La puerta de la posada se abrió de golpe, dejando entrar una auténtica embestida de viento y nieve. La ventisca apagó varias velas y obligó a los presentes a cubrirse el rostro.
Durante un segundo, solo hubo blanco y frío.
Luego, la silueta de Alexander se recortó en el umbral, bloqueando la luz del exterior. Dio un paso hacia el interior. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Llevaba horas conteniendo la furia, dejándola hervir bajo la piel, y lo único que deseaba en ese momento era encontrar a Gideon, el posadero, y arrancarle la verdad, aunque tuviera que hacerlo a golpes.
Sin embargo, se detuvo en seco.
Sus ojos se cruzaron con los de Leonard Kenzo.
Leonard estaba sentado en la barra, una jarra intacta frente a él. A su lado se encontraban Thane Tedmond y Rigel. La conversación se apagó de inmediato cuando Alexander apareció.
El espacio pareció estrecharse.
La imagen de Braxton atravesó la mente de Alexander como una cuchillada.
—¡Hermana! —gritó Lily de pronto, rompiendo la tensión.
Corrió hacia Thane y la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su pecho.
—Qué alegría verte… pero ¿qué hacen aquí?
Thane la rodeó con los brazos sin soltarla.
—En realidad… no estamos muy seguros —respondió, con una sonrisa tensa.
Cyrene dio unos pasos al frente, colocándose ligeramente delante de Alexander, como si intuyera lo que estaba por venir.
—Leonard, querido —dijo con calidez—. Qué alegría verte.
Leonard se puso de pie. Era un hombre alto y fornido, de hombros anchos y presencia imponente. Su rostro anguloso tenía facciones duras, curtidas por años de cacería, y su cabello plateado —del mismo tono que el de su hijo— lo llevaba corto, casi al ras. Sus botas hicieron crujir la madera al avanzar hacia Cyrene y abrazarla con sincero afecto.
—La alegría es mía —respondió—. Aunque debo admitir que no sabemos exactamente cómo llegamos aquí.
Se separó apenas y continuó:
—Me crucé con Griffin en el camino e hicimos cambio de guardia. —Luego miró a Rigel—. Nuestro destino era Ashbrook, pero de pronto… una bruma imposible nos envolvió. Y cuando se disipó, estábamos aquí.
Jasper observó a Rigel con atención.
—Parece que el destino no quiere que te alejes —murmuró.
Rigel permaneció sentado, los brazos cruzados, la expresión sombría.
—Empiezo a hartarme del destino —respondió con sequedad.
Alexander dio un paso al frente.
El sonido seco de sus botas resonó más fuerte de lo que debería.
Leonard lo miró entonces con atención plena. Algo en el rostro de Alexander —la rigidez de su mandíbula, la tensión en los hombros— le hizo fruncir el ceño.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. Tienes cara de haber visto un fantasma.
Alexander abrió la boca… y la cerró de nuevo.
Cyrene lo miró, advirtiéndole en silencio que no había forma suave de decirlo.
—Leonard —dijo al fin Alexander, con voz baja pero firme—. Tenemos que hablar. A solas.
El gesto de Leonard se endureció.
—Dilo aquí.
Alexander sostuvo su mirada.
—Es sobre Braxton.
El nombre cayó como una piedra.
Leonard dio un paso hacia él.
—¿Qué le pasó a mi hijo?
El silencio se volvió espeso.
—Fue atacado en el bosque —continuó Alexander—. No por una bestia común.
Leonard apretó los dientes.
—¿Por qué criatura?
Alexander tragó saliva.
—Un wulver.
La reacción fue inmediata.
Leonard no preguntó.
Solo golpeó.
Su puño se estrelló contra el rostro de Alexander con un sonido seco, brutal. Alexander retrocedió dos pasos y chocó contra una mesa, que se desplazó con estrépito.
—¡Maldito seas! —rugió Leonard—. ¡¿Cómo dejaste que pasara?!
Varias manos se alzaron al instante. Thane avanzó, Cyrene golpeó el suelo con su bastón, Lily gritó el nombre de su hermana.
Alexander se enderezó despacio, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano. No devolvió el golpe.
—Porque no pude detenerlo —respondió con voz rota—. ¡maldita sea! Quisiera haber podido hacer algo.
Leonard respiraba con dificultad, el pecho subiéndole y bajándole como el de una bestia acorralada.
—Es mi hijo —dijo, con la voz quebrándose por primera vez—. Mi único hijo.
Alexander dio un paso hacia él, sin levantar las manos.
—Y sigue vivo —dijo—. Encontraremos una solución.
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Editado: 10.02.2026