Braxton cerró los ojos y alzó el rostro, dejando que el frío le golpeara de lleno. El aire helado le mordía la piel, pero no era suficiente. Quería congelar los pensamientos. Silenciar el ruido en su pecho. Si podía, apagar también las emociones que lo estaban desbordando.
La nieve crujió detrás de él.
—Deja de caminar de puntillas —soltó, sin abrir los ojos, con evidente mal humor—. Sé que eres tú, Diana.
Ella se detuvo en seco.
—¿Cómo sabrías que soy yo? —preguntó, frunciendo el ceño.
Braxton abrió los ojos y se giró despacio. La miró como si no supiera si acercarse o alejarse de ella.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Solo lo sé.
Diana dio un par de pasos más, hasta quedar frente a él. El vapor de sus respiraciones se mezcló en el aire frío. Ninguno habló durante unos segundos.
—No deberías haber salido solo —dijo ella al fin.
Braxton dejó escapar una risa breve, amarga.
—Necesitaba pensar… aunque eso ahora es casi imposible.
Diana lo observó con atención. Sus hombros estaban tensos, la mandíbula apretada, los ojos demasiado brillantes para ser solo enojo.
—¿Por Rigel? —preguntó con cuidado.
Braxton apretó los dientes.
—Por todo —respondió—. Por él. Por ti. Por mí. Por lo que siento… y por lo que ya no sé si es mío.
Ella no retrocedió.
—Braxton…
—No —la interrumpió, alzando una mano—. Déjame decirlo antes de que me arrepienta.
Inspiró hondo, como si cada palabra luchara por salir.
—Me duele, Diana —confesó—. Me duele verte mirarlo. Me duele saber lo que hubo entre ustedes. Me duele no poder odiarlo como quisiera porque es mi compañero y porque es bueno.
Bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla, había algo crudo en su expresión.
—Y ahora, para empeorarlo todo… siento cosas que no me pertenecen del todo.
Diana contuvo la respiración.
—¿A qué te refieres?
—A esto —se tocó el pecho con fuerza—. A esta confusión. A emociones que aparecen de golpe, que no encajan, que no sé de dónde vienen. Siento lo que tú sientes. Siento lo que Chase siente. Y a veces… —tragó saliva— a veces no sé distinguir dónde termino yo y dónde empiezan ustedes.
El silencio que siguió fue profundo.
—Me asusta —admitió—. Porque si no sé qué es mío… ¿cómo se supone que los pueda ayudar?
Diana dio un paso hacia él. Luego otro. Hasta quedar tan cerca que Braxton tuvo que contener el impulso de retroceder.
—Mírame —le pidió.
Él lo hizo.
—Eso que sientes no te hace débil —dijo ella con firmeza—. Te hace valiente.
Braxton negó despacio.
—No me siento valiente.
Diana alzó la mano y dudó apenas un segundo antes de apoyarla sobre su pecho. El contacto fue suave, deliberado.
Braxton se tensó al instante.
—Déjame ayudarte —susurró ella—. Solo un poco.
—¿Cómo? —preguntó él, con la voz quebrada.
—Confía en mí.
Diana le acarició la mejilla con suavidad, como si temiera que un movimiento brusco pudiera asustarlo. Braxton cerró los ojos, aferrándose a ese contacto, obligándose a concentrar su mente en la sensación tibia de su piel contra la suya, en ese gesto simple que, aun así, lo sostenía.
Por un instante, todo lo demás se desdibujó.
Entonces lo sintió.
Los labios de Diana se posaron sobre los suyos, cálidos, suaves, inseguros al principio, como si ella también estuviera conteniendo el aliento. Braxton inhaló bruscamente, sorprendido, y antes de poder pensarlo siquiera, sus manos se deslizaron hasta la cintura de Diana y la sujetaron con cuidado… y luego con necesidad.
Se aferró a ella.
No como quien toma algo que le pertenece, sino como quien teme perderlo.
El beso se profundizó apenas, lo suficiente para que Braxton sintiera cómo el nudo en su pecho cedía un poco más. No desaparecía, pero dolía menos. Sus pensamientos dejaron de chocar entre sí. Sus emociones, parecían alinearse en una sola dirección.
Hacia ella.
Apoyó la frente contra la suya un segundo, sin separarse del todo, y en silencio —con una súplica muda, casi infantil— rezó para que ese instante no terminara nunca. Para que ese beso, sencillo y verdadero, pudiera durar más allá del frío, más allá del miedo, más allá de todo lo que los esperaba.
Porque en ese momento, con Diana entre sus brazos, Braxton supo que no estaba solo. Y eso, por sí solo, ya lo cambiaba todo.
—Diana… —murmuró—. Esto no cambia lo que siento.
Ella abrió los ojos.
—Lo sé —respondió—. Yo tampoco quiero que lo haga.
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Editado: 10.02.2026