Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 6

Diana empujó la puerta del cuarto de Braxton sin llamar, simplemente entró como una borrasca decidida. La madera golpeó suavemente contra la pared al abrirse de par en par, rompiendo el silencio tibio de la habitación.

Braxton alzó la vista de inmediato, sorprendido por la irrupción. No había tenido tiempo ni de acomodarse cuando la vio allí, de pie en el umbral, con el abrigo aún puesto y los ojos fijos en él, azules, intensos,

No había enojo en su rostro, pero tampoco calidez. Su expresión era tensa, controlada, como si cada músculo estuviera sosteniendo algo a punto de romperse. Cerró la puerta tras ella con un movimiento seco y avanzó un par de pasos.

Braxton alzó la vista sorprendido, intentando descifrar qué estaba ocurriendo.

—Quítate la camisa —ordenó, deteniéndose frente a él, con los brazos cruzados—. Ahora.

El silencio se tensó.

Braxton parpadeó una vez y luego alzó una ceja, incapaz de evitar que una sonrisa torcida se le dibujara en los labios. Había algo en el tono de Diana que no era una invitación… y precisamente por eso no pudo resistirse.

—No pensé que ya tuviéramos ese tipo de confianza —comentó, relajado, con su habitual tono burlón.

Diana no sonrió.

Se inclinó hacia él lo suficiente para invadir su espacio, sus ojos clavados en los de Braxton, firmes.

—Déjate de bromas y quítate la camisa —repitió—. No estoy jugando.

Braxton tragó saliva. Por primera vez, la sonrisa vaciló.

Suspiró despacio y se levantó de la cama, quedando frente a ella. Había algo distinto en el aire, una tensión densa, eléctrica, que le recorría la piel. Sostuvo la mirada de Diana mientras comenzaba a desabrocharse la camisa, botón por botón, con movimientos lentos, casi deliberados.

Ella no apartó los ojos.

Cuando la tela finalmente cayó al suelo, el aire de la habitación desapareció.

Diana se quedó inmóvil.

La piel de Braxton estaba intacta. Donde debería haber marcas, cicatrices o siquiera una sombra de la mordida… no había nada. Ni rastro. Ni señal. Solo piel cálida, firme, completamente sana.

El pulso de Diana se disparó.

—No… —susurró, sin darse cuenta.

Braxton bajó la mirada hacia su propio brazo, confundido al principio. Luego volvió a mirarla, captando el cambio en su expresión: la rigidez en sus hombros, la forma en que contenía la respiración, el brillo inquieto en sus ojos que no lograba ocultar.

Diana le tomó el brazo con cuidado, y pasó la mano por donde debería estar la herida. Sus dedos se movieron despacio. Braxton se estremeció apenas, un temblor involuntario que lo traicionó. No fue dolor lo que sintió, sino el impacto del contacto. Diana lo notó. A ella le recorrió la misma sacudida, una corriente silenciosa que le subió por el pecho, pero la disimuló. No estaba allí para eso. O eso intentaba convencerse.

Estaba asustada.

Más de lo que quería admitir.

Braxton alzó ligeramente el rostro y la miró con atención. Vio la preocupación clara, desnuda, sin el sarcasmo ni la dureza que ella solía usar como escudo.

—Oye… —murmuró—. Mírame.

Diana levantó los ojos. Por un instante, toda su firmeza se resquebrajó y dejó ver el miedo que había estado guardando desde que la abuela Cyrene habló. Un miedo profundo, irracional, que no sabía cómo nombrar.

—Todo va a estar bien —dijo él con suavidad, intentando calmarla—. De verdad.

Diana negó con la cabeza, apretando un poco más su brazo, como si así pudiera asegurarse de que seguía allí.

—¿Cómo puedes saberlo? —susurró—. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

Braxton se encogió de hombros, sin apartar la mirada de la suya.

—No lo sé —admitió—. Supongo que solo prefiero creer que lo estará.

Diana dio un paso más hacia él. La distancia entre ambos se redujo hasta volverse casi inexistente. El aire se volvió denso, cargado de palabras no dichas.

—No vuelvas a hacer algo así —pidió en voz baja—. No vuelvas a ponerte delante del peligro por nadie.

Braxton la miró serio ahora, sin rastro de broma ni ligereza.

—No puedo prometerte eso —respondió—. Porque estaría mintiendo.

Algo se quebró en ella. Diana frunció el ceño, molesta, herida, y empujó su pecho con frustración.

—Eres un idiota…

Pero el gesto fue torpe, cargado de emoción. Perdió el equilibrio antes de poder corregirse, y Braxton reaccionó por instinto, intentando sujetarla. Ambos cayeron sobre la cama con un golpe suave, desordenado.

El mundo pareció detenerse.

Diana quedó sobre él, demasiado cerca. Sus respiraciones se mezclaron, irregulares. Braxton sintió el peso de su cuerpo, el calor, la cercanía inesperada que le aceleró el pulso. Por un segundo no se movieron, como si cualquier gesto pudiera cruzar una línea invisible.

Sin pensarlo, Braxton apretó las manos en la cintura de Diana, solo para estabilizarla… pero el contacto se quedó allí un segundo más de lo necesario. Diana contuvo el aliento. No se apartó.




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