Cautivos (borrador)

Capítulo IX. La negociación

―¿Te acuerdas cuando Martín nos reunió en la biblioteca, ese día que no pude ir? ―Hablaba Wilson murmurando para no levantar la perdiz. 

―Sí, me acuerdo pero ¿Qué tiene que ver con todo esto? ―preguntó Esteban impaciente.

―Yo estaba muy nervioso, atemorizado y ciego de odio. Era la primera vez que fallábamos en un robo y sabíamos todos que las consecuencias eran nefastas ―hablaba mientras su habano se consumía en su mano derecha― Pensé en huir varias veces, lo acepto. Por suerte, cuando aún estaba por decidirlo, sonó mi teléfono y todo cambió.

Flashback: once días atrás

―No te das una idea cuánto me alegro de verte ―dijo Wilson abrazando sentidamente a su antiguo jefe que lo había llamado de urgencia para una reunión―. Creí que estabas muerto. Hace más de un año que no sabíamos nada de ti.

―Tuve que guardarme un tiempo pero acá me ves ―dijo abriendo sus brazos―. Tengo una propuesta para hacerte.

―No es el mejor momento en verdad. Martín nos hizo fallar en un robo y quedamos al descubierto; totalmente vulnerables ―dijo sacando un paquete de cigarrillos del bolsillo de su pantalón.

―Los cuadros de Alexander Averin, lo sé ― dijo Anton invitándolo a tomar asiento con un simple ademán.

―¿Cómo sabes? ―preguntó frunciendo el ceño.

―Tengo una propuesta porque eres mi amigo y durante mucho tiempo fuiste mi mano derecha ¿Quieres oírla? ―preguntó con los codos apoyados en la mesa.

―Claro.

―Esto que pasó no es en contra de ustedes. Es contra el viejo Sasha Garín ―dijo con la voz temblorosa.

―Pero...

―Las cosas están cambiando en el paraíso. Un nuevo orden está a punto de imponerse y va a barrer con todas las viejas monarquías. Sasha Garín es solo el primero ―interrumpió de golpe.

―¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? ―preguntó expulsando el humo de la interminable pitada.

―La persona que contrató a Martín es mi jefe. No importan los detalles, escúchame ―dijo arrimándose todo lo que la mesa le permitía―, el cuadro que están buscando siempre lo tuvo él. Quiere a Martín fuera del juego.

―No entiendo.

―Es una emboscada para matar dos pájaros de un tiro. Yo te recomendé para que te hagas cargo de una parte de la operación. Vas a recibir ayuda, quédate tranquilo ―le dijo con las palmas hacia abajo.

―¿Qué operación? ¿Quién es tu jefe? ―preguntaba preocupado―. Cuéntame todos los detalles sino no puedo seguirte.

―Habrás escuchado que un par de mujeres se le escaparon de los prostíbulos ―Wilson asintió con la cabeza―, somos nosotros. Ya le están soltando la mano; y dentro de poco una razia monumental lo va a exponer en todo el país, a él y a toda la red; todos le van a soltar la mano cuando arranque el sálvese quien pueda.

―¿Y yo dónde entro en todo esto?

―El viejo es un enfermo del arte; sobre todo del arte ruso contemporáneo. Le vamos a vender los cuadros para sacarle todo el dinero posible antes del final. Y tú eres el encargado de vendérselos. Tú y una muchacha ―tosió bruscamente― de confianza del jefe. Al viejo Sasha lo encandilan las chicas lindas, ¿viste?

―¿Me los va a comprar? ―preguntó ya más aliviado.

―Seguro. Es una oportunidad inmejorable para él. Por un lado le sacamos la plata en negro con el pago de los cuadros y los allanamientos a los prostíbulos; e inmediatamente después, cuando todo estalle, le van a bloquear todas sus cuentas legales ―dijo sonriendo― no le va a quedar un centavo.

―¿Quién es tu jefe? Hay más estatuas además de Sasha Garín. Ellos no van a quedarse de brazos cruzados ―dijo Wilson preocupado.

―Ni esperamos que lo hagan. Uno a uno van a ir cayendo. Como te dije, un nuevo orden está surgiendo y te estoy dando la oportunidad de formar parte de él.

―¿Y Martín dónde queda con todo esto?

―Cuando termine de perseguir el cuadro inexistente, va a terminar con un tiro en la nuca. Él es parte de la vieja guardia y con ella se perderá ―dijo sonriendo Anton por última vez.

―Todavía no me dijiste quién es el nuevo jefe.

―Pronto lo vas a conocer, es quién pintó los cuadros ―dijo Anton guiñándole un ojo

―¿Alexander Averin es nuestro jefe? ―reía por lo absurdo de la idea

―Más bien el imitador. Ni el propio Averin los distinguiría de los suyos ―respondió y abandonaron el viejo bar. 

Fin del flashback.

―Entonces ella es la enviada del "jefe" ―dijo Esteban haciendo comillas con los dedos― y estamos acá para venderle los cuadros al ruso.

―Usted lo ha dicho mi amigo ―dijo Wilson observando a Camila que le hacía señas para ingresar a la casa.

Ingresaron sin más preámbulos  y si dirigieron los tres al primer piso; a la acogedora e íntima sala donde aguardaban, impacientes, el futuro oferente y el intermediario español, deseosos de cerrar el trato lo antes posibles. Una mesa redonda vidriada; sillas de madera con un almohadón, alejadas de todo glamour, y una pequeña barra rebosante de las botellas más caras del mercado; daban contexto a la reunión tan ansiada. Era solo un primer acercamiento. Nadie esperaba, sinceramente, cerrar el trato esa misma noche; pero sí todos deseaban estrechar relaciones y generar ese aire de confianza, urgente, necesario y fundamental en ese tipo de operaciones.



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En el texto hay: misterio, romance, accion

Editado: 28.07.2018

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