Caza de Reyes

Capitulo 4

"Mi perdición tenía seis letras"

El rey alzó el mentón mostrando incredulidad hacía los supuestos guardias, aún así. Confiaba en madame Beatrice, se notaba.

—Bueno, sé que me a traído a los mejores, la mayoría se ve...—Detiene su mirada en mí—acto para un cargo que implica poner la vida de los herederos sobre la suya. Confío en que realizarán bien su trabajo.

Madame Beatrice asintió y todos hicimos una reverencia en señal de acuerdo. Ahora podía perder la cabeza por quién la tomé primero.

—Hagan pasar a los príncipes —Ordenó el rey.

Las puertas se abrieron de par en par y el primero en ingresar fue el heredero, el príncipe Evander. Era un joven alto, de cabello ligeramente ondulado y de un tono oscuro que resaltaba sus facciones y sus ojos azules. Hizo una reverencia ante el rey y se ubicó a su derecha. Luego se tomó unos segundos para observar a cada uno de los caballeros presentes.

—Bien. Ya he conocido a los nuevos guardias de élite —dijo el rey con voz serena, pero firme—. Dos de ustedes estarán asignados al príncipe heredero y los otros dos serán la guardia personal de las princesas. Desde hoy, su deber será uno solo: mantener a salvo a mis hijos, incluso si eso implica poner sus propias vidas en segundo lugar.

Yo ya conocía los nombres de los tres príncipes. En la casona Vidia nos habían proporcionado información detallada sobre cada miembro de la familia real. Era necesario saber a quienes estabamos por atacar.

El objetivo era claro desde el inicio. Ganarnos la confianza de los príncipes, o al menos evitar su desconfianza. Permanecer cerca de ellos el tiempo suficiente. Porque el día del ataque, todo sería más sencillo si bajaban la guardia. Capturarlos. Eliminarlos. Ese era el verdadero riesgo que debíamos impedir.

Mi trabajo era “proteger” a alguien que pronto tendría que asesinar.

—Su trabajo será garantizar la seguridad de los príncipes —comenzó Madame Beatrice cuando las puertas se cerraron tras nosotros, mientras avanzábamos por los pasillos del palacio—. Procuren cumplirlo con diligencia si desean conservar la vida y no ser atrapados. Los príncipes no suelen causar mayores inconvenientes, a excepción de la señorita Teia, quien puede resultar… insistente.

Luego de que cada uno fue ubicado en su puesto, me quedé observando la puerta de los aposentos de la princesa.Quise pensar en una salida, en la forma más rápida de desaparecer de ese lugar, pero una pregunta se poso en mi mente de pronto.

¿Como se vería la princesa?

Y luego otra,

¿Como reconocería a la princesa?

Sacudí la cabeza con brusquedad, como si así pudiera expulsar esas preguntas. Miré a ambos lados del pasillo, buscando una posible vía de escape o al menos un punto desde el cual moverme sin ser visto. Con la armadura puesta, cada intento de desplazamiento era torpe; el metal chocaba entre sí a la menor provocación. El yelmo tampoco ayudaba, mi rango visual se habia vuelto limitado.

Había hecho demasiado ruido. Lo supe cuando, de pronto, la puerta se abrió de par en par.

De los aposentos salió una joven de cabello largo y muy claro, casi rubio. Vestía un vestido verde del mismo tono suave. Alcanzó a verme y se detuvo por un instante. Inclinó ligeramente la cabeza, como si se preguntara de dónde había salido.

Debió importarle poco, porque enseguida reanudó la marcha.

No necesité pensarlo demasiado. Debe ser ella, deduje. Enderecé la columna de forma automática y comencé a seguirla. Era evidente que lo notó, porque se detuvo de nuevo.

—¿Otra vez tú? —dijo, girándose con fastidio—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me sigues?

La miré sin responder de inmediato. La actitud, el tono, la seguridad con la que me hablaba… sí, pensé. Exactamente como imaginaba a una princesa.

—Ya estoy harta —continuó—. Si piensas que por ser un guardia de élite voy a hacerte caso, estás muy equivocado. Yo no soy ese tipo de chica. Así que déjame en paz y concéntrate en tus labores.

Parpadeé al darme cuenta de lo que estaba pasando. Debe creer que todos los hombres del palacio se despiertan pensando en ella.

Enderecé la espalda por reflejo, conteniendo la respuesta que me ardía en la lengua. Genial. Una de esas. De las que creen que el mundo gira alrededor de su falda y su apellido. Ni siquiera sabe quién soy y ya me odia. Perfecto, pensé. Exactamente como las imaginaba: acostumbradas a ser observadas, cortejadas, seguidas.

—No era mi intención incomodarla —dije, midiendo cada palabra.

Ella me observó de arriba abajo, sin creerme.

—Claro… eso mismo dijiste antes.

Y sin esperar respuesta, se dio media vuelta y siguió caminando, dejándome solo en el pasillo, con la certeza de que, para ella, yo ya era culpable de algo que jamás había hecho.

Y antes de que pudiera ir tras ella, las puertas de la habitación de la princesa volvieron a abrirse.

Esta vez salió una joven distinta.

Era preciosa. Sus ojos azules llamaron mi atención de inmediato, claros, serenos. El cabello ondulado lo llevaba recogido en un moño alto, bien hecho, y adornado con un delicado tocado, parecido a una tiara. No era una corona exagerada, pero bastaba para dejar en claro quién era. Las joyas que llevaba eran finas y brillantes, pequeñas, elegidas con cuidado. No necesitaban exagerar para destacar.

Su vestido era mucho más elegante que el de la joven que acababa de marcharse. No era ostentoso, pero se notaba que pertenecía a la familia real. La tela caía con naturalidad, como si hubiese sido hecha solo para ella.

Ahí lo entendí.

Ella sí era la princesa.

Cuando me vio, se sorprendió. Se quedó observándome por un segundo más de lo necesario, como si intentara reconocerme. Y entonces frunció ligeramente el ceño.

—¿Tú…? —dijo—. ¿No eres el que estaba molestando a Emma hace un momento?

Otra vez lo mismo.

Me reincorporé y realicé una reverencia, como correspondía.




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