Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 9

Una brisa helada le recorrió el cuerpo y arrancó a Jasper de un sueño pesado, fragmentado. Todo le dolía. Cada músculo parecía protestar al menor intento de moverse, y en el costado sentía un ardor profundo, insoportable. Quiso incorporarse, cambiar de postura, cualquier cosa… pero su cuerpo no respondió. Estaba agotado.

Giró apenas la cabeza.

Lily estaba allí, a su lado, dormida en el suelo. Incluso en el descanso, su expresión conservaba una sombra de cansancio, como si no hubiera logrado soltarse del miedo ni siquiera al cerrar los ojos. Tenía el ceño apenas fruncido, un mechón de cabello cayéndole sobre la frente.

Por un instante, Jasper solo la miró.

Entonces Lily se movió. Sus párpados temblaron antes de abrirse, lentos, como una flor despertando al amanecer. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, el cansancio se disipó de golpe, reemplazado por un brillo húmedo y aliviado.

—No deberías dormir en el piso —murmuró Jasper con voz ronca, apenas un susurro—. Está muy frío.

Lily dejó escapar un pequeño sonido entre risa y sollozo, y sin pensarlo se acercó a él, abrazándolo con cuidado, como si temiera hacerle daño. Apoyó la frente en su hombro, respirando hondo, como si necesitara asegurarse de que era real.

—Gracias al cielo… —susurró—. Estaba tan asustada.

El pecho de Jasper se apretó. Hizo un esfuerzo enorme, doloroso, para levantar la mano. Le tembló al hacerlo, pero aun así logró apoyarla sobre la cabeza de Lily y acariciarle el cabello con suavidad.

—Lo siento —dijo en voz baja—. No quería asustarte.

Lily negó, sin soltarlo.

—No importa —respondió, con la voz quebrada—. Estás aquí. Eso es lo único que importa.

Jasper cerró los ojos por un instante, aferrándose a ese contacto, al calor de ella, al simple hecho de seguir vivo. Afuera, el nuevo día comenzaba a filtrarse entre las sombras, pero para él, ese abrazo era lo único que necesitaba para creer que había sobrevivido.

Lily permaneció unos segundos más abrazándolo, respirando despacio, como si necesitara acompasar su propio pulso al de Jasper. Luego se separó apenas, lo justo para poder mirarlo mejor. Sus ojos recorrieron su rostro con atención, como si temiera encontrar en él alguna señal de que todo había sido un engaño.

—¿Te duele mucho? —preguntó en voz baja.

Jasper dudó un instante antes de responder. No quería mentirle… pero tampoco preocuparla.

—Un poco —admitió—. Solo un poco.

Lily asintió, como si aquella respuesta le bastara. Se incorporó con cuidado y tomó la manta que Cyrene había dejado sobre él, acomodándola mejor alrededor de su cuerpo, cubriéndolo hasta los hombros. Sus movimientos eran torpes por el cansancio, pero delicados, atentos.

—No intentes moverte —le dijo—. Sage dijo que debías descansar. Mucho.

—¿Y tú? —preguntó Jasper—. No has dormido nada.

Lily bajó la mirada, encogiéndose un poco de hombros.

—No quería cerrar los ojos —confesó—. Tenía miedo de que… —no terminó la frase—. De que cuando despertara ya no estuvieras.

Jasper sintió un nudo en la garganta. Inspiró hondo y, con el poco movimiento que podía permitirse, entrelazó sus dedos con los de ella.

—Estoy aquí —repitió, más firme ahora—. Y no pienso irme a ningún lado.

Lily apretó su mano, como si se aferrara a esa promesa.

El crujido suave de pasos se escuchó entonces en la cabaña. Cyrene apareció desde el otro extremo de la habitación, llevando una taza humeante entre las manos. Al verlos despiertos, su expresión severa se suavizó apenas.

—Veo que ya despertaste… cuanto me alegra —comentó.

Jasper intentó responder con una sonrisa, pero apenas consiguió una mueca cansada. El simple gesto parecía exigirle más energía de la que tenía.

Cyrene se acercó un poco más y le tendió la taza a Lily.

—Infusión de raíz amarga con miel —explicó—. No es precisamente un placer, pero ayudará a mitigar el dolor y a que el cuerpo termine de expulsar lo que no le pertenece.

Lily sostuvo la taza con ambas manos y ayudó a Jasper a beber un sorbo pequeño. Él apenas tragó cuando su rostro se contrajo de inmediato, incapaz de disimular el desagrado.

—Sabe horrible —se quejó en un murmullo ronco.

Cyrene dejó escapar una breve risa, suave, aliviada, una risa que nacía del corazón. Había pasado la noche temiendo lo peor, y verlo consciente era un regalo silencioso.

—La corrupción se fue —dijo entonces, con firmeza—. Lo que queda es agotamiento… y una herida que sanará con tiempo. Has sido fuerte, Jasper. Más de lo que imaginas.

Él asintió despacio, sintiendo cómo aquellas palabras se asentaban en su pecho. Volvió a abrir la boca para tomar otro sorbo y, al acercarse de nuevo a la taza, arrugó la nariz con evidente resignación.

—Ni se te ocurra quejarte —le advirtió Lily, señalándolo con la taza—. Te lo vas a tomar todo.

Jasper la miró de reojo y suspiró, derrotado.




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