Me imagino que solo quería contemplarlo en su tienda —dijo Alonso.
—Sí, ya que todo lo que tenga valor, va para los bolsillos del general —furiosa, respondió Catalina.
—¡Señorita! En nombre del general, le pido respeto —dijo el capitán.
—Señor capitán, le pido disculpas por la ofensa de mi prometida —interrumpió Alonso, llevándose a Catalina del lugar.
Los días pasaron y, alentados por las riquezas y en otras tierras (Valle de Huila), la expedición partió de Hunza hacia una nueva aventura.
Mientras avanzaban hacia nuevas tierras, Catalina preguntó: —¿Estas tierras están llenas de oro? ¿Crees que encontremos El Dorado?
—No lo sé, Catalina. Pero la leyenda habla de una ciudad completamente de oro.
Siguieron su marcha y, en un par de leguas de camino, un soldado cayó herido y Alonso gritó: —¡Nos atacan, nos atacan!
El general ordenó: —Tomar posición y atacar.
—¡Catalina, ven a mi lado! —gritó Alonso.
Catalina gritó: —¡Alonso, están por todas partes!
—¡Fuego! —ordenó el capitán San Martín.
—¡Fuego! —volvió a gritar.
—¡Alonso, por atrás! —gritó Catalina.
—Di, por la retaguardia, que me confundo — aclaró Alonso.
—¡Fuego! —gritó San Martín, mientras la caballería del capitán Suárez Rendón replegaba a los guerreros. Aunque eran muchos los guerreros del cacique Tundama, fueron vencidos por los españoles.
—¡A curar a los heridos! Señor Alonso, ¿usted y su prometida están bien? —preguntó el general.
—¡Sí, general! Con algunos rasguños, pero estamos bien.
—¡Señorita, esta vez estuvimos muy cerca de la muerte! —comentó el general.
Nerviosa, Catalina respondió: —¿General, a dónde iremos ahora?
—Iremos a Suesca, pero usted y el señor Alonso vuelvan a Hunza. Los escoltarán algunos de mis hombres. En Suesca estableceremos el cuartel general, recuperaremos fuerzas y saldremos hacia ese valle del que hablan los intérpretes.
Ya establecido el cuartel general en Suesca y listos para partir hacia el Valle de Neiva, Alonso hizo una petición: —¿General, podemos ir con usted?
—Señor Alonso, ha demostrado ser un gran elemento en nuestro ejército. A pesar de mi inconformidad con mi decisión, creo que lo mejor es que se dirijan a Hunza.
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Editado: 16.04.2026