Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 4

El fuego parecía bailar sobre la leña consumida, o al menos eso le parecía a Chase mientras lo observaba fijamente. Las llamas se estiraban y se encogían, proyectando sombras inquietas sobre las paredes de la posada, como si también ellas respiraran. Tenía la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo, acariciando con la punta de los dedos el encendedor que su madre le había regalado. El metal frío contra la yema de sus dedos le resultaba extrañamente reconfortante, un ancla familiar en medio de todo lo que no lograba comprender.

Aun así, no era suficiente.

La culpa seguía pesándole en el pecho, espesa, inmóvil. El ataque del lobo se repetía en su mente una y otra vez: los ojos ámbar clavados en él, el salto, el instante exacto en el que Braxton se había interpuesto sin pensarlo. Cada vez que recordaba el sonido seco de los colmillos cerrándose, algo dentro de Chase se encogía.

—No es tu culpa —susurró Diana de pronto.

Chase se sobresaltó apenas cuando sintió sus brazos rodeándolo por la espalda. Diana apoyó la frente entre sus omóplatos, firme y cálida, como si quisiera sostenerlo sin obligarlo a mirarla. Su presencia era silenciosa, pero constante.

Chase dejó escapar un suspiro largo y cansado. Sacó la mano del bolsillo y colocó ambas sobre las de su hermana, aferrándose a ellas como si temiera que, si las soltaba, todo lo demás se viniera abajo.

—Sí lo es —respondió después de un momento—. El lobo me quería a mí. Yo me descuidé… bajé la guardia. Y él…

Su voz se quebró antes de terminar la frase.

—…se lanzó para defenderte —completó Diana con suavidad.

Se separó lo justo para que Chase pudiera sentirla a su lado, sin dejar de abrazarlo.

—Chase, así es Braxton —continuó—. No importa la situación. No importa el riesgo. Siempre va a ponerse delante del peligro si cree que puede proteger a alguien.

Chase apretó los labios, mirando de nuevo el fuego.

—No debería haber pasado —murmuró—. Si yo hubiera estado más atento…

—Habría pasado igual —lo interrumpió Diana, esta vez con más firmeza—. Porque ninguno de ustedes sabía a qué se enfrentaba. Y porque Braxton no piensa, actúa.

Una pequeña sonrisa triste se dibujó en su rostro.

—Eso también es parte de lo que lo hace… él.

Chase cerró los ojos un instante, dejando que el calor del fuego y el abrazo de su hermana lo envolvieran.

La culpa no desapareció.

Pero, dejo de presionarlo como una placa de acero sobre el corazón.

—Ya no hablen de mí —se quejó de pronto Braxton, con la voz aún ronca—. Es de mala educación.

Intentó incorporarse, apoyando el codo contra el colchón, pero Diana reaccionó de inmediato. Cruzó el espacio entre ellos y le plantó una mano firme en el pecho, obligándolo a quedarse quieto.

—Ni se te ocurra —le ordenó, presionándolo apenas—. La abuela fue clara: debes descansar.

Braxton bajó la mirada hacia la mano de Diana. Sintió el contacto cálido a través de la tela, el peso exacto para mantenerlo en su sitio. No se movió. No porque no pudiera… sino porque sabía que, si lo hacía, ella retiraría la mano al instante.

Y no quería que eso pasara.

Diana lo notó. Siempre lo notaba. La quietud deliberada, la forma en que su respiración se acompasaba bajo su palma. Incómoda, apartó la mano como si se hubiera quemado.

—¿Qué? —murmuró Braxton, alzando una ceja, con una media sonrisa ladeada—. ¿Ya no te importo?

El tono era burlón, pero algo en su mirada delataba que extrañaba la sensación de su mano allí.

Diana puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos.

Braxton sabía exactamente qué decir para sacarla de quicio… y lo peor era que nunca se detenía.

—Nunca tendrás tanta suerte —replicó ella con sequedad, aunque el leve rubor en sus mejillas la traicionó.

Braxton soltó una risa baja y volvió a recostarse, obediente por una vez.

—Lástima —murmuró—. Me estaba empezando a gustar que me cuidaras.

Diana no respondió.

Pero no se movió de su lado.

—Y tú… deja de culparte —murmuró Braxton sin abrir del todo los ojos. Giró apenas la cabeza sobre la cama, lo suficiente para clavar la mirada cansada en Chase—. Tú habrías hecho lo mismo por mí, ¿o no?

Chase se quedó inmóvil.

El fuego crepitó a su espalda, llenando el silencio que siguió a la pregunta. No respondió de inmediato, porque no hacía falta. La respuesta estaba escrita en su rostro, en la forma en que apretó los puños, en cómo su respiración se volvió más profunda.

Sí.
Lo habría hecho.

Sin pensarlo. Sin dudar. Sin medir consecuencias.

Porque Braxton no era solo su compañero de aventuras ni el que siempre se quejaba mientras se lanzaba de cabeza al peligro. Era su mejor amigo. La única persona —aparte de Diana y Jasper— que parecía entenderlo incluso cuando él mismo no sabía explicarse. El que no hacía preguntas incómodas, el que confiaba sin reservas, el que se quedaba cuando otros se alejaban.




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