Cazadores de Deregron: El lobo y el vampiro

26- La zorra

Sakharov

Quería lidiar con esto solo por lo que le pedí a Catherine que os dejara solos y que volvería por ella en algunas horas.

Fenec era una inguinois de tipo zorro rojo, siendo su cola rojiza con la punta blanca que asomaba por detrás de ella la única prueba de ello.

- ¿Sakharov? - los ojos color miel de Fenec reflejaban una sorpresa genuina de mi visita. Su voz casi se había vuelto nueva para mi después de tanto tiempo sin escucharla.

-Creo que no recibiste mi carta de que iba a venir- le dije.

-Si... si la recibí- junto sus manos, pero la derecha era de hueso puro, sin nada que lo cubriera, aun recordaba nítidamente el día que la transforme en un esqueleto-. Pero no pensé que fueras a venir... tan pronto.

- ¿Quieres hablar? - le pregunte, mientras veía como movía sus manos con gran nerviosismo. La situación no podía ser más incómoda.

-En la carta dijiste que estabas ocupado, no quisiera interrumpir nada.

Me pareció una propuesta conmovedora seguir posponiendo esta conversación, pero después de todo, Fenec, era mi novia y le debía explicaciones.

-No te preocupes, tengo tiempo.

...

-Y... ¿Como te ha estado yendo? - me pregunto Fenec luego de un momento, pude notar su incomodidad al ver que no paraba de tocarse el castaño cabello con su mano huesuda.

Habíamos decidido irnos a sentar a la orilla de un arroyo en medio del bosque un poco alejado del pueblo. Al parecer, mi esqueleto no logro soportar la situación por lo que se fue a correr por el bosque, asegurándose de estar muy lejos.

-Creo que ambos estamos seguros de que no tenemos ganas de hablar sobre mi trabajo- le conteste, de un modo un poco fuerte hasta para mí.

-Pues lamento no encontrar otra forma de comenzar una conversación con alguien que no he visto en casi siete meses- su sarcasmo era evidente y se notaba que esta “charla” no iba a durar mucho si seguíamos por este camino.

-Lo siento- fue lo único que se me ocurrió decir, Fenec me miró atentamente y yo a ella, pero la tristeza en esos ojos color miel me obligaron a apartar la vista-. Lamento... haberte ignorado todos estos meses y.… no responder algunas de tus cartas que me enviaste o la mayoría de hecho. Y lamento también no haberte dado el amor que te merecías y necesitabas.

-Ay, Sakharov... - sus ojos se cristalizaron al igual que los míos y me rodeó entre sus brazos y yo apoyé mi lobuna cabeza sobre su hombro-. Yo también lo siento, Sakharov. Lamento no haberte podido quitar la maldición, lamento lo de tu hermana y no haber estado más a tu lado para apoyarte.

Escuchar la mención de mi hermana hizo que una lágrima se escapara de mis ojos, pero ya me había convencido de que todo había sido un simple accidente.

-No... no te culpes por lo de mi hermana... no fue tu culpa, solo fue un accidente- mi boca decía unas palabras que mi eterno corazón lleno de culpa jamás aceptaría. Un intento de consuelo para mí mismo.

Fenec se acercó más a mí y me abrazó con dulzura mientras apoyaba su cabeza a mi costado.

- ¿Te gustaría que habláramos de otra cosa un poco más feliz? - me ofreció.

-Quiero quedarme en silencio y disfrutar este momento... contigo- al decir eso, me di cuenta de cuanta falta me hacía, era cierto lo que decían: la felicidad te la da una persona, o en ese caso una criatura.

...

Catherine

Nazneen tenía razón, Fenec era una zorra, pero no en el mal sentido, sino porque realmente lo era; tenía una pomposa cola de zorro que delataba que era un inguinois. Me pregunté si la maldición la habría afectado en algo.

Luego de que Sakharov se fuera, opté por dar una vuelta por el pueblo antes de aburrirme y volver a la posada donde habíamos dejado a Powder esperando. Por alguna razón pensé que todos me reconocerían en la calle, pero solamente vi a algunas criaturas que se les escapó una expresión de reconocimiento mientras murmuraban palabras como “cazadora”, de seguro me conocían más por matar a los suyos que por mi trayectoria de un día siendo la princesa de los vampiros.

La posada era un lugar bastante rudimentario, la recepción se basaba en un salón mediano con un juego de sillones envejecidos a un costado y otra vieja alfombra con guardas verdosas y marrones.

En otro costado había una chimenea con un fuego encendido que, a pesar de la vejez de la habitación, la hacía muy confortable. En el escritorio de roble, que estaba en medio del lugar, se encontraba una inguinois (la cual no pude identificar su tipo) que me saludó cálidamente antes de que pasara hacia el pasillo con paredes empapeladas con flores; se denotaba que el tapiz era viejo y pudo haber visto mejores días.

La puerta de nuestra habitación también era vieja y tenía el número “27” en cobre y óxido.

Que bajo caí.

En cuanto abrí la puerta, un frio intenso salió de adentro. Estaba completamente a oscuras, y la tenue luz de afuera apenas lograba pasar por las cortinas, apenas dejando entrever las tres camas en fila separadas por mesas de luz.

- ¿Powder? - la oscuridad me hizo pensar que quizás no había nadie. Sin embargo, podía sentir ese escozor subir por mi columna indicándome que había una presencia allí.

Por lo bajo, escuché un leve suspiro asustado que provenía de alguien oculto en el lugar.

Palpé el costado de mi chaqueta para asegurarme de que la daga que había ocultado anteriormente siguiera allí.

Luego de eso, me dirigí hacia la ventana y abrí las cortinas haciendo que la luz de la luna se derramara por todo el cuarto. En ese momento, escuché que alguien se arrastró mínimamente por el suelo y emitió un gemido.

A mi costado, contra la esquina mohosa de la pared, se encontraba Powder con unas espesas sombras a su alrededor y sus ojos eran de un blanco enfermizo y lechoso.

- ¿Powder? – me agaché en frente de ella y se alejó un poco más de mí- ¿Estás bien?




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