Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 2

El aire fuera de la posada era un golpe helado, afilado como cuchillas que se colaban entre la ropa y mordían la piel. Jasper resopló y una pequeña nube de vapor se formó frente a su rostro antes de desvanecerse. Alzó la vista hacia el cielo cubierto de nubes bajas; la primera nevada estaba cerca, podía sentirlo en los huesos.

Se ajustó la bufanda alrededor del cuello y sopló dentro de sus manos. Incluso con los guantes puestos, el frío lograba filtrarse, persistente, obstinado.

—¿Qué haces aquí solo? —preguntó Lily al acercarse, frotándose las manos con energía mientras soplaba una y otra vez sobre ellas—. Aquí hace un frío capaz de matar a cualquiera.

Jasper giró el rostro hacia ella y no pudo evitar sonreír, una sonrisa pequeña pero sincera.

—Entonces… ¿para qué saliste? —preguntó, con un dejo de diversión en la voz.

Lily lo miró como si la pregunta fuera absurda, casi insultante.

—Qué tonto eres —respondió—. Porque tú estás aquí.

Jasper no dijo nada más. Se limitó a tomar las manos de Lily entre las suyas, envolviéndolas con cuidado, como si fueran algo frágil. Comenzó a soplar sobre sus dedos y a frotarlos lentamente, intentando devolverles el calor que el invierno les arrebataba.

El viento siguió soplando, frío e implacable, pero entre ellos, por un instante, dejó de importar. Jasper sostuvo la mirada de Lily, en esos ojos color avellana, claros y limpios como miel recién vertida, y el mundo pareció aflojar su presión.

Entonces lo vio.

Lily estaba sentada bajo un manzano en flor, la luz filtrándose entre las hojas, riendo con una risa plena, sin sombras. Tres niños corrían a su alrededor, descalzos, con las mejillas encendidas, gritando de alegría mientras el pasto se doblaba bajo sus pasos. El aire olía a fruta madura y a tardes largas.

Y allí estaba él también.

No como era ahora, sino mayor, con el cabello apenas tocado por el tiempo, observándolos desde unos pasos atrás. No intervenía, no dirigía el juego; solo los miraba con una atención serena, casi reverente, como si temiera que aquel instante pudiera romperse si respiraba demasiado fuerte. En su pecho no había urgencia ni miedo, solo una calma desconocida, profunda, verdadera.

La visión se desvaneció tan suavemente como había llegado, dejándole un nudo silencioso en la garganta.

Jasper parpadeó, aún suspendido entre lo que era y lo que podía llegar a ser. El aire parecía más denso en su pecho, como si acabara de regresar de muy lejos.

Lily lo noto de inmediato. Frunció apenas el ceño, observándolo con atención.

—Jasper… ¿estás bien? —preguntó con cautela, como si temiera romper algo frágil.

Él tardó un segundo en responder. Luego, como si recordara dónde estaba, dejó escapar una sonrisa suave, casi incrédula. No dijo nada. No hacía falta.

En un gesto repentino, pero cargado de una ternura que lo sorprendió incluso a él mismo, dio un paso adelante y la atrajo hacia sí. La envolvió en un abrazo firme, sincero, como si quisiera anclar ese instante al presente.

Lily se quedó quieta solo un momento antes de corresponderle, apoyando la frente en su pecho.

—Si Uzías te ve abrazando así a su pequeña princesa, te mata —comentó Braxton desde unos pasos atrás, con una sonrisa ladeada y los brazos cruzados.

Su voz arrastraba una diversión tranquila, de esas que no buscan herir, sino pinchar suavemente el momento para devolverlo a tierra firme. Había observado la escena sin interrumpirla, respetando el silencio, hasta que decidió que ya era hora de romper la burbuja.

Jasper se tensó apenas, lo justo para delatar que había olvidado por completo que no estaban solos. Lily se separó un poco, aunque sin soltarse del todo, y le lanzó a Braxton una mirada entre avergonzada y desafiante.

—No soy una princesa —murmuró, aunque la sonrisa traicionera en sus labios decía lo contrario.

Braxton alzó las manos en señal de rendición.

—Díselo a Uzías —replicó—. Yo solo advierto para que nadie termine enterrado en el bosque.

La risa suave que siguió disipó el resto de la tensión, dejando el momento intacto, pero más ligero, como si hubiera encontrado su lugar natural entre ellos.

Los tres alzaron la mirada casi al mismo tiempo.

Del cielo gris descendió un pequeño copo de nieve, solitario, girando con lentitud, como si dudara antes de tocar tierra. No había viento suficiente para empujarlo; parecía caer por decisión propia.

Braxton fue el primero en moverse. Extendió la mano con calma, y el copo terminó posándose en la palma de su guante de lana gruesa, blanco sobre gris, perfecto y frágil. Permaneció allí apenas un segundo antes de empezar a deshacerse, dejando una mancha oscura y fría.

Braxton lo observó en silencio, como si entendiera algo que los demás aún no.

—Llegó el invierno —dijo al fin, con suavidad.

Entonces, un grito rasgó la quietud de la noche helada.

Fue breve, agudo, tan cargado de terror que pareció detener todo por un segundo. El sonido rebotó entre los árboles y las fachadas de piedra, multiplicándose antes de extinguirse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.