—¿Qué haremos ahora, Alexander? —preguntó Leonard, tamborileando los dedos sobre la barra con un ritmo nervioso—. Esta gente está perdiendo la cabeza.
Alexander se frotó la barbilla con lentitud, arrastrando el cansancio acumulado. Su mirada recorrió la posada como si estuviera armando un mapa invisible de amenazas: Enzo dormía frente a la chimenea, el espejo descansaba recostado contra la pared, silencioso y ominoso; y sus cazadores… todos mostraban signos de agotamiento, heridas recientes, tensión. Ninguno estaba en condiciones ideales para lo que venía.
—Me temo que las cosas están a punto de empeorar aún más —dijo al fin, con voz grave.
El sonido seco del bastón de Cyrene golpeando el suelo llamo su atención.
Dos golpes precisos. Deliberados.
—Esa mujer dijo que volvería con el alcalde —anunció.
Alexander y Leonard se miraron, desconcertados.
—¿Qué mujer? —preguntó Alexander, girándose hacia ella.
Cyrene esbozó una sonrisa pequeña, cargada de una satisfacción sombría.
—La bruja.
El efecto fue inmediato.
Alexander dejó caer el puño sobre la mesa con un golpe sordo. Leonard se pasó la mano por la cabeza, incrédulo, y todos de los demas alzaron la vista de golpe.
—¿Qué? ¿Cómo? —interrumpió Thane, acercándose—. Abuela Cyrene… ¿en qué momento la descubriste?
Cyrene mantuvo la calma.
—En la iglesia.
—¿En la iglesia? —repitió Rigel, frunciendo el ceño—. Abuela, nosotros estuvimos contigo todo el tiempo y no vimos a nadie sospechoso…
Se detuvo a mitad de la frase.
Algo encajó.
Rigel levantó la mirada lentamente hacia Cyrene.
—¿La mujer…?
Ella asintió.
—¿Qué mujer? —Thane sacudió a Rigel por el brazo—. ¡Habla!
—¡Hey! —se quejó él—. Me duele.
—Lo siento —se disculpó Thane, soltándolo de inmediato. Y entonces abrió los ojos—. Espera… ya lo recuerdo. La mujer.
Miró a su abuela—. ¿Pero cómo lo supiste?
Cyrene suspiró con paciencia, como quien repite una lección que ya ha dado demasiadas veces.
—Tienen que aprender a observar cada detalle, por más insignificante que parezca —dijo—. Hay cosas que las brujas no pueden evitar. Gestos. Viejas costumbres.
Leonard chasqueó la lengua, pensativo.
—Le dio la espalda al altar al salir —añadió. Negó con la cabeza—. Por eso eres la mejor de nosotros.
Cyrene no respondió al halago. Su expresión se volvió más seria.
—La mujer… —retomó Alexander—. ¿Quién es?
Cyrene alzó el mentón, pronunciando el nombre como una sentencia.
—Ember Brack.
—¿Estás segura? —insistió Alexander, con el ceño fruncido—. Fue muy amable cuando llegamos aquí.
La reacción de Cyrene fue inmediata.
Su expresión se endureció como piedra y alzó el bastón, apoyándolo con firmeza en el suelo antes de señalarlo directamente con él. El gesto no era violento, pero sí incuestionable. Autoridad pura.
—Yo nunca me equivoco —lo reprendió con severidad—. A diferencia de ti.
Alexander apretó la mandíbula, pero no replicó. Conocía ese tono. Había crecido con él.
Cyrene bajó el bastón apenas, aunque su mirada seguía afilada.
—Tengo que admitir que, al principio, incluso me cayó bien —continuó—. Fue educada, discreta, sabía exactamente qué decir y cuándo decirlo. Justo como hacen las brujas que llevan demasiado tiempo ocultándose entre humanos.
Se irguió un poco más.
—Pero jamás dejo que una primera impresión nuble mi juicio. No después de todo lo que he visto.
Leonard intercambió una mirada rápida con Alexander.
—¿Qué puede ser lo que quiere? —preguntó finalmente, con la voz baja pero tensa.
Cyrene ladeó la cabeza apenas, y una sonrisa breve —seca, carente de cualquier rastro de humor— se dibujó en sus labios. Era la clase de gesto que anunciaba verdades incómodas.
—¿Qué más va a querer? —respondió con calma—. Poder.
Antes de que esas palabras terminaran de asentarse en la sala, Jasper se irguió de golpe, como si un resorte invisible lo hubiera empujado.
—¡Papá! —exclamó—. Enzo está despertando.
La tensión cambió de forma al instante.
Alexander ya estaba avanzando hacia ellos cuando preguntó:
—¿Está consciente?
—A ratos —respondió Lily, apretándose las manos con nerviosismo—. Murmura cosas… parecen nombres.
Leonard frunció el ceño desde detrás de la barra.
—¿Qué nombres?
Jasper negó lentamente, el gesto cargado de inquietud.
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Editado: 10.02.2026