Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 5

—¡Te dije que no lo tocaras! —la voz de Alexander resonó en la posada apenas cruzaron la puerta—. ¡Pero nunca escuchan!

El sonido de su grito quedó suspendido en el aire, pesado, haciendo que algunos de los presentes se giraran incómodos antes de fingir que no oían nada.

Diana se detuvo en seco y lo miró de frente, el mentón en alto, los ojos aun brillando con el rastro de la visión.

—Pero si no lo hubiera hecho, no sabríamos cómo fue que los cuerpos salieron de sus tumbas —replicó, sin bajar la voz—. Esos cuerpos despertaron después de años, papá. Años. Y algo los sacó de allí.

Alexander apretó los dientes. El enojo no era lo único que le ardía en el pecho: debajo estaba el miedo, crudo, inconfesable. El miedo de haber visto a su hija tocar algo que no entendían, algo antiguo, algo que podía haberla arrastrado con ello.

—Diana —dijo, más bajo, pero con una dureza que dolía más—. Te dije que no lo tocaras. Y no solo como tu padre.

Dio un paso hacia ella.

—Si no respetas mis órdenes como tu padre… al menos hazlo como líder de la Orden.

Aquellas palabras sí encontraron su objetivo.

Diana vaciló apenas un segundo. La furia en su mirada se mezcló con algo más: cansancio, presión, la carga constante de ser ambas cosas a la vez, hija y pieza clave de algo mucho más grande.

En ese momento, la puerta lateral se abrió.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Cyrene, entrando con el ceño fruncido, alertada por los gritos.

El murmullo de la posada se apagó casi por completo.

Chase bajó la cabeza de inmediato. Jasper hizo lo mismo, frotándose la nuca con incomodidad. Lily evitó mirar a nadie, clavando la vista en el suelo.

Diana sostuvo la mirada de su abuela, firme, sin retroceder… pero no fue ella quien respondió.

—No te preocupes, madre —intervino Alexander, tensando la mandíbula—. No es nada de lo que realmente debas preocuparte.

Cyrene elevó una ceja, incrédula.

—Qué bueno —respondió con calma peligrosa—. Porque tenemos cosas mucho más graves por las cuales preocuparnos.

Alexander frunció el ceño, sintiendo cómo algo frío se le deslizaba por la espalda.

—¿A qué te refieres?

No obtuvo respuesta inmediata.

Una figura avanzó desde el fondo de la posada hacia la luz cálida de las lámparas. El sonido de unas botas contra el suelo de madera rompió el silencio.

Braxton apareció, apoyado en una columna, el abrigo abierto y el rostro pálido… pero de pie.

—Se refiere a mí —dijo, con una media sonrisa que no alcanzaba a ocultar la tensión en sus ojos.

Alexander sintió que el estómago se le hundía.

Diana giró de golpe hacia él.

—¿Braxton? —susurró.

Cyrene lo observó con preocupación, como si viera confirmarse algo que no quería aceptar.

—No deberías estar levantado —dijo ella.

—Probablemente no —admitió Braxton—. Pero creo que debería estar aquí cuando se los digas.

Alexander lo miró fijamente, el enojo disipándose, reemplazado por una inquietud profunda.

Cyrene avanzó un paso más hacia el centro de la posada, su expresión grave imponiendo silencio sin necesidad de alzar la voz.

—Antes de que alguien diga nada —comenzó—, necesito que me escuchen.

Braxton se enderezó un poco, cruzándose de brazos como si así pudiera restarle importancia al asunto.

—Cuando se fueron —continuó Cyrene—, fui a cambiarle las vendas. La mordedura del lobo era profunda. La piel estaba desgarrada, la carne inflamada. No era una herida que sanara en una noche.

Alexander frunció el ceño, ya anticipando lo imposible.

—Pero cuando retiré las vendas… —hizo una breve pausa, como si aún le costara creerlo— no había nada.

Un murmullo recorrió la posada.

—¿Nada? —preguntó Lily, dando un paso al frente.

—Nada —repitió Cyrene—. Ni cicatriz, ni marca, ni rastro de infección. La piel estaba intacta, como si jamás hubiera sido mordido.

Diana abrió los ojos, incrédula, y miró a Braxton de arriba abajo.

—Eso no es posible…

—Créeme —dijo Cyrene—, llevo demasiados años curando heridas como para confundirme.

Alexander pasó una mano por su rostro, respirando hondo.

—¿Sentiste dolor? —le preguntó a Braxton, con la voz tensa.

—No —respondió él encogiéndose de hombros—. Para ser honesto… me siento mejor que antes.

Ese comentario no tranquilizó a nadie.

Chase dio un paso adelante, pálido.

—Pero… el lobo…

—Era un lobo muy grande —interrumpió Jasper—. Enorme, había mucha sangre.

Cyrene asintió lentamente.




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