Robert.
Esta hecatombe comenzó el día en que publiqué varios anuncios ofreciendo una habitación de alquiler en mi piso.
Mi empresa había sufrido una fuerte recesión económica y se había visto obligada a realizar múltiples despidos. Yo tuve la suerte de conservar mi puesto, aunque fue a costa de aceptar, sin rechistar, una reducción de sueldo. Aquel mismo día comprendí que lo más sensato sería buscar a alguien con quien compartir los gastos. Mi salario ya era ajustado, y con el recorte apenas lograría llegar a fin de mes.
Mi vivienda es amplia: un gran comedor, cocina, tres habitaciones y dos baños, uno con ducha y otro con bañera. Se trata de una construcción antigua, con diversas taras, lo que justifica que no me hayan subido el precio a pesar del tamaño.
En un primer momento pensé en buscar a alguien de confianza, pero la mayoría de mis familiares y amistades están casados, tienen hijos o ya viven en pareja. No me quedó más remedio que asumir que tendría que compartir piso con un desconocido.
Publiqué anuncios en varias páginas de Internet y lo compartí en redes sociales. Durante la primera semana no recibí ninguna respuesta, pero al octavo día me llamó un hombre. Dijo llamarse Robert Inler y mostró interés en conocer más detalles sobre la oferta.
Mantuvimos una conversación larga y distendida en la que le expliqué la ubicación exacta, el estado de la vivienda y las condiciones del alquiler. Se mostró muy agradable y cortés en todo momento; desde el primer instante me causó una buena impresión.
Le pregunté cuándo le vendría bien visitar el piso y respondió que se adaptaba a mi disponibilidad, aunque, por él, cuanto antes mejor. Para no demorar más el asunto, le propuse que viniera al día siguiente. Aceptó satisfecho. Nos despedimos y todo quedó acordado.
Al día siguiente, sobre las siete de la tarde, llegó al edificio. Tocó el telefonillo; le abrí, y subió los tres pisos hasta mi puerta. Nos dimos un breve apretón de manos en el recibidor y le invité a pasar. Era la primera vez que hacía algo así y no pude evitar sentirme algo nervioso: quería causar una buena impresión, pero también asegurarme de que Robert era de fiar.
Le enseñé toda la vivienda, incluida la habitación disponible, y mientras respondía a sus preguntas, no dejaba de observarlo con atención.
Tenía una mirada penetrante, aunque no resultaba intimidante. Su nariz, aguileña, destacaba sobre el rostro. Las cejas, frondosas, armonizaban con una barba espesa y algo descuidada.
A simple vista, parecía una persona normal: estaba en forma, tenía buenos modales y se mostraba educado. Por más que lo analizaba, no encontraba en él ninguna tara. Y, por lo que decía, la vivienda también le había gustado.
Después de enseñárselo todo, fuimos al comedor y tomamos asiento. Llegaba el momento de hablar del precio.
Yo adopté un aire despreocupado y comencé a destacar la buena ubicación del piso, tan cerca del mar, y la variedad de tiendas y servicios a escasa distancia. Ese tío de cosas.
Cuando terminé mi pequeño alegato, le indiqué el precio y añadí que debía abonar un mes por adelantado. Como esperaba que intentara negociarlo, inflé la cifra y pedí cien euros más de lo que realmente tenía en mente: en total, 450 €.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando aceptó sin intentar rebajar ni un solo euro. Me alegré, aunque traté de disimular mi satisfacción. Le dije que teníamos un trato y extendí la mano para sellarlo, pero en ese momento Robert me interrumpió. Quería explicarme algunas cosas antes. Me extrañó, pero le dije que adelante.
Resultó que trabajaba desde casa y, por tanto, pasaría mucho tiempo en el piso. Quería asegurarse de que eso no supondría un problema. Le respondí que no. Insistió en que fumaba y añadió que era una persona muy casera, que valoraba la tranquilidad y no quería convivir con alguien a quien eso pudiera molestarle. También mencionó que necesitaba cierta intimidad, que le gustaba vivir tranquilo. ¿Y a quien no?, pensé.
Le aseguré, una vez más, que no habría inconveniente. Su rostro reflejó alivio y, entonces sí, fue él quien extendió la mano. Sellamos el acuerdo con un apretón firme y cordial.
Le pregunté cuándo le vendría bien instalarse y si necesitaba ayuda con la mudanza. Me dijo que, si no me importaba, se mudaría al día siguiente. Acepté sin problema y le comenté que ya le había preparado una copia de las llaves. Se mostró satisfecho.
Le expliqué que salía del trabajo a las cinco y que solía llegar a casa sobre las cinco y cuarto, y que le avisaría para que viniera. Sonrió, visiblemente complacido.
Le ofrecí algo de beber, pero rechazó la invitación alegando que debía preparar sus cosas. Se levantó y lo acompañé hasta la puerta. Nos despedimos y lo vi marcharse con una rapidez que, en ese momento, no supe interpretar.
Poco después, mi madre me llamó por teléfono y le conté lo sucedido. Se alegró mucho por mí; lo había pasado francamente mal al enterarse de los problemas en mi trabajo. Yo, animado, le transmití mi entusiasmo y le aseguré que, al final, tenía razón: no había nada de qué preocuparse. ‘Dios aprieta, pero no ahoga’, suele decir ella.
Al día siguiente, al salir de la oficina, recibí una llamada de Robert. Ya lo tenía todo listo.
Le dije que en breve llegaría a casa y que podía venir cuando quisiera. Resultó curioso: no habían pasado ni diez minutos desde que colgamos y ya estaba en el portal, esperando con dos maletas y una caja de cartón.
Me ofrecí a ayudarle y subimos todo al piso.
Nada más entrar, dejó las cosas en el suelo y sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta. No soy de los que cotillean, pero lo mostró con total naturalidad. Estaba lleno de dinero: un fajo de billetes enrollados. Me entregó la fianza y el primer mes con una sonrisa satisfecha. Yo, casi sin darme cuenta, le di las gracias.
Me dijo que iba a instalarse y yo respondí, en tono distendido:
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Editado: 30.05.2026