Jasper se detuvo un instante frente al fuego que ardía en la chimenea. Las llamas crepitaban con un ritmo irregular, hipnótico, y por un momento le pareció que allí, en ese vaivén de luz y sombra, se encontraban las respuestas que tanto anhelaba. Las palabras de Sage lo habían dejado alterado, inquieto. Ella había dicho que estaba listo… pero él no lo sentía así.
Bajó la mirada hacia sus manos. Eran las mismas de siempre, firmes, humanas. Y, aun así, supo con una certeza incómoda que no confiaba del todo en sí mismo.
—¿Estarás bien? —preguntó Diana, acercándose con cuidado.
Le colocó la bufanda alrededor del cuello, ajustándola con un gesto casi automático.
Jasper asintió.
—¿Y ustedes? —preguntó en voz baja—. ¿Estarán bien?
Diana dejó escapar un largo suspiro. Sus hombros se hundieron apenas.
—Sinceramente… no lo sé —admitió—. Desde que mamá murió, todo ha sido confuso.
Alzó la vista y esbozó una sonrisa débil, más para tranquilizarlo a él que a sí misma.
—Y no me gusta ni un poco la idea de separarnos.
—A mí tampoco —respondió Jasper sin dudarlo.
Tomó las manos de su hermana entre las suyas, aferrándose a ese contacto.
—Tengan cuidado —añadió—. Los dos.
El momento se rompió cuando Sage dejó caer una bolsa de tela gruesa sobre la mesa. El golpe fue seco, abrupto, haciendo tintinear el contenido y arrancándolos de su intimidad.
—Muy bien, cazador —dijo Sage, volviéndose hacia Alexander—. Vas a necesitar todo esto.
Alexander se acercó y abrió la bolsa, revisando su contenido con rapidez, aunque sin demasiado interés.
—Y lo primero que debes entender —continuó Sage— es que el Devorapecados no es un demonio ni un espíritu común. Es un castigador nacido de la culpa de las personas.
Alexander alzó la vista, escéptico.
—No sé si realmente existe una diferencia.
Sage soltó una risa breve, genuinamente sorprendida por su franqueza.
—En tiempos remotos —explicó— la gente creía que la culpa no confesada no desaparece. Se pudre. Envenena todo desde adentro.
Cruzó los brazos, el tono volviéndose más grave.
—El primer Devorapecados nació de asesinatos encubiertos, traiciones silenciadas, juramentos rotos y secretos heredados de generación en generación. Era un recipiente… para la inmundicia humana.
—Genial —murmuró Braxton—. Una criatura producto de la culpa colectiva.
—Exacto —asintió Sage—. Pero hay algo que deben tener muy claro: la bruja no lo controla realmente.
Todos levantaron la mirada.
—A lo sumo —continuó— lo dirige. Conoce su origen, sabe cómo funciona y probablemente actúe como una especie de protectora. No porque le importe… sino porque le conviene.
—¿Entonces cómo acabamos con él? —preguntó Cyrene, apoyándose con más fuerza en su bastón.
Sage dudó antes de responder.
—Esa es la parte complicada —admitió—. Deben descubrir por qué nació el Devorapecados de Brumavale.
Lily frunció el ceño.
—Eso podría ser imposible —dijo—. Puede que haya sucedido hace muchos, muchos años.
Alexander se frotó la barbilla, pensativo.
—Tal vez —concedió—. Pero si algo he aprendido con los años es que los pueblos nunca dejan morir sus secretos.
Alzó la vista, sombrío.
—Los esconden como sanguijuelas asquerosas. Los heredan como si fueran trofeos.
Sage lo observó con atención renovada y, por primera vez, le apoyó una mano en el hombro.
—Eres más perspicaz de lo que aparentas, cazador.
Luego miró al resto del grupo.
—Este Devorapecados ha sido alimentado durante años —concluyó—. Lo que significa que hay personas que le han entregado sus culpas de forma consciente.
El silencio se volvió pesado.
—Y si existe un alimento… —añadió— entonces también existe un vehículo.
Las llamas de la chimenea se alzaron un poco más, proyectando sombras inquietas en las paredes.
—Busquen a ese posadero —aconsejo Sage con voz firme—. Huyó de aquí como si su vida dependiera de ello.
Alexander se volvió hacia el grupo con una decisión ya tomada.
—Nos vamos —ordenó—. Ahora.
Todos comenzaron a moverse de inmediato, ajustando armas, capas y provisiones. El sonido del metal y del cuero llenó el pequeño espacio de la cabaña.
Alexander se detuvo frente a Chase.
Lo observó con detenimiento, como si intentara memorizar cada rasgo.
—Mantén el fuego a raya —le dijo en voz baja—. No te dejes llevar por él… y no intentes demostrar nada.
Chase apretó la mandíbula y asintió.
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Editado: 10.02.2026