Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 17

—¿Te gusta? —preguntó Sage, colocándose a su lado. Braxton llevaba ya un buen rato examinando los dibujos que cubrían las paredes de la cabaña.

—Son mapas, ¿verdad? —murmuró él—. Mapas de Brumavale.

Sage lo observó con una curiosidad genuina antes de asentir.

—Lo son. Los hice yo… aunque, si soy sincera, aún no están terminados.

Braxton alzó la mano y dejó que sus dedos recorrieran las líneas azules trazadas sobre la pared, siguiendo su curso con cuidado.

—Son líneas ley.

Sage giró el rostro hacia él, sorprendida.

—¿Cómo sabes eso?

Braxton la miró de reojo.

—Mi madre me habló de ellas.

Aquella respuesta capturó de inmediato la atención de Sage. No era común que alguien ajeno a las tradiciones antiguas de las Guardianas conociera siquiera el nombre de las líneas ley.

—Mi madre y Selene eran muy buenas amigas —continuó Braxton, pasándose una mano por el cabello—. Aprendió muchas cosas de ella. En realidad… Selene le enseñó muchas cosas a la Orden.

Entonces Sage lo comprendió. Selene había compartido su conocimiento deliberadamente, quizá para hacer el trabajo de los cazadores menos peligroso… o quizá porque necesitaba que la Orden entendiera su mundo, para que algún día fueran capaces de comprender a sus hijos.

Sage alzó la mano y señaló varios puntos marcados en los mapas.

—¿Ves estos puntos? —dijo—. Se llaman nodos, o vórtices. Suelen coincidir con ruinas antiguas, cementerios… o lugares donde la energía se vuelve inestable. Puntos calientes.

Braxton frunció el ceño, estudiando el trazado con mayor atención.

—Es como un cuerpo… con venas.

Sage sonrió. Había algo en la forma en que aquel joven observaba el mundo que le resultaba profundamente interesante.

—Exacto. Es una red energética que recorre el mundo entero.

Braxton siguió las líneas con la mirada, absorto.

—El pulso —murmuró al fin—. Eso fue lo que dijiste que las Guardianas protegen. El pulso del mundo.

Sage lo miró con una mezcla de aprobación y cautela.

—Sí —respondió—. Y cuando ese pulso se altera… todo lo demás comienza a fallar.

Braxton se giró por completo. Sus ojos —esa extraña y cautivadora mezcla de azul y oro— se clavaron en los de Sage con una intensidad que la atravesó sin esfuerzo.

—Los vas a ayudar, ¿verdad? —preguntó—. ¿Ellos van a estar bien?

La súplica silenciosa en la mirada del joven hizo que el corazón de Sage diera un vuelco. No era una pregunta ingenua ni desesperada; era la de alguien que ya había aceptado las consecuencias, pero necesitaba saber si el sacrificio valdría la pena.

Sage sostuvo su mirada unos segundos más, evaluándolo con una seriedad distinta a la de antes.

—Dime algo primero —respondió con suavidad, pero sin rodeos—. ¿Estás dispuesto a convertirte en su punto de equilibrio… aun sabiendo las consecuencias que eso podría tener para ti?

Braxton bajó el rostro. Sus manos se cerraron en puños, los nudillos blanqueándose por la tensión. Durante un instante pareció debatirse consigo mismo, como si una parte de él comprendiera demasiado bien el precio que estaba a punto de pagar.

—No importa —gruñó al fin, con la voz cargada de una determinación áspera—. Haría cualquier cosa por ellos.

Sage exhaló lentamente, como si necesitara tomar distancia antes de pronunciar las palabras.

—¿Los amas tanto como para…?

—¡No es eso! —gritó Braxton de pronto. Su voz quebró el aire entre ambos. El endurecimiento de su rostro fue inmediato, una coraza levantada por instinto, pero duró apenas un segundo antes de desmoronarse. Sus facciones se suavizaron y bajó la mirada—. Yo… solo quiero que estén bien.

Fue en ese instante cuando Sage lo comprendió del todo.

Braxton no tenía un alma hecha para imponerse ni para sobrevivir a costa de otros. Tenía el tipo de alma que sostiene, que mantiene unidos a los demás incluso cuando empieza a resquebrajarse por dentro. Su sacrificio nunca nacía del deseo de morir, sino del amor. De ese amor silencioso y peligroso que no exige nada a cambio.

Y eso fue lo que le heló el pecho.

Porque la belleza de su alma y la forma en que amaba implicaban una verdad inquietante: Braxton no sabía ponerse límites. Siempre pondría a otros por encima de sí mismo, incluso si eso significaba desdibujarse poco a poco… desaparecer sin que nadie lo notara.

—Deberías estar preocupado por ti —lo regañó Sage, con un tono más duro del que pretendía—. Mañana es luna llena. Será tu primera transformación.

Braxton alzó la cabeza, y sus ojos no mostraron miedo.

—No me importa.

El ceño de Sage se frunció al instante, la paciencia rompiéndose como una cuerda demasiado tensa.

—¡No digas tonterías! —le gritó—. Mañana, cuando la luna esté en su punto más alto, te atravesará un dolor irracional. Todos tus huesos se fracturarán para moldearse en una nueva forma. Sufrirás tanto que desearás morir.




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