Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 10

Sage se dejó caer en una silla junto a la mesa con un suspiro que no intentó disimular. Sus manos descansaron sobre la madera gastada, pero sus ojos brillaban con una emoción viva. Había esperado ese momento demasiado tiempo como para fingir indiferencia.

Alexander permaneció de pie frente a ella, rígido, con la mandíbula tensa y los brazos cruzados.

—Podrías fingir no estar tan extasiada —gruñó—. Es molesto.

Sage ni siquiera se inmutó. Alzó una ceja, ladeó apenas la cabeza y una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios.

—Claro que no —respondió con calma—. Voy a disfrutar este momento.

Se inclinó un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.

—Porque si tengo razón —continuó—, el único motivo por el que estás aquí es porque Selene no tuvo tiempo de enseñarles a sus hijos a controlar sus dones. Y tú… —lo recorrió con la mirada, de arriba abajo— no tienes la menor idea de lo que eso significa. Mucho menos cómo ayudarlos.

Alexander dio un paso al frente, el suelo crujiendo bajo sus botas.

—No te atrevas a hablar como si los conocieras mejor que yo.

Sage alzó la vista despacio, sin retroceder. Su expresión ya no era burlona, sino firme, afilada.

—Los conozco mejor de lo que crees —dijo—. Porque veo lo que tú te niegas a aceptar.

Se incorporó apenas en la silla, sosteniéndole la mirada con abierto desafío.

—No puedes controlarlos, Alexander.

El silencio cayo entre ambos.

—Son Guardianes —añadió—. Como su madre. Y sus instintos son más antiguos, más fuertes, que tus ridículos códigos de cazador.

Alexander apretó los puños.

—Mis “ridículos códigos” son lo único que mantiene a la gente con vida —espetó—. He visto lo que ocurre cuando el poder pierde el control. He enterrado a demasiados por culpa de eso.

—Y aun así los trajiste aquí —replicó Sage sin titubear—. A un bosque que sabes que es peligroso. A mí. Porque en el fondo lo sabes: tus métodos no bastan para ellos.

Alexander respiró hondo, como si contener la ira le costara un esfuerzo físico enorme.

—Selene eligió una vida distinta —dijo finalmente, con la voz más baja—. Eligió alejarse de todo esto.

Sage endureció la expresión.

—No —corrigió—. Selene eligió protegerlos. Y tú te beneficiaste de esa elección… hasta que dejó de ser suficiente.

Se levantó de la silla, quedando frente a él, a la misma altura.

—Ahora sus dones están aquí —continuó—. No porque quieran. Porque deben. Y si sigues intentando controlarlos, lo único que lograrás es romperlos.

Alexander sostuvo su mirada. Había furia, sí, pero también miedo. Un miedo profundo, primitivo.

—No voy a perderlos —dijo con voz ronca.

Sage bajó apenas el tono.

—Entonces deja de intentar dominarlos… y empieza a aprender a escucharlos.

El fuego crepitó en la chimenea, marcando el final de la discusión sin resolverla. No había vencedores allí. Solo una verdad incómoda, ardiendo entre ambos, que ninguno podía seguir ignorando.

Cyrene, que había permanecido cerca de la chimenea escuchando en silencio, dio un paso al frente.

—Basta —dijo con firmeza—. Los dos.

Alexander giró la cabeza hacia ella, sorprendido por el tono. Sage también la miró, evaluándola con una atención distinta, más cauta, como si acabara de reconocer algo que no había visto antes.

—No estamos aquí para discutir —sentenció Cyrene—. Necesitamos tu ayuda, y no solo con mis nietos.

Volvió la mirada hacia Braxton.

—Creemos que lo ha mordido un wulver.

Sage giró la cabeza hacia Braxton de golpe.

—¿Un wulver? —repitió, frotándose la barbilla con gesto pensativo—. Ven aquí, chico.

Braxton dio un paso atrás sin darse cuenta, incómodo bajo aquella mirada penetrante. Miró primero a Chase, luego a Diana. Chase apretó la mandíbula, tenso; Diana sostuvo su mirada y asintió con calma, aunque algo en su pecho se había tensado.

Braxton respiró hondo y avanzó lentamente.

Sage le tomó el rostro entre las manos, obligándolo a mirarla a los ojos.

—Vaya… —murmuró—. Esto sí es interesante.

Diana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Chase dio un paso adelante.

Antes de que Braxton pudiera reaccionar, Sage le sujetó la mano, la apoyó con firmeza sobre la mesa de madera y, en un movimiento seco y preciso, la atravesó con un cuchillo.

El grito de Braxton hizo temblar la cabaña.

—¡Maldición! —rugió Alexander, avanzando de inmediato—. ¿Qué crees que estás haciendo?

El fuego crepitó con violencia.

Chase reaccionó por instinto. El calor le subió por el pecho, encendiendo su sangre; una llamarada breve chisporroteó en el aire antes de que lograra contenerla. Sus ojos brillaron un instante, furiosos.




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