Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 27

Enzo se llevó las manos al rostro y se frotó los ojos con torpeza, como si al hacerlo pudiera despejar el humo que le nublaba la vista. Cada músculo de su cuerpo protestó al más mínimo movimiento; el dolor era profundo. Inspiró con dificultad. La garganta le ardía.

Fragmentos sueltos acudieron a su mente.

El bosque.

La nieve rompiéndose bajo sus botas.

Luego, el miedo. La certeza de que algo corría tras él.

Y después… nada. Oscuridad absoluta.

Parpadeó varias veces hasta que las formas frente a él comenzaron a definirse. Dos rostros aparecieron sobre su campo de visión, inclinados con evidente preocupación.

Jasper y Lily.

—¿Ustedes…? —murmuró, con la voz áspera, casi irreconocible incluso para él.

Tragó saliva y una punzada le recorrió la garganta.

Lily dejó escapar un suspiro tembloroso, llevándose una mano al pecho.

—Qué bueno… estás bien —dijo, incapaz de ocultar el alivio en su voz.

No terminó la frase. No hizo falta.

Jasper se inclinó un poco más, apoyando una mano firme en el borde de la cama para que Enzo pudiera verlo bien.

—Tranquilo —le dijo con suavidad—. Estás a salvo.

Enzo frunció el ceño, intentando incorporar lo que escuchaba.

—No recuerdo que paso —repitió—. Yo solo… corría.

Su respiración se aceleró un poco, y Lily reaccionó de inmediato, apoyando la mano sobre su brazo.

—No te esfuerces —pidió.

Enzo cerró los ojos un segundo, dejando escapar un aliento largo. El recuerdo de la persecución volvió a estremecerlo.

—Creí que iba a morir —admitió en voz baja.

Alexander fue el siguiente en acercarse, avanzando despacio, como si temiera sobresaltarlo. A su lado caminaba Cyrene, apoyándose en el bastón, con la mirada aguda y atenta, esa que no se le escapaba ni el más mínimo detalle.

—Enzo —dijo Alexander con tono calmado—. Necesito preguntarte algo.

El muchacho abrió los ojos de nuevo y giró ligeramente el rostro hacia él.

—¿Qué pasa?

Cyrene fue directa, sin rodeos.

—Mientras dormías… hablaste —explicó—. Murmurabas nombres.

Enzo frunció el ceño, confundido.

—¿Nombres? —repitió—. ¿Qué nombres?

Alexander intercambió una mirada breve con Cyrene antes de responder.

—Finley Fraser —dijo—. Jude Fraser.

Hizo una pausa.

—Poppy Fraser… Ella Fraser… y Zachary Fraser.

Enzo se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el techo, como si esas palabras hubieran despertado algo desagradable en su interior. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Fraser… —murmuró—. Son mis antepasados.

Alexander se inclinó un poco más hacia él.

—¿Estás seguro? —preguntó con cautela—. Los repetías una y otra vez.

Enzo asintió lentamente, pero su gesto no tenía la firmeza de alguien completamente convencido.

—Si —insistió—. Son los cuerpos que fueron saqueados en el cementerio.

—¡Un momento! —exclamó Leonard desde la barra, alzando la voz—. ¿No se suponía que nadie sabía a quiénes pertenecían las tumbas?

Alexander se giró despacio hacia él, con el ceño fruncido.

—Eso fue lo que nos dijeron —respondió con cautela.

—Les mintieron —intervino Enzo de pronto.

Su voz era débil, pero lo bastante firme como para cortar la conversación. Todos volvieron la mirada hacia él.

—¿Cómo dices? —preguntó Leonard.

Enzo tragó saliva.

—Todos aquí lo sabían —continuó—. Los nombres. ―Hizo una breve pausa antes de añadir, con amargura—. Solo tenían miedo.

Cyrene avanzó un paso, apoyándose en su bastón.

—¿Miedo a qué? —preguntó con gravedad.

Enzo intentó incorporarse, impulsado por la urgencia de decirlo. El cuerpo no le respondió del todo y tuvo que apoyarse; Lily y Jasper acudieron de inmediato, ayudándolo a sentarse con cuidado.

—Tranquilo —le susurró Lily—. No tienes que levantarte.

Enzo respiró hondo un par de veces antes de alzar la vista de nuevo.

—Al Devorapecados —dijo finalmente.

Pronunció el nombre con una naturalidad inquietante, como si hablara de una tormenta que siempre llega a su debido tiempo.

—Cada siete años sucede lo mismo —añadió—. Siempre igual.

La puerta de la posada se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire frío que apagó por un instante la conversación.

Chase apareció en el umbral y, con un gesto rápido, hizo pasar primero a Diana. Tras ella entró un hombre mayor, ancho de hombros, de manos curtidas y espalda firme a pesar de los años. Su abrigo estaba cubierto de nieve y su rostro mostraba el cansancio de quien había caminado demasiado tiempo con el miedo como única compañía.




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