Cazada por el ceo

Capítulo: 1

CRISTHOFER VOLKOV:

—Señor Volkov... la hemos encontrado. Hemos localizado a su exmujer.

El aire se congeló en mis pulmones. Mis dedos se tensaron con tanta fuerza alrededor del aparato que el metal crujió, amenazando con romperse. Una oleada de fuego líquido, una mezcla pura de rabia, resentimiento y una oscura expectación, recorrió cada una de mis venas. Sentí el latido violento de mi sangre en las sienes, arrastrando consigo el mismo rencor intacto, la misma furia desmedida que me había consumido desde el primer día de su partida.

—¿Estás seguro, Ivanov? —mi voz descendió a un susurro peligroso, el tono que utilizaba cuando estaba a punto de destruir a un rival de negocios o a un enemigo—. Si me estás dando una pista falsa, considera este tu último día en mi nómina.

—Es ella, señor. No hay duda. Cambió su identidad de nuevo, pero sus rasgos son inconfundibles. Está en el extranjero.

Alessia. Ese era su verdadero nombre, el que estaba escrito en los informes confidenciales que acumulaba en mi caja fuerte. Aunque para mí, en el rincón más oscuro de mis recuerdos, siempre sería Maya. La mujer de sonrisa inocente y ojos esquivos que me había envuelto en su red de mentiras.

Recordar el pasado era abrir las puertas de mi propio infierno. Yo, Cristhofer Volkov, un hombre educado para desconfiar de nuestra propia sombra, un empresario cuya reputación se basaba en la frialdad implacable, le había abierto mi corazón a una desconocida. Me había rebajado a cortejarla, a adorarla y, en apenas cuatro meses de un romance vertiginoso, la había hecho mi esposa ante la ley. Me creí el hombre más afortunado del mundo al colocar esa alianza en su dedo.

Y una semana después, la fantasía se desmoronó.

Desapareció sin dejar rastro, transformando mi hogar en un mausoleo de promesas rotas. Me dejó el corazón hecho pedazos y la caja fuerte de la mansión completamente vacía. Se había llevado el patrimonio de mi familia: el diamante rosado, una pieza legendaria valorada en treinta millones de dólares que había pertenecido a los Volkov durante seis generaciones.

No me importaba el dinero; los millones iban y venían en mis cuentas bancarias cada mañana. Lo que me consumía las entrañas era la burla. El engaño. Me había utilizado como el peón de su juego perfecto. Yo quería encontrarla para recuperar lo que por derecho de sangre me pertenecía, pero, por encima de todo, quería algo más letal: venganza. Ella no solo había atentado contra mi patrimonio, sino que había pisoteado mi ego, destrozando al hombre que solía ser para dejar en su lugar a un monstruo desconfiado y sin escrúpulos.

Me puse de pie de un salto, apartando la silla con fuerza. Observé la dirección que Ivanov había enviado a mi pantalla. Era un suburbio discreto, al otro lado de la frontera. Un escondite perfecto para una ladrona profesional.

Presioné el intercomunicador de mi escritorio con un golpe seco.

—Preparen mi avión privado inmediatamente. Hoy mismo voy a traer a mi exesposa de regreso. A las buenas o a las malas.

—¿Te has vuelto completamente loco, Cristhofer?

La voz ronca de mi hermano Dimitri me hizo girar la cabeza. No me había dado cuenta de que me escuchaba desde la puerta entreabierta de la oficina. Entró con paso firme, cruzando los brazos sobre el pecho, con el ceño fruncido por la preocupación.

—Cristhofer, ¿qué acabas de decir? —exclamó, interviniendo antes de que pudiera dar la orden de vuelo—. Te escuché desde el pasillo. ¿De verdad la localizaron?

—Encontré a Maya —pronuncié cada sílaba con una lentitud deliberada, acomodándome los puños de la camisa y ajustando el saco de mi traje hecho a medida—. O mejor dicho, encontré a Alessia. Y voy a traerla de regreso al lugar del que nunca debió escapar.

Dimitri negó con la cabeza, dando un paso hacia mí para cerrarme el paso.

—No, no y no. Pensé que cuando la encontraras la entregarías directamente a la Interpol o a la policía local. ¿Para qué quieres traerla aquí? ¿No crees que esa mujer ya te hizo suficiente daño, Cristhofer? Casi te vuelves loco cuando se fue. Te costó años recuperar el control del consorcio. Dejar que esa mujer vuelva a pisar tu terreno es jugar con fuego.

Me acerqué a él, acortando la distancia hasta que mi sombra lo cubrió. Mis ojos debían reflejar la frialdad absoluta de mi alma.

—Ir a la prisión es muy poco pago para una mujer que se burló de mí de la forma en que ella lo hizo —respondí, sintiendo un sabor amargo en la boca—. Las cárceles de este país son demasiado cómodas para el tipo de castigo que se merece. Ella va a aprender, por las malas y bajo mis propias reglas, quién es realmente Cristhofer Volkov.

Dimitri soltó un suspiro largo, cargado de frustración y un deje de lástima que me revolvió el estómago.

—Te engañó una vez, hermano —advirtió, mirándome con fijeza—. ¿Quién quita que te dejes seducir de nuevo? Porque si hay que reconocerle algo a esa diabla, es que es una diosa de la belleza. Tenías el mundo a tus pies y caíste de rodillas por ella en semanas. Te puede volver a enredar con una sola mirada.

Una risa áspera y carente de alegría escapó de mi garganta.

—Para mí ya no es una deidad, Dimitri. Para mí no es más que una ladronzuela mezquina, una estafadora que se burló de mi apellido. Y juro por la memoria de mi padre que me las va a pagar todas juntas, una por una.

—Cuando mamá se entere de que traes a esa mujer de vuelta... —comenzó mi hermano, intentando apelar a la última pizca de mi cordura.

—No lo hará —lo corté tajantemente, apartándolo de mi camino con un leve empujón en el hombro—. Porque tú no le vas a decir una sola palabra.

Salí de la oficina a toda prisa, ignorando sus llamadas a mi espalda. Mis pasos resonaban en el mármol del edificio corporativo mientras mi mente ya volaba a miles de kilómetros de distancia.

El viaje en el avión fue un suplicio de horas silenciosas donde la rabia se concentró como un veneno concentrado. Cuando las ruedas tocaron tierra en el país vecino, la noche ya había caído por completo, tiñendo el cielo de un negro cerrado. En la pista de aterrizaje me esperaba un auto blindado de color negro satinado. Dentro, dos de mis mejores guardaespaldas permanecían inmóviles, listos para intervenir en caso de que a la pelirroja se le ocurriera intentar una de sus famosas huidas.




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