Cazada por el ceo

Capítulo: 13

Miramos a las niñas dormir y Cris rosò una de mis manos con suavidad

—Vamos—pronunció. Condujo aprisa hasta que llegamos al horfanato, la portería estaba cerrada y a esa hora ya debían estar durmiendo.

—¿Y ahora qué hacemos? —cuestioné, sintiéndome pequeña frente a la mole de hierro que nos separaba de mi collar.

—Treparemos —sentenció él, como si fuera la solución más lógica del mundo y lo más normal.

—¡Estás loco! —exclamé, incapaz de contener mi incredulidad. La cerca era una estructura bastante alta y fuerte—. Es altísima, Cris.

—¿En la escuela de vandalismo no enseñan a escalar cercas? —se burló, una chispa de diversión recorriendo sus ojos claros, aquellos ojos que todavía guardaban el eco de nuestro pasado compartido.

Apreté los dientes, sintiendo cómo la ira desplazaba al miedo. —¿Y en la de los niños ricos sí? —repliqué, dándole la espalda para empezar a trepar con una destreza que solo la calle me había enseñado. Cada músculo se tensó, cada rasguño en mis manos era un recordatorio de lo que habíamos sido—. Apuesto a que puedo ser más rápida que un amargado niño rico.

—No lo creo, bonita —murmuró, y antes de que pudiera parpadear, su figura ágil ya me superaba.

Cuando saltamos al otro lado, la adrenalina era un estruendo en mis oídos. Cris encendió la linterna de su móvil, el haz de luz cortando la oscuridad del patio como un bisturí. Los árboles proyectaban sombras que parecían garras.

—¿No crees que hubiese sido mejor llamar a las hermanas? —pregunté, ajustándome la chaqueta.

Cris se detuvo, su expresión endureciéndose. —Es la pregunta que me he hecho durante cinco años. Si no hubiese sido mejor pedirle al tonto que está enamorado de ti dinero, o simplemente robárselo. Parece que las cosas ilegales son mucho más divertidas, ¿verdad? —La amargura en su voz era un látigo

—. ¿No hay forma de que olvides el pasado? —insistí, pero él no respondió. Se agachó en la hierba húmeda, buscando algo con una precisión casi quirúrgica. Se puso en pie y me mostró el collar, una pieza que yo creía perdida en el olvido. Encontrarlo me dio alegría pues era el único recuerdo que tenía de la persona que siempre me protegió: mi padre.

—La única forma de olvidar el pasado es que no haya nada que te lo recuerde —me miró fijamente, con una intensidad que me hizo perder el aliento. Me entregó la cadena, el metal frío contra mi piel cálida fue un recordatorio cruel de lo que éramos antes de que todo se desmoronara. Escalar nuevamente la cerca fue un esfuerzo mecánico, una coreografía de evasión que él dominaba mejor que nadie.

—Gracias —murmuré una vez a salvo, pero él guardó silencio.

El interior del auto era frío. El silencio era insoportable. —Gracias, Cris —volví a intentar, buscando una tregua.

—Odio que me llames así, Alessia —soltó de repente, la voz quebrada por un dolor crudo—. Me hace recordar lo tonto que fui contigo. Cómo te burlaste de mí frente al mundo entero. ¿Tienes idea de cómo quedé, del escarnio público, cuando apenas una semana después de la boda mi esposa simplemente desapareció sin dejar rastro?

Sentí el peso de su humillación, una carga que yo misma había provocado. —Lo siento. Todo era parte del plan... no te conocía, no pensé que llegaríamos tan lejos —mis palabras sonaban huecas incluso para mí. Lo miré, y la luz de un farol iluminó su perfil afilado. No conocía sus secretos, pero sí conocía su olor, la textura de sus manos y el sabor de sus besos, sensaciones que me habían marcado a fuego. Jamás imaginé que me pondrías así de nerviosa , le mostré mi mano, que temblaba incontrolablemente, y mis ojos se quedaron fijos en los suyos—. Robar era lo único que conocía en ese momento. No pensé sentir nada por ti, no conocía tu olor, ni tus besos, ni que alguien pudiera hacerme sentir así de nerviosa. Fui feliz mientras vivía con mi padre, pero cuando él murió siendo aún una niña, mi madre...

El aire se cortó de forma violenta. Un dis,paro, seco y potente, reventó el cristal trasero. Luego otro. Los neumáticos estallaron con un sonido que me hizo gritar. Un vehículo oscuro se abalanzó sobre nosotros, acorralándonos en la penumbra del callejón.

—¡Han ponchado las gomas! —rugió Cris, reaccionando antes que yo.

—¡Debemos huir, vienen por nosotros! —exclamé, abriendo la puerta al mismo tiempo que él. Corrimos. Entramos por el primer callejón estrecho que encontramos para que no nos siguieran con el auto. El sonido de pasos pesados detrás de nosotros era un recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad. Doblamos por otro callejón estrecho, con la respiración entrecortada por el pánico. Al final de la calle, un camión con un contenedor de carga frigorífica, utilizado para carne, estaba estacionado con las puertas semiabiertas. Nos deslizamos en su interior y nos ocultamos tras una enorme caja de metal con la esperanza de que no sospecharan que estábamos allí.

El frío era instantáneo, una bofetada helada que nos caló hasta los huesos. De pronto, sentimos cómo cerraban la puerta con un golpe metálico definitivo, y el camión arrancó. El motor rugió, y el vehículo comenzó a avanzar. La temperatura descendió de forma agónica. Golpeamos las paredes, gritamos hasta desgarrarnos la garganta, pero el metal era un aislante cruel. Nadie nos escucharía nunca en aquel congelador andante.

Me deslicé por el suelo, mis piernas cediendo por el agotamiento y el frío extremo. Me recosté contra una de las cajas, sintiendo cómo la vida parecía escaparse de mis dedos.

—Moriremos congelados, es el fin —sollocé, un hilo de voz apenas audible—. No quiero que las gemelas pasen su vida en un orfanato. No puedo dejar que eso pase.Crecerán como esos niños que visitamos hoy, sin un padre o una madre que los proteja tal como yo crecí.

Cris se arrastró hacia mí, sus ojos brillando con una determinación fiera en la penumbra. —Solo debemos mantenernos calientes hasta que el auto se detenga. Calor humano, Alessia. Es nuestra única salida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.