Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 18

El viento sopló con más fuerza entre los árboles, colándose entre las lápidas. El sonido parecía arrastrarse por el cementerio, rozando la piedra y la tierra removida, como si algo invisible respirara demasiado cerca. Lily se envolvió aún más en su abrigo, hundiendo el rostro en la bufanda, no tanto para protegerse del frío como para crear una barrera frágil contra esa sensación opresiva que no lograba sacudirse.

Sus ojos recorrieron el lugar con inquietud: cruces torcidas que se inclinaban, piedras cubiertas de escarcha, nombres medio borrados por el tiempo. Las sombras se estiraban entre las tumbas, deformándose con cada ráfaga de viento, y por momentos Lily tuvo la perturbadora impresión de que se movían solas, deslizándose cuando ella apartaba la mirada.

Su corazón latía con demasiada fuerza, desacompasado, golpeándole el pecho con insistencia. Había algo en el aire, una presión constante, casi física, como un peso invisible sobre los hombros.

—¿Por qué estamos aquí otra vez? —preguntó al fin, rompiendo el silencio.

Su voz salió más baja de lo que pretendía, absorbida por la noche. El sonido pareció perderse entre las lápidas antes de llegar a Jasper.

Él caminaba unos pasos por delante. No se detuvo de inmediato, pero Lily notó el leve cambio en su postura, la tensión que le recorrió los hombros apenas la escuchó.

—La última vez que estuviste aquí, un wulver los atacó —agrego Lily finalmente.

Jasper se detuvo frente a las tumbas saqueadas… o lo que quedaba de ellas.

Lily sintió un escalofrío recorrerle la espalda, lento y desagradable, como si algo le hubiera pasado los dedos por la nuca.

—No te preocupes —añadió Jasper, intentando suavizar el ambiente—. No entraremos al bosque.

Ella frunció los labios y desvió la mirada, claramente insatisfecha. Hizo un pequeño mohín.

—Jasper, no me refiero a eso —replicó—. Nadie sabe que estamos aquí.

Eso sí hizo que él se girara.

Sus miradas se encontraron, y durante un segundo Lily supo que había dado en el punto exacto. Jasper entendía perfectamente a qué se refería. No era solo el peligro que acechaba en el bosque. Era la certeza de que, si algo salía mal, no habría nadie para ayudarlos.

El viento volvió a soplar, más fuerte esta vez, arrancando un crujido áspero a las ramas lejanas y haciendo vibrar las flores marchitas que alguien había dejado sobre una tumba.

Jasper suspiró y alzó las manos en un gesto conciliador.

—Te prometo que seré rápido.

Lily no respondió de inmediato.

Observó las tumbas saqueadas una vez más: la tierra profanada, removida con violencia; las lápidas torcidas; la forma en que la noche parecía cerrarse sobre ellos como una boca hambrienta, expectante.

Antes de que Lily pudiera detenerlo, Jasper se lanzó dentro de una de las tumbas vacías.

—Jasper… —susurró ella, sobresaltada.

Cayó de rodillas sobre la tierra fría. El olor a humedad y muerte vieja le llenó los pulmones. Quería intentar algo. Necesitaba hacerlo. La última vez, su hermana había tocado aquel brazo que emergía del suelo y había visto cómo los cuerpos se alzaban de sus tumbas, despertados por algo antinatural. Si su don reaccionaba al contacto… tal vez el suyo también podía hacerlo.

Estiró las manos y comenzó a tocar la tierra con cautela, dejando que sus dedos se hundieran en el barro helado. Recorrió los bordes irregulares de la fosa, rozó la madera astillada del ataúd roto, las astillas clavándosele en la piel. Esperó.

Nada.

No hubo imágenes, ni esa presión detrás de los ojos que solía anunciar una visión.

—Jasper… —lo llamó Lily otra vez, en voz baja, temblorosa, como si temiera que alguien —o algo— pudiera oírla—. Por favor… vámonos de aquí.

Él levantó el rostro para mirarla, dispuesto a decirle que no había encontrado nada. Pero sus palabras nunca llegaron.

Su mirada se perdió más allá de Lily.

Sus ojos se clavaron en el cielo oscuro… y entonces pasó.

El mundo pareció inclinarse. El sonido del viento se apagó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. La noche se volvió demasiado quieta.

Jasper dejó de respirar.

La visión lo golpeó sin aviso.

Vio a Enzo.

No como lo había visto hacía unas horas, vivo, inquieto, con esa sonrisa ladeada que usaba para ocultar el aburrimiento y la curiosidad. Lo vio correr, jadeando, tropezando entre los árboles del bosque. La oscuridad lo devoraba a cada paso, las ramas rasgándole la ropa, la piel. El miedo era palpable, le quemaba el pecho incluso a Jasper.

—No… —susurró sin darse cuenta.

En la visión, Enzo giraba la cabeza una y otra vez, como si escuchara algo demasiado cerca. Sus ojos estaban desorbitados, brillantes de pánico. Cayó de rodillas, resbalando sobre la hojarasca cubierta de nieve. Intentó levantarse.

No lo logró.

Una sombra se alzó detrás de él.




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