“Entre vestidos y coronas”
El guardián no pudo responder porque justo el carruaje se detuvo. Abrió la puerta y nos dio la señal para salir.
—Fórmense y no digan ni una sola palabra a menos que se lo pidan. Ya lo saben.
El resto de cuadrillas bajaba de sus carruajes, asombrados al ver la otra entrada del palacio, que era claramente bellísima. No podía imaginar cómo sería la entrada principal. Todos fuimos ordenados en filas.
Vidia dio un chasquido y todos voltearon a verla. A su lado había una mujer algo mayor, con el cabello canoso recogido y sujetado por un broche dorado.
—Muchachos, ella es Madame Beatrice, el ama de llaves. Les otorgará los roles que deberán cumplir al pie de la letra durante estas dos semanas de infiltración.
Madame Beatrice nos analizó uno por uno con una mirada rápida. No dudó ni un segundo al señalar a quienes quería al frente.
—Tú, tú y tú serán mayordomos —dijo, señalando a un integrante de cada cuadrilla—. Ustedes cuatro serán sirvientes de cámara.
Los roles se fueron asignando uno a uno, y yo aún no había sido seleccionado para nada.
—Tú, tú, tú y tú —señaló a Gael— serán cocineros.
Finalmente, me señaló a mí, a Tom y a otros dos hombres más.
—He oído que son los mejores en manejo de armas de sus cuadrillas. Por lo tanto, ustedes serán asignados como guardias de élite. Acompáñenme, por favor. El resto será guiado por la señorita Luciana.
Terminó señalando a una joven muy delgada, que llevaba un vestido sencillo de color beige.
Por mi lado, seguimos a Madame Beatrice, quien nos condujo hasta el cuartel de la guardia real, tal y como Vidia nos había mostrado en el mapa del palacio. Aún lo recordaba con claridad. Ellos sabían exactamente dónde estaba cada rincón. Conocían el palacio por dentro.
Lo sabían todo.
—Serán presentados junto a los otros guardias de élite. Se quedarán en el cuartel hasta que sean presentados ante el rey y luego serán asignados a los príncipes —advirtió—. Tengan cuidado con lo que preguntan. Un error puede arruinarlo todo.
Asentimos en silencio y subimos las escaleras hasta el segundo piso. Cuando Madame Beatrice hizo su entrada, todos los hombres se giraron para mirarnos.
—¿Qué la trae por aquí, Madame Beatrice? —preguntó un caballero alto, envuelto en una armadura de plata bruñida. Al posar los ojos sobre nosotros, alzó la barbilla con aire de superioridad—. ¿No me diga que esta vez sí nos trajo refuerzos? —se burló.
Su risa se mezcló con la de otros dos caballeros que lo flanqueaban. Pronto, la carcajada se extendió como una plaga entre los presentes… excepto entre nosotros, los intrusos.
—¿Pero ese no es un niño? —dijo otro, señalándome con la mirada.—Madame, esto no es una guardería.
—Suficiente —respondió Madame Beatrice con voz tajante.
Las risas se apagaron. Dio un paso al frente, su mirada se volvió amenazante.—Permítanme presentarles a los nuevos refuerzos de élite. Hombres seleccionados por el rey.
Sin añadir nada más, se retiró, dejándonos frente a los guardias reales de élite, que nos observaban como si fuésemos poca cosa.
Sobre todo a mí.
Lo que faltaba. Me miraban como si fuera un niño que se había colado en un salón de adultos. Uno de ellos incluso torció una sonrisa, apenas, como si le resultara gracioso verme allí, de pie, vestido igual que ellos.
Según lo que Madame Beatrice nos había explicado en el camino, un guardia de élite debía cuidar de cerca a los herederos de la corona o incluso al propio matrimonio real, si así se ordenaba.
Huir del palacio sería mucho más complicado si ahora me obligaban a custodiar a unos niños ricos con coronas.
Habrán pasado unos cinco segundos que parecieron media hora, en los que los guardias reales y nosotros nos quedamos observándonos fijamente. Después de todo, ellos habían sido entrenados para proteger, y nosotros para matar.
—¿Se creen muy intimidantes, no?—murmuró Tom sin mirarme del todo—. No te preocupes. Quédate cerca de mí. Sé que eras el mejor de tu escuadra, eso se nota…
pero apuesto a que nunca te tocó lidiar con este tipo de gente.
No respondí.
Recién me había sido presentado por Gael, y ahora hablaba como si me conociera, aunque admito que jamás habia lidiado con personas así de... Idiotas.
—Muchachos, creo que deberíamos empezar a ponernos cómodos —dijo Tom—. Dejen sus cosas por allá.
Señaló una esquina llena de muebles y baúles que brillaban más que mi esperanza de salir de allí.
—¿Los refuerzos creen que se quedarán aquí? —rió de nuevo el mismo guardia que se había burlado al comienzo—. Acomódense, pero en el primer piso. Ahí duermen los novatos.
—Nosotros no somos ningunos novatos… —respondió Tom, a nada de perder la paciencia.
—¿En serio?
—Si quieres, puedo mostrarte una de verdad, la llamo antidiotas.—sacó su ballesta y la apuntó directo a la cabeza del guardia que tenía enfrente.
De inmediato, los guardias de élite desenvainaron sus espadas. Nosotros hicimos relucir nuestras ballestas, apuntándolas a sus rostros, listos para desatar una guerra ahí mismo.
—¿Una ballesta? —se burló—. Los de élite no usamos ballestas. Eso lo hacen los asesinos. ¿De qué alcantarilla salieron par de ratas?.—Apretando los dientes, desenvainó su espada y la apuntó directo al cuello de Tom.
Y cuando todo parecía a punto de estallar, Tom disparó sin dudar. El primer cuerpo cayó con un sonido seco. En un parpadeo, el resto de los guardias se nos vino encima.
Recargué mi ballesta, apunté y disparé directo al cuello. El grito ahogado de un guardia de élite hizo que Tom y los otros dos infiltrados se quedaran mirándome, algo impresionados. Yo no me detuve. Me concentré en mis blancos y, uno tras otro, los guardias de élite terminaron en el suelo, agonizando en un charco de sangre.
—Nada mal, Brollac… aunque ya lo teníamos —sonrió Tom, orgulloso—. Bueno, manos a la obra.
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Editado: 11.01.2026