Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 29

—¿De verdad vamos a hacer esto? —volvió a cuestionar Chase, con la voz tensa, mientras sostenía las cadenas y se las pasaba a Leonard—. Dime que hay otra opción.

Leonard no respondió de inmediato. Estaba arrodillado, asegurándose de que los anclajes quedaran bien sujetos al suelo de piedra del sótano. Probó la resistencia con un tirón seco, una, dos veces. El hierro no cedió. Aun así, su expresión era dura, como si cada eslabón que ajustaba le doliera en el anterior.

Encadenar a su hijo. En un sótano oscuro, húmedo, con olor a tierra vieja. Nada de eso le parecía correcto… pero ignorar el peligro le parecía aún peor.

—Es lo correcto, Chase —dijo Braxton, acercándose a él y colocando una mano firme sobre su hombro—. De verdad. Prefiero esto a salir corriendo por el bosque sin saber a quién podría lastimar.

Chase apretó los dientes, sin mirarlo.

—No deberías tener que elegir entre dos infiernos —murmuró.

Diana permanecía sentada en los escalones, con las manos entrelazadas y los hombros encogidos. Su rostro estaba pálido, casi sin color, como si ya hubiera pasado por la noche y no por la víspera. Era, sin duda, quien más odiaba aquella idea.

—Sage dijo que esta noche el llamado de la manada sería más fuerte —intervino al fin, con la voz baja—. Mucho más fuerte… pero quizá tú podrías…

No terminó la frase.

Leonard se giró hacia ella, serio, pero no cruel.

—Solo porque queramos creer que Braxton será capaz de mantenerse lúcido no lo hace cierto, pequeña —dijo con calma, aunque sus palabras dolían—. El deseo no detiene una maldición.

Extendió la mano hacia Chase.

—Dame la otra cadena.

Chase dudó un segundo, apenas uno, antes de obedecer.

—En este tipo de cosas —continuó Leonard mientras ajustaba el último grillete— rara vez podemos permitirnos confiarnos. No importa de quién se trate… ni cuánto lo amemos.

Braxton respiró hondo, cerró los ojos un instante y luego los abrió, preparado. Afuera, la luz del día comenzaba a declinar lentamente, y con ella se acercaba la noche que ninguno de ellos quería enfrentar… pero que todos sabían inevitable.

—Muy bien… llegó la hora —dijo Braxton, dando un paso al frente.

Se detuvo frente a su padre y le tendió las manos, abiertas, firmes pese al temblor apenas perceptible en los dedos.

—Ponlas.

Leonard alzó la vista hacia él. Padre e hijo se miraron fijamente, sin necesidad de palabras. En los ojos de ambos había miedo: no al dolor físico, sino a lo que esa noche podía convertirlos.

—Papá… —empezó Braxton, tragando saliva—. Si yo llegara a…

Leonard negó con la cabeza antes de que pudiera terminar.

—Lo sé —respondió con la voz baja y cargada de una dureza que no le era natural—. Sé lo que tengo que hacer.

Y ese era el verdadero terror. Leonard lo sabía. Braxton también. Si perdía el control, si se volvía un peligro para otros… su propio padre sería quien tendría que detenerlo. Para siempre.

Braxton soltó una risa breve, amarga, intentando romper la tensión.

—¿En serio? —alzando una ceja—. Porque Rigel se negó rotundamente.

Leonard no respondió con palabras. Dio un paso adelante y lo abrazó con fuerza, como si quisiera grabar su existencia en la memoria.

—Él no es tu padre —murmuró junto a su oído—. Yo sí.

Se separó apenas lo suficiente para comenzar a colocar los grilletes. El metal frío rodeó las muñecas de Braxton con un chasquido seco. Leonard ajustó cada cierre con cuidado excesivo, como si así pudiera evitar lo inevitable. Luego hizo lo mismo con las cadenas ancladas al suelo, probando la resistencia una vez más.

Braxton no se quejó. No apartó la mirada. Permaneció erguido, aceptándolo.

Leonard dio un paso atrás, respirando hondo.

—Diana. Chase. Suban a la posada —ordenó, sin levantar la voz—. No deben quedarse aquí.

Diana se puso de pie de inmediato.

—No —dijo, firme—. Me quedo con él.

Braxton giró la cabeza hacia ella, sorprendido.

—Diana…

—No pienso dejarte solo —insistió ella, avanzando un paso—. No después de todo esto.

Leonard intercambió una mirada breve con Chase. No fue una orden. Fue una súplica silenciosa.

Chase lo entendió.

Se acercó a su hermana y le tomó las manos con cuidado.

—Di —dijo en voz baja—. Escúchame un segundo.

Ella negó, los ojos brillantes.

—No.

—Lo último que Braxton quiere —continuó Chase, sin soltarla— es que tú lo veas así. No quiere que esa sea la imagen que cargues.

Diana se quedó inmóvil.

Chase apoyó la frente contra la de ella.

—Déjaselo a él —susurró—. A nosotros nos toca protegerlo… incluso de eso.




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