Los primeros rayos de sol se filtraron por las ventanas de la cabaña, tiñendo la madera de un tono pálido y dorado. La luz avanzó despacio, como si también ella dudara en entrar del todo, y fue suficiente para arrancar al grupo del letargo inquieto en el que habían pasado la noche.
Alexander seguía de pie frente a la ventana.
No se había movido de allí en horas. Con los brazos cruzados y la espalda recta, había vigilado la línea del bosque como si esperara ver surgir algo entre los árboles en cualquier momento. Sage le había asegurado que la barrera mantendría a los wulver lejos, pero él sabía —por experiencia, por instinto— que ningún método era infalible. Si la guardiana lo supiera con total certeza, no habría llevado a Enzo al sótano.
Así que, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, Alexander no había bajado la guardia ni un segundo.
Al ver cómo el sol terminaba de alzarse, se giró hacia los demás.
—¡Despierten! —exclamó con voz firme—. Ya salió el sol. Nos vamos.
El llamado fue suficiente.
Uno a uno comenzó a incorporarse. Cuerpos rígidos, músculos doloridos, miradas cansadas. Algunos habían dormido en el suelo, otros sentados contra la pared, otros apenas habían logrado cerrar los ojos unos minutos. En realidad, nadie había descansado de verdad. Todos habían permanecido alertas.
Por eso, ahuyentar el sueño no les resultó difícil.
Chase se frotó el rostro y se puso de pie de inmediato. Diana estiró los hombros con una mueca de cansancio, buscando instintivamente con la mirada a Braxton. Rigel se levantó junto a Leonard, comprobando primero que Diana estuviera bien.
La noche había sido larga.
Jasper apareció desde el pasillo que conducía al sótano, avanzando con cuidado. Enzo iba apoyado en él, un brazo pasado por encima de sus hombros, el rostro pálido pero consciente. Cada paso parecía costarle, pero se mantenía en pie por pura voluntad. Detrás de ellos caminaba Sage, serena, observándolo todo con la misma atención silenciosa de la noche anterior.
Alexander fue el primero en reaccionar al verlos.
—Enzo —dijo, acercándose de inmediato—. ¿Estás bien?
El muchacho levantó la cabeza y forzó una sonrisa cansada.
—Sí… —respondió con voz baja pero firme—. Me duele todo, pero estoy bien. De verdad.
Hizo una pausa, mirándolos uno por uno.
—Gracias… por ayudarme. Si no hubieran llegado…
No terminó la frase. No hizo falta.
Alexander apoyó una mano en su hombro, con un gesto breve pero cargado de alivio.
—Lo importante es que sigues con vida —dijo—. Eso es suficiente.
Sage se adelantó entonces, dejando que Jasper ayudara a Enzo a sentarse con cuidado. Sus pasos la llevaron directo hacia Braxton, que se mantenía cerca de Diana y Chase, más callado de lo habitual. La guardiana lo observó un instante largo, como si evaluara algo más allá de lo visible.
Sin decir palabra, sacó un pergamino enrollado de entre los pliegues de su abrigo y se lo tendió.
Braxton lo tomó con ambas manos, sorprendido.
—Aquí está —dijo Sage—. El método completo para eliminar la maldición del wulver. No es un ritual sencillo, y no debe hacerse antes de tiempo.
Braxton alzó la mirada.
—¿Antes de tiempo?
—Debes esperar tres lunas —explicó ella con seriedad—. Tres lunas llenas completas. Antes de eso, tu cuerpo y tu espíritu no resistirían el proceso. Si lo intentas antes… no sobrevivirías.
El peso de sus palabras cayó como una losa.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Chase, tenso.
—Resistir —respondió Sage sin rodeos—. Aprender a escuchar el llamado sin dejar que te domine.
Luego se giró hacia Diana. De una pequeña bolsa sacó dos botellas de vidrio oscuro, selladas con cera.
—Esto es para ti —dijo, entregándoselas—. Es una mezcla sedante.
La miró con firmeza.
—Si durante una transformación Braxton pierde el control, bastará con darle una pequeña cantidad. Dormirá toda la noche de luna llena.
Diana apretó las botellas contra su pecho, con cuidado.
—¿Cuánta es “una pequeña cantidad”? —preguntó.
—Muy poca —advirtió Sage—. Úsenlo solo si es absolutamente necesario. No debe convertirse en una costumbre. Dormir no es lo mismo que dominar al monstruo.
Braxton tragó saliva, cerrando los dedos alrededor del pergamino.
—Gracias —dijo al fin—. Por esto… por todo.
Sage asintió apenas.
—No lo hice solo por ustedes —respondió—. Lo hice por Selene.
La guardiana suspiró, dejando caer los hombros como si, por un instante, el cansancio de siglos se hubiera asentado sobre ella. Volvió a mirar a Braxton, con una severidad que no ocultaba del todo la preocupación.
—Por favor —añadió—, deja de hacer tonterías.
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Editado: 10.02.2026