Lo primero que Cyrene percibió al empujar la puerta de la iglesia fue el olor rancio a polvo acumulado y cera derretida. Un aroma viejo, casi pegajoso, que parecía haberse quedado atrapado entre las paredes de piedra. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la penumbra del lugar, apenas iluminado por la luz temblorosa de un cirio encendido cerca del altar. A simple vista, la iglesia daba la impresión de llevar años abandonada, pero aquella llama solitaria delataba lo contrario.
—¿Por qué venimos aquí? —preguntó Thane, rompiendo el silencio mientras pateaba suavemente algo en el suelo—. Podríamos estar pateando traseros con Alexander y Leonard.
Rigel deslizó los dedos por el respaldo de una de las bancas. Cuando los retiró, una gruesa capa de polvo le cubría la yema de los dedos. Frunció el ceño.
—Si no fueras mujer —comentó con sequedad—, tu agresividad me resultaría perturbadora.
Thane arrugó la nariz, claramente disgustada.
—¿Qué quieres decir, Amell? —lo increpó—. ¿Estás insinuando que soy muy masculina?
Rigel se giró apenas para mirarla por encima del hombro, con una expresión tranquila, casi burlona.
—Claro que no. Solo digo que si fueras hombre… te tendría un poquito de miedo.
A Thane aquello no le sonó en absoluto como un cumplido.
—El valor y la fuerza siempre son atributos magníficos en una mujer —intervino Cyrene con naturalidad, sin apartar la vista de las paredes de la iglesia, marcadas por grietas y símbolos antiguos—. En la Orden, mujeres como tú se convierten en cazadoras de élite.
Thane giró la cabeza hacia Rigel, entrecerrando los ojos con una sonrisa triunfal.
—¿Escuchaste, Amell? Cazadora de élite —dijo, inflando ligeramente el pecho—. Ese es mi destino.
El joven cazador dejó escapar una risita baja y grave mientras avanzaba lentamente por la nave central, sus pasos resonando suavemente en el silencio de la iglesia. Se detuvo a unos metros del altar y alzó la voz con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
—Abuela… ¿qué estamos buscando exactamente?
Cyrene no respondió de inmediato. Estaba de pie frente al vitral principal, observándolo con una atención casi reverencial. La luz mortecina del exterior se filtraba a través del cristal de colores, proyectando sombras fragmentadas sobre el suelo.
—Buscamos al encargado —dijo al fin, sin apartar la mirada.
—¿Al sacerdote? —preguntó Rigel, acercándose un poco más.
—No necesariamente —respondió Cyrene con calma—. Puede ser cualquier persona.
Seguía absorta en el vitral. La escena representada aludía claramente a la fundación de Brumavale: figuras humanas rodeadas de símbolos antiguos, la bruma elevándose como un velo protector. Sin embargo, algo en aquella imagen multicolor le provocaba una punzada de incomodidad. Un detalle sutil, casi imperceptible, parecía fuera de lugar… como si el vidrio ocultara una verdad distinta a la que pretendía mostrar.
—¡Oigan! —llamó Thane desde el fondo—. Creo que encontré al encargado.
Cyrene y Rigel se giraron al mismo tiempo. Thane estaba de pie frente al confesionario, rígida, con una mano apoyada en la madera tallada. Ambos se acercaron con rapidez.
Cyrene arrugó el rostro apenas dio el primer paso dentro del estrecho pasillo. La sangre, ya oscura, manchaba el piso de piedra en pequeños charcos irregulares. No tardó en comprender la razón.
El cuerpo del sacerdote yacía inerte dentro del confesionario, encorvado de forma antinatural, como si hubiera intentado arrastrarse fuera… y no lo hubiera logrado.
—¡Maldición…! —murmuró Rigel, apartando la mirada con evidente asco ante la escena.
Cyrene dejó escapar un suspiro lento, cargado de cansancio más que de sorpresa.
—Cómo detesto estos pueblos —dijo con frialdad—. Siempre esconden su podredumbre en sus iglesias.
Thane los observó con el ceño fruncido, inquieta, bajando la voz casi por instinto.
—¿Y ahora qué hacemos?
La respuesta no llegó de inmediato.
Unos pasos suaves y ligeros resonaron de pronto en la nave, apenas un roce contra la piedra. Los tres se giraron al mismo tiempo, tensándose.
A mitad de la iglesia, recortada por la luz opaca que se filtraba desde el vitral, se encontraba una mujer. Tenía el rostro pálido y los ojos muy abiertos, el horror claramente estampado en sus facciones.
—¡Padre Bertrand! —exclamó, llevándose una mano a la boca mientras la canasta que sostenía temblaba ligeramente.
Cyrene no se movió. Entrecerró los ojos con atención, evaluándola. Reconocía a aquella mujer.
—Señora Ember —dijo con voz firme—, ¿qué hace usted aquí?
La mujer tragó saliva y alzó un poco la canasta que llevaba en la mano.
—Traía pan… para el padre Bertrand —respondió, con la voz quebrada—. Siempre le dejo algo cada dos días.
Cyrene giró la cabeza y observó el cuerpo del sacerdote una vez más. Luego bajó la mirada al suelo y empujó suavemente la sangre con la punta de su bota. Estaba completamente seca.
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Editado: 10.02.2026