Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 20

La nieve crujía bajo sus botas mientras avanzaban entre los árboles, siguiendo el sonido de los aullidos que ahora se escuchaban demasiado cerca. El aire estaba cargado de ese olor metálico y animal que los Cazadores de leyendas conocían bien.

Braxton lo sentía con una claridad aterradora.

Cada aullido era una punzada directa al pecho, un tirón que lo desorientaba, como si su cuerpo quisiera girar en otra dirección distinta a la de sus pasos. Apretó los dientes, concentrándose en el peso del arco entre sus manos, en la respiración, en la presencia firme de Diana a su izquierda y Chase a su derecha.

—Ahí —susurró Sage de pronto, alzando el puño.

Se detuvieron al borde de un claro.

Cinco wulvers rodeaban a un muchacho que no debía tener más de quince o dieciséis años. Estaba de rodillas en la nieve, una mano presionando su costado ensangrentado, el rostro pálido y desencajado por el terror. Sus ojos se movían de una criatura a otra, buscando una salida que no existía.

Los wulvers avanzaban en círculos lentos, disfrutando el miedo. Sus cuerpos eran grandes, deformados, demasiado largos para ser lobos y demasiado bestiales para ser humanos. Los colmillos brillaban al reflejar la escasa luz que se filtraba entre las ramas.

—No tenemos tiempo —murmuró Diana, tensando el arma.

Braxton no esperó la orden.

La primera flecha silbó en el aire y se clavó en el hombro de uno de los wulvers, que rugió de dolor.

—¡Ahora! —gritó Chase.

Diana se lanzó al frente, moviéndose entre los árboles como si el bosque fuera una extensión de su propio cuerpo. Chase avanzó a su lado, el calor creciendo bajo su piel, los puños cerrados mientras esquivaba una embestida que habría destrozado a cualquier humano.

Braxton disparaba sin pensar, guiado por algo más profundo que la vista. Sabía dónde iban a estar. Sentía sus movimientos antes de que ocurrieran. Cada flecha encontraba carne, pero también sentía el tirón de la manada, el impulso salvaje que lo invitaba a unirse.

Uno de los wulvers se separó del grupo con un salto y cayó frente a Diana. Ella logró esquivarlo por poco, pero resbaló sobre la nieve manchada de sangre. El wulver se abalanzó sobre ella, las garras levantadas.

—¡Diana! —gritó Braxton.

No llegó a tiempo.

Una figura apareció entre ellos de pronto.

Rigel.

El impacto fue violento. Rigel se interpuso justo cuando las garras descendían, clavando su arma en el costado de la criatura y empujándola lejos con un gruñido furioso. El wulver chilló antes de retroceder, herido.

Diana alzó la vista, sorprendida, respirando con dificultad.

—¿Tú…? —murmuró.

Rigel la sostuvo de la muñeca un segundo más de lo necesario, ayudándola a incorporarse. Sus miradas se encontraron, cargadas de demasiadas cosas no dichas.

—No te distraigas —dijo él, con la voz tensa—. Sigues teniendo pésimo ritmo.

—Sigues siendo un presumido —respondió Diana, pero no retiró la mano de inmediato.

El momento se rompió cuando otro wulver atacó por el flanco.

Rigel se giró sin pensarlo, cubriéndola. Diana reaccionó al mismo tiempo. Lucharon espalda con espalda, como si el cuerpo recordara lo que la mente aún se negaba a aceptar.

Mientras tanto, el bosque volvió a llenarse de sonidos.

—¡Enzo! —gritó Jasper desde el borde del claro.

Alexander y Leonard irrumpieron entre los árboles como una fuerza imparable. Leonard disparaba con una precisión casi automática, mientras Alexander avanzaba directo hacia el muchacho, ignorando el peligro.

—¡Cúbranme! —ordenó.

Jasper corrió junto a su padre, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. La respiración le salía entrecortada, no solo por el esfuerzo, sino por la presión insoportable que sentía en el aire.

Un wulver se lanzó contra ellos con un gruñido.

Jasper reaccionó por instinto.

Alzó la mano y, durante una fracción de segundo, el aire a su alrededor pareció volverse denso, casi visible. El frío se concentró en sus dedos, mordiéndole la piel, y cuando cerró el puño y lo lanzó hacia adelante, fragmentos afilados de hielo salieron despedidos con violencia, incrustándose en el pecho y el cuello de la criatura.

El wulver aulló, trastabilló y cayó pesadamente sobre la nieve.

Alexander se quedó paralizado apenas un instante.

Había visto muchas cosas a lo largo de los años, demasiadas. Pero aquello… aquello era otra clase de poder que el no comprendía. Pero no había tiempo para interpretarlo.

Ambos avanzaron los últimos metros hasta Enzo y se arrodillaron junto a él. El muchacho yacía sobre la nieve, el cuerpo torcido de forma antinatural, el rostro pálido, cubierto de sudor frío y sangre seca.

Jasper apoyó dos dedos en su cuello, conteniendo la respiración.

—Está vivo —dijo con urgencia, la voz temblándole—. Apenas… pero está vivo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.