—Pónganlo en el suelo, frente al fuego de la chimenea —indicó Sage apenas todos cruzaron el umbral de la cabaña.
El interior era cálido, cargado de aromas a hierbas secas, resina y humo. La chimenea ardía con un fuego bajo pero constante, cuyas llamas parecían inclinarse hacia Jasper.
Sage no se detuvo. Se movía de un lado a otro con urgencia, abriendo cajones, retirando frascos de estantes, tomando ramilletes de plantas secas y dejándolos sobre la mesa sin ningún orden aparente.
Jasper apretaba los dientes, el rostro pálido y cubierto de sudor frío. El dolor le atravesaba el cuerpo como pulsaciones oscuras, creciendo con cada latido del corazón. Apenas lograba respirar sin que un gemido escapara de su garganta.
Lily no se separó de su lado ni un segundo. Estaba arrodillada junto a él, sosteniéndole la mano con ambas manos, los dedos temblorosos pero firmes, como si aferrarse a él fuera la única forma de mantenerlo con vida.
Diana se colocó al otro lado, pasando los dedos por el cabello de Jasper con una delicadeza desesperada. Su gesto era suave, casi maternal, pero sus ojos estaban llenos de impotencia. No podía hacer nada. Y eso la estaba desgarrando.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alexander, con el ceño fruncido, al ver cómo Sage tomaba un cuchillo de hoja curva y lo alzaba frente a su propio rostro, observando el reflejo del fuego en el metal.
Por un instante, la tensión se percibió como una cuerda a punto de romperse.
Sage no le respondió.
Ni siquiera lo miró.
Giró lentamente la cabeza hacia Cyrene, evaluándola con una atención penetrante, confirmando algo que ya sabía.
—Tú debes ser la vieja Evander —dijo.
Cyrene arqueó una ceja, más divertida que ofendida, aunque en su mirada brilló una chispa peligrosa.
—¿Vieja Evander? —repitió—. ¿Así me llamaba Selene?
Sage dejó el cuchillo sobre la mesa con un golpe seco y comenzó a recogerse el cabello en un moño desordenado. Algunos mechones rojizos escaparon y cayeron sobre su frente, suavizando apenas la dureza de su expresión.
—No —respondió—. Así te llamo yo.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—Selene te admiraba. Te respetaba.
Cyrene se quedó quieta, estudiándola con mayor atención ahora. Había algo en Sage que le resultaba inquietantemente familiar… la misma presencia firme, la misma mirada que parecía ver más allá de lo evidente. Y, aun así, eran distintas. Como dos notas de una misma melodía, separadas por el tiempo.
—¿Y tú? —preguntó Cyrene con genuino interés—. ¿Qué sientes?
Sage terminó de ajustarse el cabello, su expresión se resquebrajó apenas. No fue dolor evidente, ni ira abierta. Fue algo más profundo.
—Ustedes se quedaron con ella —dijo en voz baja—. Imaginen lo que yo siento.
El fuego crepitó, lanzando chispas al aire, y la marca oscura en la piel de Jasper palpitó con más fuerza, como recordándoles a todos que el tiempo se estaba agotando.
—Aún no has dicho qué vas a hacer —insistió Alexander, avanzando un paso, la voz tensa—. No voy a permitir que toques a mi hijo, así como así…
Sage ya estaba arrodillada junto a Jasper. No se molestó en responderle de inmediato. Con movimientos rápidos pero cuidadosos, apartó la ropa empapada de sangre y oscuridad para dejar al descubierto la herida. La marca negra parecía respirar bajo la piel, extendiéndose en filamentos apenas visibles que latían al ritmo del corazón de Jasper.
Un murmullo inquieto recorrió la cabaña.
Sage frunció el ceño y luego alzó la vista hacia Cyrene, que se había arrodillado al otro lado de Jasper sin que nadie se lo pidiera, tan natural como si siempre hubiera sabido qué hacer en ese lugar.
—Cuando abra la herida —dijo Sage, con voz firme—, necesito que le rocíes esto.
Le tendió un frasco pequeño de vidrio opaco, lleno de una sustancia verdosa. Cyrene lo tomó, observándolo a contraluz con cautela.
—¿Qué es? —preguntó.
—Una mezcla de hierbas y resinas —aclaró Sage al notar la desconfianza en su expresión—. La uso para desprender y expulsar la materia corrupta.
Alexander apretó los puños, el miedo y la rabia ardiéndole en el pecho.
—¿Me vas a seguir ignorando? —exigió.
Sage se giró de golpe.
Su mirada lo atravesó como una hoja afilada.
—Déjame salvar la vida de tu hijo primero —dijo, cada palabra cargada de una autoridad incuestionable—. Después puedes hacerme todas las preguntas que quieras. Si es que aún te quedan fuerzas.
Alexander se quedó inmóvil. No respondió.
Sage volvió su atención al círculo que los rodeaba y entonces sus ojos se detuvieron en Diana.
—Necesito que tú… —empezó.
Se interrumpió en seco.
Su mirada descendió hasta el pendiente que colgaba de la oreja derecha de Diana. Sus pupilas se dilataron apenas, como si acabara de reconocer algo imposible. Giró la cabeza con brusquedad, recorriendo la habitación hasta que sus ojos se clavaron en Chase… y luego en Braxton.
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Editado: 10.02.2026