Alessia:
—Creo que papá te quiere—dijo Maya mientras estábamos en el jardín, ellas recogían flores y me hacían una corona en la cabeza, los guardias estaban detrás observándonos.
—Las quiere mucho a ustedes, eso es más que suficiente—le dije besando su rostro y ella sonrió cubriéndose los labios—anoche cuando dormías te observaba, pero no normal, te observaba como quien está enamorado.
—A sí y como observa alguien que está enamorado.
—Así—dijo Mía ladeando su cabeza y suspirando mirándome con ojos tiernos y las tres reímos.
—¿Por qué te fuiste lejos de papá? ¿Por qué no le contaste sobre nosotras? —tragué en seco ante la pregunta de Maya y es que la respuesta era demasiado difícil para dos pequeñas de solo cinco años. Solo estaba convencida de una cosa su padre me odiaba, cuando me fui destruí su ego. Más que el diamante o que cualquier cosa que pudiera haberle llevado le rompí el corazón y eso estaba segura de que no me lo iba a perdonar nunca. Mientras yo miraba hacia todos lados pensando en como escaparme de allí con mis hijas ante que las cosas se complicaran aún más.
—Quizás para su madre hay cosas más valiosas que la verdad—sentí unos pasos acercándose y efectivamente se trataba de él.
—Niñas alístense quiero que vayamos a un parque de diversiones que está cerca de aquí—pronunció y las pequeñas lo miraron y cuando habían caminado un metro se cuchichearon entre sí y regresaron.
—¿Mamá también irá? ¿Verdad? —preguntó Mía y Cris hizo silencio. Me observó enojado sin responder y lo entendía perfectamente no quería estar cerca de mí porque me odiaba, soli de sus hijas.
—Mejor vayan con su padre, esta vez me quedaré.
—Queremos ir con mamá—dijo Maya
—Si no va ella mejor nos quedamos—exclamó Mía.
—Está bien, su madre también irá—respondió y las niñas corrieron felices a cambiarse, la verdad se habían adaptado demasiado rápido a tener un papá y es que a decir verdad siempre ellas habían preguntado por su padre.
—Gracias por ayer traerme—pronuncié.
—Lo hice únicamente porque eres la madre de mis hijas Alessia, creéme . ¿Quién te encerraba? —cuestionó yo solo bajé la mirada—¿Quién te encerraba con las ratas? ¿Tu madre? Decías por favor mamá...
—Es pasado y el pasado es pasado—me puse de pie para evadir la conversación, me avergonzaba mi pasado y todas las cosas detestables que hice que si él las descubriera me odiaría mucho más—voy a cambiarme también—me alejé de allí mientras los guardias caminaban tras de mí y él se quedó observándome.
Ambos mirábamos desde un asiento del parque a las pequeñas entrar al castillo inflable:
—Es un lugar muy bonito—pronuncié mirando hacia todos lados—nunca había entrado a un lugar así—las palabras se escaparon de nis labios mientras mi vista recorría el lugar colorido lleno de equipos para los niños divertirse, globos y confituras por todas partes. Mi mano chocó la suya sin querer y él me miró a los ojos.
—Alguna vez imaginé algo así para nosotros—dijo apartando su mano—solo que sin mentiras, sin engaños y sin robos—sonrió con sarcasmo mirando hacia adelante y yo tragué en seco, bajé la mirada y no dije nada. El fin no justifica los medios y mi pasado tampoco justificaba lo que le hice, pude haber actuado diferente, contarlr la verdad, arriesgarme por lo que sentía pero no lo hice.
—¿Actuabas también en el elevador?
—¿Cómo puedes pensar algo así? —cuestioné.
—Puedo pensar cualquiera cosa de ti, no sé quien eres, lo único que sé sobre ti es que eres una estafadora
—Cristhofer—lo interrumpí.
—Es la verdad y si te lastima escucharla...
—¡Las niñas! —exclamé exaltada poniéndome de pie—solo veo a Maya—caminé con rapidez hacia ella que ya estaba fuera del castillo inflable.
—¿Dónde está Mía? —pronuncié agitada mientras Cristhofer miraba hacia todos lados porque los guardaespaldas esta vez como me acompañaba los había dejado en su casa.
—Salió antes que yo—exclamó y Cristhofer corrió hacia la pequeña que se acercaba.
—¿Mía dónde estaba? —preguntó
—No puedes alejarte así, nos asustaste. —pronuncié
—Solo hablaba con la abuela—respondió y Cristhofer y yo nos miramos preocupados.
—¿Qué abuela? —cuestioné mirando a Cristhofer.
—Tu madre mamá—el corazón se me agitó al punto de quererse salir de mi pecho de tan solo escuchar que mi madre estuvo cerca de mi pequeña. —ha mandado un mensaje para ti—dijo entregándome una nota:
—Tienes tres días para entregarnos el diamante o nos llevaremos algo muchísimo más valioso para ti—leí en silencio y Cristhofer al ver mi rostro pálido me lo arrebató de las manos leyéndolo también, apretó el papel y lo lanzó al piso.
—No dejaré que nadie le haga daño a nuestras hijas—pronunció, pero ni siquiera viniendo de él esas palabras me devolvían la tranquilidad, tenía una deuda pendiente con la banda de estafadores más peligrosa de la ciudad y al parecer mi madre y mi padrastro seguían vinculados a ellos.
—Vayámonos a casa—exclamó Cristhofer tomando a las niñas y caminamos con rapidez hacia su auto.