Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 28

Rigel apartó las ramas a su paso, avanzando con dificultad. El dolor en el costado era persistente; la herida no había sido profunda, pero ardía con cada movimiento. O quizá no era solo eso. Últimamente, todo en su vida dolía, y esa sensación constante lo estaba desgastando. Para colmo, ahora también tenía que buscar a Braxton y vigilarlo como si fuera un cachorro desvalido.

Soltó una risa seca ante la idea. Cachorro… Cuando la luna llena estuviera en lo más alto del firmamento, ese término no sería ninguna exageración. Más bien todo lo contrario: sería un cachorro fastidioso, peligroso y difícil de controlar.

Entonces lo vio.

A unos metros, entre los árboles, una figura avanzaba con paso errático. Rigel se detuvo un segundo y luego continuó, reconociendo esa espalda incluso antes de verla con claridad. Podría hacerlo entre mil.

—¡Hey, grandísimo tonto! —lo llamó alzando la voz mientras se acercaba—. ¿Sí sabes que nos tienes a todos buscándote como locos?

Braxton se giró lentamente sobre los talones. Sus ojos se posaron en Rigel y, por un segundo inquietante, no parecían del todo suyos. Había algo apagado, distante.

—Braxton… ¿estás bien? —preguntó Rigel, y casi sin pensarlo deslizó la mano derecha hasta el cuchillo.

Braxton parpadeó varias veces, como si tratara de ordenar las ideas en su cabeza.

—No sé… no recuerdo cómo llegué aquí —murmuró, pasándose ambas manos por el rostro—. En serio, no lo recuerdo.

—Genial —rezongó Rigel—. Como si no tuviéramos suficientes problemas. Ahora también tenemos que lidiar con tus lagunas mentales.

Braxton lo fulminó con la mirada.

—¡Hey! No seas grosero.

Rigel se relajó un poco y dejó caer la mano lejos de la empuñadura.

—Entiendes que está a punto de oscurecer y que la luna va a salir —dijo, intentando moderar el tono, aunque con Braxton nunca le salía del todo—. ¿O es que quieres convertirte…?

Se detuvo a mitad de la frase.

—¿En un monstruo? —Braxton lo miró con cansancio—. No lo dijiste, pero lo pensaste.

—No dije eso.

—Pero es la verdad.

Rigel suspiró. Dio un paso más y apoyó la mano en el hombro de Braxton, firme, anclándolo a la realidad.

—Eres insoportable, eres problemático y, de verdad, no te soporto —dijo, esbozando una sonrisa ladeada—. Pero estás muy lejos de ser un monstruo. Incluso si te conviertes en un wulver.

Braxton dejó escapar una risa cansada.

—Ahora te preocupas por mí.

Rigel alzó una ceja.

—No te equivoques. Ya sabes por quién hago esto.

Braxton tomó el brazo de Rigel, entrelazándolo con el suyo en un gesto que parecía más un pacto que un simple apoyo.

—Eres una buena persona —dijo de pronto—. Y, aunque me moleste, incluso eres apuesto.

—Braxton, ten cuidado con lo que vas a decir o te juro que…

—Lo digo en serio —lo interrumpió, con una sinceridad que desarmaba—. Te respeto… pero también te envidio.

Rigel se quedó helado.

—Ella te amaba —continuó Braxton—. Perdón… aún lo hace. Aún te ama. Y por eso te envidio terriblemente.

Rigel sostuvo su mirada sin apartarse.

—Pues yo también te envidio —respondió al fin—. Porque ella también te ama. Pero, a diferencia de mí, amarte no la matará ni la obligará a renunciar a Chase. Así que deja de quejarte.

Braxton tragó saliva.

—Si me vuelvo loco esta noche, prométeme que…

—No te voy a prometer nada —lo cortó Rigel con firmeza—. No te voy a matar. Así que no me pidas ese favor, porque no pienso hacerlo.

—Eres un mal amigo —bromeó Braxton, ladeando apenas la cabeza.

Rigel alzó una ceja, fingiendo indignación.

—Tú y yo no somos amigos —aclaró—. Con suerte, hermanos de cacería. Y, aun así, estamos lejos de ser amigos.

—¿De verdad? —Braxton sonrió, con esa expresión tranquila y provocadora al mismo tiempo.

Rigel odiaba esa sonrisa.

Entre ellos siempre había existido esa dinámica: discutir por todo, llevarse la contraria por principio, medir fuerzas incluso cuando no hacía falta. Y aunque compartían un dilema imposible —estar enamorados de la misma persona—, curiosamente eso nunca había sido el verdadero problema para Rigel. No era celos lo que lo tensaba, ni siquiera el miedo a perder.

Quizá la fricción nacía de algo más incómodo.

En el fondo, ambos eran demasiado similares: tercos, leales hasta la imprudencia, incapaces de huir cuando alguien a quien amaban estaba en peligro. Y más allá de eso, todavía más profundo, estaba la verdad que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.

Que, pese a todo, pese a las pullas, las diferencias y el caos que los rodeaba… Rigel sí lo consideraba su amigo.

—Camina, Braxton —le ordenó Rigel, retomando el paso—. Alexander ya está lo bastante tenso como para que encima tengamos que darle más problemas.




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