Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 13

Sage observaba a los tres jóvenes frente a ella en un silencio tan denso que comenzaba a resultar incómodo. Sus dedos rodeaban la taza de té, aunque no bebía. Había demasiadas cosas que no encajaban. No entendía por qué Selene no les había dicho nada… ni por qué había dejado algo tan importante en manos de una desconocida como ella para resolverlo.

Finalmente, suspiró.

—Muy bien —dijo al fin, sirviéndose más té con un movimiento lento y deliberado—. Tenemos muchas cosas que resolver… y muy poco tiempo.

Braxton, recostado en la silla, intercambió una mirada con Chase y luego dejó escapar una risa breve.

—Entonces empieza —soltó, inclinándose aún más hacia atrás—. Llevas horas mirándonos sin decir nada. Empieza a ser un poco frustrante.

Sage inclinó la cabeza y rodó los ojos con teatral fastidio.

—Muy gracioso —murmuró—. Por eso no me gustan los niños.

Chase frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—No somos niños —la corrigió, con una mirada desprovista de humor.

Sage volvió a poner los ojos en blanco, esta vez sin disimulo.

—Créeme, muchacho —respondió—, lo son. Por su impaciencia, por su terquedad… y porque aún creen que todo tiene una explicación sencilla.

Diana, que hasta entonces había permanecido en silencio, se inclinó sobre la mesa. Su expresión era firme, en sus ojos ardía una pisca de desafío.

—No estamos aquí para perder el tiempo —dijo con calma—. Si mi madre confió en ti… es porque sabía que podrías ayudarnos. Y si no vas a hacerlo, dínoslo ahora.

El aire pareció tensarse.

Sage alzó la vista lentamente y la observó con atención renovada.

—Eres igual a tu madre —murmuró—. ¡molesta!

Diana no apartó la mirada.

—Solo quiero respuestas.

Sage dejó la taza sobre la mesa con un suave golpe.

—Y las tendrás —dijo, más seria—. Pero antes deben entender algo.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa.

—Lo que llevan dentro no es un don común. No es algo que puedan ignorar cuando les conviene. Es antiguo. Volátil. Y si no aprenden a escucharlo… los va a consumir.

Braxton dejó de balancear la silla. Chase tensó la mandíbula. Diana cerró los puños.

Sage los recorrió con la mirada uno por uno.

—Así que ahora —sentenció—, cierren la boca, dejen de creerse más listos de lo que son… y escuchen. Porque lo que voy a decirles puede salvarles la vida.

Sage extendió la mano con brusquedad, la palma abierta, expectante.

—Denme esos pendientes.

Braxton y Diana se miraron al instante. La duda cruzó entre ellos sin necesidad de palabras. Ambos llevaron la mano casi al mismo tiempo hacia la oreja, donde el frío de la obsidiana reposaba contra la piel como un latido ajeno.

—¿Para qué? —preguntó Braxton, entrecerrando los ojos.

Sage no suspiró, no explicó. Solo alzó una ceja, impaciente.

—Porque no tengo paciencia —respondió—. Y porque si quieren mi ayuda me los darán.

Diana apretó los labios. Durante un segundo pareció debatirse consigo misma, luego desenganchó el pendiente con cuidado, como si temiera que al soltarlo pudiera romperse.

Braxton la imitó, aunque de mala gana.

—Esto más vale que valga la pena —murmuró, dejándolo caer en la mano de Sage.

El contacto fue inmediato.

La obsidiana brilló con un destello oscuro. Sage cerró los dedos alrededor de las piezas, y por primera vez desde que los había visto, su expresión cambió por completo.

—Así que es verdad… —susurró.

Sage alzó la mirada hacia ellos. Su expresión había cambiado por completo: ya no había ironía ni burla, solo una gravedad casi reverente.

—Selene… —dijo despacio—, eras brillante. Mucho más de lo que incluso yo imaginaba.

Luego los observó a los tres, uno por uno.

—Y ustedes… tienen una suerte peligrosa.

Chase fue el primero en adelantarse, incapaz de quedarse quieto.

—¿Qué quieres decir con eso?

Sage apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Ustedes dos —dijo, señalando a Diana y a Chase— han reencarnado juntos a lo largo de miles de vidas. Siempre unidos. Siempre como hermanos. Ese vínculo no es casualidad..

Braxton contuvo la respiración. Diana sintió un nudo cerrársele en el pecho.

—Pero en esta vida —continuó Sage— ocurrió algo distinto mientras Selene estaba embarazada.

Su mirada se posó en Diana con una intensidad que la obligó a alzar el rostro.

—Tú fuiste maldecida en una vida pasada —dijo sin rodeos—. Una bruja milenaria decidió marcar tu mayor punto débil: el amor.

El silencio cayó como un golpe.




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