Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 14

Cuanto más escuchaba Leonard a Alexander, más se convencía de que todo aquello se había salido por completo de control. Cada palabra añadía peso a una verdad incómoda: el tiempo en que todo era sencillo, en que las reglas bastaban y las órdenes se obedecían, parecía cada vez más lejano… quizá irrecuperable.

—Alexander, basta —dijo al fin Leonard, alzando ambas manos—. Detente un momento.

Alexander no respondió de inmediato.

Apretó la jarra de café con tal fuerza que sus nudillos se tensaron. En su mente apareció Selene, como siempre que el mundo parecía resquebrajarse. Pensó en su voz, en su claridad, en cómo todo había empezado a torcerse el día que ella murió y se llevó consigo no solo las respuestas… sino también la certeza de que siempre habría una salida.

—Lo sé —murmuró al fin, sin mirar a su amigo—. Todo esto está mal. Pero tiene que haber una forma de arreglarlo.

Alzó apenas la vista, los ojos cansados, enrojecidos.

—Tiene que existir una manera en la que mis hijos puedan seguir con sus vidas… y en la que el tuyo no termine convirtiéndose en un monstruo.

Leonard sintió cómo algo se le apretaba en el pecho.

Aquella no era la voz del líder firme e implacable que había seguido durante años. Era la de un hombre desesperado. Y eso era nuevo. Incluso, quizás, aterrador.

Se acercó y apoyó una mano pesada sobre el hombro de Alexander, apretándolo con fuerza, como si intentara devolverlo al presente.

—No me preocupa Braxton —dijo con franqueza—. Sé que, de algún modo, saldrá adelante.

Soltó un resoplido cansado y negó con la cabeza.

—Y tampoco me preocupan tanto tus hijos… al menos no como me preocupas tú.

Alexander alzó el rostro, sorprendido. No esperaba eso.

Leonard sostuvo su mirada, serio, sin dureza, pero sin concesiones.

—Estás dejando que el miedo decida por ti —continuó—. Y así no eres tú.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran.

—Tus hijos, mi hijo… y todos los que formamos parte de la Orden no necesitamos a un padre preocupado.

Apretó un poco más su hombro.

—Necesitamos al líder.

Ambos hombres guardaron silencio. Alexander sabía que Leonard tenía razón… y también sabía que debía empezar a actuar como la Orden se lo exigía, aunque cada decisión le pesara como una traición personal.

Leonard se frotó los puños, exhalando con fuerza, como si sacudiera la tensión de su cuerpo.

—Muy bien —dijo al fin—. Entonces dime qué traseros hay que patear… y empecemos a poner orden en este pueblo embrujado.

Alexander no pudo evitar reír, una risa breve, cansada, pero auténtica. Hacía rato que no lo hacía.

—Esa es, sin duda, la forma correcta de referirse a este lugar —intervino una voz firme.

Ambos se giraron.

Cyrene estaba de pie frente a ellos. Vestía completamente de negro; la punta de sus botas apenas asomaba bajo la falda oscura. Su bastón descansaba firme contra el piso de madera, como una extensión natural de su cuerpo. El cabello gris lo llevaba recogido de manera impecable y su mirada, como siempre, era fría, calculadora… la mirada de alguien que había cazado brujas durante toda una vida y aún estaba lista para hacerlo otra vez.

—¿A qué te refieres, madre? —preguntó Alexander, volviéndose serio de inmediato.

Cyrene avanzó unos pasos hacia ellos.

—Brumavale es un pueblo embrujado —dijo sin rodeos—. O, en el peor de los casos… maldito.

Leonard y Alexander fruncieron el ceño al unísono.

—No se supone que esa bruma extraña aísla este pueblo —replicó Leonard, claramente confundido—. Que lo protege. Que impide que personas malvadas entren en él.

Cyrene alzó apenas el bastón y lo apoyó con un golpe seco en el suelo.

—Y, aun así —respondió— hay una bruja viviendo aquí. Y un wulver suelto en sus bosques.

Señaló a Leonard con el bastón, sin agresividad, pero con intención.

—Y tú —añadió— ni siquiera estabas buscando Brumavale… y aun así terminaste aquí.

Sus ojos se clavaron en los de ambos hombres.

—Díganme —preguntó con voz baja y afilada—, ¿por qué creen que el pueblo permitió su entrada?

El silencio que siguió fue inquietante.

Porque, de pronto, la idea de que Brumavale eligiera a quién dejar pasar dejó de parecer una simple superstición.

—Todo esto está lejos de terminar —murmuró Alexander, pasándose ambas manos por el rostro, agotado.

Cyrene no pareció inmutarse.

—Comencemos por lo simple —sugirió con calma.

Alexander la miró una vez más y asintió lentamente.

—Tienes razón. Empecemos por encontrar a Gideon.

Apretó los puños, la mandíbula tensa.

—Ese infeliz posadero huyó de la cabaña de Sage como una rata cobarde.




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