El alcalde no dejaba de temblar. Ni siquiera cuando Alexander lo sentó frente a la chimenea encendida logró calmarse. El fuego crepitaba con suavidad, proyectando sombras danzantes sobre las paredes del estudio, pero el calor no parecía alcanzarlo. Su rostro estaba completamente desprovisto de color; la piel tirante, casi gris. Sus manos, heladas y húmedas, sudaban sin control mientras las frotaba una contra otra, incapaz de estarse quieto.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó Leonard desde el sillón del estudio, recostado con aparente despreocupación, aunque sus ojos no se apartaban del alcalde—. Dudo mucho que este hombre nos diga algo. Está completamente aterrado.
Alexander no respondió de inmediato. Observó una vez más al hombre encogido frente al fuego. No quería sentirlo… pero lo sentía. Lástima. Sabía que Roger no merecía consideración alguna; había mentido, encubierto, permitido que las cosas llegaran demasiado lejos. Y, aun así, verlo reducido a ese estado, abrazándose las piernas como un niño perdido, le revolvía algo en el pecho.
Suspiró en silencio y se agachó frente a él, bajando hasta quedar a su altura. Buscó su mirada. Al principio el alcalde no se atrevió a sostenerla; se balanceaba levemente, mordiéndose las uñas con desesperación, murmurando palabras incoherentes.
—Roger —dijo Alexander con voz calmada—. Necesito que me digas lo que sabes.
El alcalde alzó la vista apenas un segundo. Sus ojos estaban enrojecidos, vidriosos.
—Podemos ayudarte —continuó Alexander—, pero necesito que hables. No más rodeos. No más mentiras.
Roger negó con la cabeza una y otra vez, como si aquellas palabras fueran demasiado.
—Ust… ustedes no deberían estar aquí —balbuceó, con la voz rota—. No deberían haber venido nunca.
Un aire frío recorrió la habitación.
Alexander no se movió.
—¿Por qué? —preguntó finalmente, con suavidad—. ¿Qué es lo que hay en este pueblo, Roger?
El alcalde apretó los brazos alrededor de sus piernas con más fuerza. Sus labios temblaron antes de volver a hablar.
—Porque… —susurró— porque una vez que uno sabe… ya no hay forma de irse.
Alexander no apartó la mirada. Permaneció agachado frente a Roger, inmóvil, dándole el tiempo que necesitaba… o tal vez el que le quedaba.
—Respira —le indicó con voz baja—. Nadie va a hacerte daño si hablas. Pero si sigues callando, esto solo va a empeorar.
Roger negó de nuevo, con un sollozo ahogado escapándosele del pecho. El balanceo se volvió más rápido, más errático.
Leonard se incorporó del sillón con un suspiro impaciente y caminó un par de pasos hacia ellos.
—Escucha, alcalde —dijo, sin molestarse en suavizar el tono—. Ya vimos morir a un hombre frente a nosotros. Así que puedes decidir: o nos dices la verdad ahora… o sigues fingiendo que no pasa nada hasta que eso que anda suelto venga por ti.
Roger alzó la cabeza de golpe.
—¡No! —exclamó, casi gritando—. ¡No lo nombren!
Sus ojos recorrieron el estudio con desesperación, como si temiera que las paredes pudieran oírlo. Alexander frunció el ceño.
—Entonces habla —lo animo Alexander.
El alcalde tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un hilo.
—Brumavale… —susurró—. Brumavale no es lo que ustedes creen.
Alexander intercambió una mirada rápida con Leonard y volvió a centrarse en él.
—Explícate.
Roger tragó saliva con dificultad.
—Dicen… —comenzó, y se detuvo, como si las palabras pesaran demasiado—. Dicen que la bruma protege al pueblo. Que mantiene alejados a los malvados, a los monstruos, a la gente peligrosa del exterior.
Soltó una risa breve, rota, que no tenía nada de humor.
—Eso es mentira.
El fuego crepito.
—Entonces, ¿Qué pasa realmente? —preguntó Alexander con cautela.
Roger alzó la vista hacia él. Sus ojos estaban llenos de un miedo profundo.
—Nos mantiene aquí —dijo—. Atrapados.
Leonard entrecerró los ojos.
—Explícate mejor —exigió.
Roger se pasó una mano temblorosa por el rostro.
—Los viajeros no son comunes —continuó—. La gente cree que cualquiera con buenas intenciones puede llegar a Brumavale… pero no es cierto. El pueblo elige. Siempre lo ha hecho.
Alexander sintió un nudo formarse en su estómago.
—¿Elegir a quién entra? —preguntó.
Roger asintió, lentamente.
—Y cuando acepta a alguien… —su voz se quebró— ya no lo deja irse.
Leonard soltó una maldición en voz baja.
—¿Estás diciendo que nadie puede salir? —preguntó.
—Algunos lo intentan —respondió Roger—. Empacan, toman el camino, atraviesan la bruma… y vuelven a aparecer aquí.
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Editado: 10.02.2026