—Siéntate en esa silla —le ordenó Diana a Rigel, mientras se movía por la cocina.
Abrió cajones, apartó utensilios, reunió paños limpios y un cuenco con agua. Luego rebuscó en el morral de su abuela hasta dar con vendas y ungüentos. Colocó todo sobre la mesa con cuidado. Se apoyó en la madera unos segundos, cerró los ojos y respiró hondo, intentando aquietar el temblor que le recorría el cuerpo.
Rigel se quitó el abrigo despacio y la observó en silencio. Se preguntó si el corazón de Diana latía tan fuerte y desbocado como el suyo, si ella también sentía esa presión incómoda en el pecho que no tenía nada que ver con la herida.
—Quítate la camisa —dijo Diana al girarse hacia él.
Rigel obedeció sin protestar. En cuanto la tela dejó al descubierto el corte, Diana dejó escapar un suspiro involuntario. Mojó los paños y se inclinó hacia él, limpiando con cuidado la sangre seca y la que aún brotaba. Rigel apretó la mandíbula, conteniendo el dolor sin emitir sonido alguno.
—Qué suerte… —murmuró Diana, aliviada—. No es profunda.
Tomó el ungüento y comenzó a aplicarlo con manos cuidadosas, para luego envolver la herida con las vendas. Sin embargo, sus dedos temblaban. No sabía si era el miedo de verlo herido… o los nervios que le provocaba sentir su piel caliente bajo sus manos.
Fuera lo que fuera, Rigel lo notó.
Sin decir nada, tomó una de sus manos y la atrajo hacia él. Con un gesto firme pero suave, la sentó sobre sus piernas. Pasó la otra mano por detrás de su nuca y la acercó hasta que sus frentes se tocaron.
Ambos respiraban con dificultad. Ambos temblaban por la cercanía. Y ambos sentían el mismo dolor silencioso, porque la decisión de separarse seguía ahí, abierta, sin cicatrizar.
—Rigel… —susurró Diana, con la voz quebrada.
—No digas nada —la interrumpió él—. Lo sé. Sé que te dije que fueras tras Braxton. No te voy a besar.
El silencio que siguió fue tan intenso como una confesión. Sus respiraciones se mezclaron.
—Solo… quédate así —pidió Rigel en voz baja—. Un segundo más.
Diana alzó la mano y le acarició la mejilla con una ternura que dolía.
—Duele —susurró ella.
—Lo sé —respondió Rigel, cerrando los ojos.
Y, por un instante más, se permitieron permanecer allí, suspendidos en ese dolor compartido que ninguno de los dos estaba listo para soltar.
Unos pasos en el pasillo los alertaron. Ambos se separaron lentamente. Se miraron una última vez, sin decir nada. Los dedos de Diana se deslizaron con suavidad fuera de la mano de Rigel, y cuando Cyrene cruzó el umbral de la cocina, ya se habían soltado.
Pero el sentimiento seguía ahí. Vivo. Doloroso.
Diana se giró hacia su abuela. Sus ojos brillaban, llenos de lágrimas que se negaban a caer, sostenidas únicamente por su terquedad. Cyrene lo comprendió al instante. Asintió con un gesto leve, dándole permiso para retirarse, y antes de que Diana se marchara, alzó la mano y le acarició la mejilla con ternura, como si intentara envolverla en un consuelo silencioso.
Diana respiró hondo una última vez… y se fue.
—Muy bien —dijo Cyrene cuando quedaron solos—. Terminaré de vendar eso.
Rigel permaneció en silencio, con la mirada fija en el piso, mientras ella ajustaba los vendajes con manos expertas.
—Nacemos para amar —murmuró Cyrene de pronto—, vivimos para amar… y moriremos para amar aún más.
Rigel alzó la vista, sorprendido por la suavidad de aquellas palabras.
—Amarla duele —admitió, con la voz cargada de tristeza.
Cyrene asintió despacio.
—No puedo decirte que lo entiendo del todo —respondió—, porque no viví un amor como el de ustedes. Anders y yo tuvimos obstáculos, no, grandes obstáculos… y gracias al cielo por eso. No sé si habría tenido la fortaleza que ustedes demuestran.
Rigel negó con la cabeza.
—No somos fuertes —aclaró—. Solo… seguimos adelante.
Cyrene se detuvo y lo miró fijamente, con una calma que imponía respeto.
—El amor perfecto no es aquel que no tiene defectos —dijo—, sino el que se construye a partir de la aceptación y el respeto.
Ajustó el último vendaje y sostuvo su mirada.
—Y ustedes dos —añadió— tienen ambas cosas.
Rigel no respondió. Pero algo en su expresión se suavizó, como si esas palabras hubieran encontrado un lugar donde quedarse.
Cyrene terminó el vendaje con cuidado y dio un paso atrás para observar su trabajo.
—Debería bastar —dijo—. La herida cerrará bien si descansas y no haces ninguna estupidez… cosa que, con ustedes, nunca es garantía.
Rigel esbozó una sonrisa cansada.
—Haré lo posible —respondió.
Cyrene comenzó a recoger los paños manchados de sangre, lavándolos en un cuenco con agua caliente. Durante unos segundos no dijo nada, hasta que habló de nuevo, sin mirarlo directamente.
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Editado: 10.02.2026