Llegar a Brumavale nunca era un recorrido directo. Los mapas comunes lo señalaban, sí, pero rara vez coincidían entre sí. Siempre había un sendero de más, un río que no figuraba, una montaña desplazada, una llanura inexistente o un bosque que parecía moverse de lugar. Por eso, más que un destino, Brumavale era casi un milagro… o una obstinación.
La única ruta terrestre confiable que Alexander conocía era el llamado Camino de la Bruma: un antiguo sendero empedrado que se internaba en los bosques del norte y desaparecía entre las colinas húmedas como si el mundo lo fuera borrando poco a poco. Durante el día aún podía distinguirse, pero cuando el sol comenzaba a caer, la bruma lo cubría todo por completo. De noche, el camino parecía dividirse en múltiples senderos falsos, trampas de niebla que conducían a ninguna parte. Por eso avanzaban sin pausa, aprovechando cada minuto de luz.
—Este frío es insoportable —se quejó Jasper, ajustándose la bufanda roja hasta cubrirse casi media cara—. Ya no siento mis orejas.
—Las nevadas no tardarán en caer —agregó Lily, soplándose las manos sin soltar las riendas del caballo—. Tenemos que llegar a Brumavale antes de que eso suceda. No quiero ni imaginar este camino cubierto de nieve.
—No se preocupen —aseguró la abuela Cyrene desde adelante, avanzando con sorprendente firmeza—. Llegaremos hoy mismo, antes del atardecer.
—¡Gracias al cielo! —exclamó Braxton desde atrás.
Iba envuelto en tantas capas que parecía una montaña de lana en movimiento: guantes gruesos, gorro hasta las cejas, bufanda que le cubría casi todo el rostro y un abrigo tan pesado que crujía cada vez que se movía. Y, aun así, tiritaba.
—¡Odio este clima! —añadió, con voz amortiguada—. No fui hecho para el frío. Estoy convencido de que mi espíritu pertenece a las montañas soleadas del este.
—Eso explicaría muchas cosas —comentó Chase, girándose apenas desde su montura—. Sobre todo, tu constante queja.
—Oh, perdóname por no disfrutar sentir cómo mis dedos se congelan lentamente —replicó Braxton—. Algunos de nosotros apreciamos seguir vivos.
Diana, que cabalgaba unos pasos más adelante, no pudo evitar sonreír. Se giró lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.
—Braxton, si te sirve de consuelo, con toda esa ropa podrías sobrevivir a una avalancha —dijo—. O al menos rodar colina abajo sin sufrir daños graves.
—Exacto —añadió Chase con falsa seriedad—. Toda esa ropa amortiguaría cualquier golpe.
Braxton los miró indignado… o al menos eso intentó; era difícil saberlo con la bufanda cubriéndole media cara.
—Me alegra saber que cuento con amigos tan considerados —gruñó—. De verdad calienta el alma. Lástima que no caliente el cuerpo.
Diana rió suavemente.
—Vamos, no exageres. —Señaló el camino envuelto en bruma—. Piensa que esto hará que llegar a Brumavale se sienta aún más épico.
—Si sobrevivo para contarlo, prometo describirlo como una hazaña legendaria —respondió Braxton—. “El día en que casi muero congelado por culpa de una ciudad que no sabe quedarse quieta en los mapas”.
Chase soltó una carcajada.
—Eso sí sería una historia digna de recordar.
El grupo siguió avanzando entre la niebla, el frío mordiendo la piel y el silencio del bosque envolviéndolos. Pero entre las quejas exageradas, las risas suaves y las réplicas burlonas, el Camino de la Bruma parecía un poco menos hostil.
De pronto, el caballo de Alexander se detuvo en seco.
El movimiento abrupto hizo que todos levantaran la vista al mismo tiempo. Uno a uno se acercaron, guiando sus monturas hasta quedar alineados tras él… y entonces, las palabras les fallaron.
Al pie de la montaña se extendía el valle de Brumavale.
La niebla lo cubría casi por completo, pero no de forma uniforme: se arremolinaba, se abría en algunos puntos y volvía a cerrarse en otros. A través de ese velo lechoso, algunas casas apenas eran visibles, surgiendo y desvaneciéndose con lentitud, dando la inquietante impresión de que aquella región existía fuera del tiempo normal.
Las construcciones eran, en su mayoría, de piedra gris y madera oscura, erosionadas por los años. Los techos inclinados, cubiertos de musgo espeso, parecían inclinarse unos hacia otros, como si compartieran secretos antiguos. Las calles empedradas eran estrechas, húmedas y resbaladizas, serpenteando entre las casas como venas viejas marcadas en la tierra.
Una luz verdosa, tenue pero constante, envolvía el pueblo entero. No provenía de antorchas ni de faroles visibles, sino que parecía emanar del propio aire, dándole al valle un resplandor casi hipnótico, irreal.
—Muy bien… hemos llegado —dijo Alexander al fin, rompiendo el silencio—. Esto es Brumavale.
Nadie respondió de inmediato.
Incluso Braxton, que hasta hacía poco no había parado de quejarse del frío, se quedó callado, con la boca ligeramente entreabierta. Jasper olvidó ajustarse la bufanda. Lily apretó las riendas con más fuerza, como si temiera que su caballo decidiera retroceder por voluntad propia.
Todos observaban aquel pueblo suspendido entre la niebla, con una mezcla de fascinación y recelo.
#2036 en Fantasía
#345 en Magia
brujas, criaturas magicas fantasia y poderes, cazadora de criaturas sobrenaturales
Editado: 03.02.2026