Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 19

Una pequeña flama brotó del encendedor de Chase. La dejó apagarse y volvió a encenderla. Una vez. Dos. Tres. El chasquido metálico se repetía en la habitación en penumbra, casi hipnótico, como si necesitara ese sonido para mantener a raya sus pensamientos.

Tras varios intentos, cerró el encendedor y alzó la vista.

Diana dormía sentada a la orilla de la cama donde Braxton descansaba. Su espalda estaba ligeramente encorvada, el mentón apoyado contra el pecho, una mano aún aferrada a la sábana como si temiera que, al soltarla, algo pudiera arrebatárselo. Chase esbozó una sonrisa breve y melancólica. Nunca antes había visto a su hermana permitirse una preocupación tan abierta, tan genuina… y menos por Braxton.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Sage con suavidad.

Chase se sobresaltó apenas. Ella se acercó y le extendió una taza humeante. Té caliente. Él la aceptó sin protestar, observó el líquido amarillento durante un segundo antes de probarlo. El sabor era agradable, reconfortante, y algo en su pecho pareció aflojarse.

—¿Va a estar bien? —preguntó en voz baja.

Sage giró la cabeza hacia la cama. Braxton dormía tranquilo, el rostro relajado, ajeno al peso que ahora cargaba incluso inconsciente.

—Creo que sí —respondió finalmente. Se sentó a su lado—. Ahora es una especie de nodo energético para ustedes dos.

Chase frunció el ceño, atento.

—Si quieren que él esté bien —continuó—, deben mantenerse equilibrados. No abusar de su don. Y cuando lo usen, procuren estar juntos. Eso reduce el riesgo de que la energía se desborde… o de que el Pulso lo consuma más rápido de lo debido.

Chase bajó la mirada hacia la taza, girándola lentamente entre sus manos.

—¿Seguirá siendo el mismo? —preguntó.

Sage lo miró con atención antes de responder.

—Sí —dijo—. Pero se cansará más. Su cuerpo aún está adaptándose. Y además… —hizo una breve pausa— está a punto de enfrentar su primera transformación como wulver. Es importante observar cómo reacciona.

Chase alzó la vista, y en sus ojos había tristeza… y culpa.

—Es mi culpa que casi muriera —dijo al fin—. Esa cosa iba por mí. Él se interpuso.

Sage inclinó la cabeza, pensativa.

—He estado reflexionando sobre eso —admitió—. Es extraño que un wulver estuviera en estos bosques.

Chase frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Sage dio un sorbo a su té antes de responder.

—La bruma protege este pueblo. No de forma absoluta, pero sí lo suficiente como para desviar a criaturas sobrenaturales… y a personas con malas intenciones.

Chase sintió un escalofrío.

—Entonces…

—Creo que ese wulver —continuó Sage— y la bruja ya estaban aquí desde antes.

La forma en que lo dijo, tranquila pero cargada de gravedad, le heló la sangre.

—Eso me preocupa —añadió—. Mucho.

—¿Por qué? —preguntó Chase.

Sage lo miró directamente.

—Porque es posible que no sea el único wulver.

Chase apretó la mandíbula.

—¿Y qué me atacara a mí…?

—Es comprensible —respondió ella—. Un wulver siempre busca al objetivo con mayor poder para fortalecer a su manada. Es instinto. Es lógico que intentara atacarte.

Chase dejó escapar una risa breve, sin humor.

—Genial.

El silencio volvió a instalarse, hasta que Chase habló de nuevo, esta vez con otra inquietud rondándole la mente.

—Sage… —dijo—. ¿Cómo llegaste a Brumavale?

Ella no respondió enseguida. Miró hacia la ventana, donde la bruma se arremolinaba con lentitud.

—No fue fácil —dijo finalmente—. Vagué durante mucho tiempo por el sendero. Caminé sin saber si llegaría a algún sitio… o si el camino simplemente me tragaría.

Chase escuchaba sin parpadear.

—La bruma no acepta a cualquiera —continuó—. Solo cuando decide que estas bien… te deja llegar.

—¿Y el pueblo? —preguntó él—. ¿Alguna vez vas allí?

Sage negó.

—No. Desde que llegué levanté una barrera de energía. Nadie del pueblo puede pasar a este lugar a menos que yo lo permita.

Chase alzó las cejas.

—Entonces nosotros…

—Están aquí porque yo lo permito —dijo con calma—. De lo contrario, la barrera ya los habría expulsado.

La idea lo inquietó más de lo que quiso admitir.

—¿Alguna vez saliste de Brumavale? —preguntó.

Sage negó de nuevo, sin rastro de duda.

—No. Mi misión siempre ha sido proteger el Pulso. Y después de haber llegado… nunca intenté salir.

Sage se llevó una mano a la barbilla y la acarició con lentitud, un gesto que delataba que su mente iba varios pasos más adelante de la conversación. Sus ojos, fijos en un punto indeterminado, parecían atravesar las paredes de la habitación.




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