Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 30

Sage no entendía por qué seguía tan angustiada. Había pasado el día entero junto a la ventana, observando la bruma como si esperara ver emerger de ella a aquellos jóvenes. En el fondo de su corazón sentía que, si se hubieran quedado con ella, habrían estado a salvo… pero en ese pueblo nada era seguro.

Las dudas comenzaron a aflorar con una insistencia inquietante: cómo había llegado realmente a Brumavale, y si, llegado el caso, podría marcharse de allí por su propia voluntad.

Se pasó una mano por la frente, agotada. En su generación siempre había sido la más responsable, la más fiel a las normas de las guardianas, la que jamás cuestionaba los designios antiguos. Por eso había discutido con Selene cuando esta le confesó que pensaba casarse. Sage no lo había comprendido. No podía concebir que una mujer como ella, bendecida con los Ojos del Sabio, estuviera dispuesta a “desperdiciar” su potencial por un vínculo tan mundano… y menos aún con un hombre tan brusco como aquel cazador de leyendas.

Sage siempre había elegido la soledad.

Y, sin embargo, después de conocer a aquellos jóvenes, después de compartir con ellos, silencios y miradas cargadas de una esperanza torpe pero genuina, algo en su interior había comenzado a resquebrajarse. Pensaba distinto. Sentía distinto.

Suspiró, apartándose finalmente de la ventana. No podía hacer nada por ellos ahora. Lo único que le quedaba era desear que estuvieran a salvo.

Decidió ocuparse las manos para aquietar la mente.

Bajó al sótano y comenzó a ordenar frascos, a reagrupar hierbas secas, a devolver cada cosa a su lugar. Pero cuando tomó las mantas que había usado para limpiar la sangre de Enzo, algo palpitó bajo sus dedos.

Un estremecimiento la recorrió.

Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de terror… y luego se encendieron con un brillo verde intenso, sobrenatural.

Vio fuego.

Escuchó gritos desgarradores.

Sintió el olor de la sangre, el caos, la culpa, la muerte.

Todo ocurrió en una fracción de segundo, una avalancha de visiones que la atravesaron sin piedad.

Sage cayó de rodillas, las mantas resbalando de sus manos. Temblaba, helada hasta los huesos, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar.

—¿Cómo… cómo pude equivocarme tanto? —murmuró.

Sus labios temblaban al pronunciarlo, y por primera vez desde que había llegado a Brumavale, comprendió una verdad aterradora:

Ella no estaba observando la tragedia desde afuera.

Había estado dentro de ella todo el tiempo.

***

Lo primero que Braxton sintió fue el aumento abrupto de la temperatura en su cuerpo, como si un fuego despertara bajo su piel. El aire se volvió pesado en sus pulmones; la frente se le empapó de sudor y una sensación feroz de incomodidad y urgencia lo invadió por completo. Comenzó a moverse de manera errática, incapaz de quedarse quieto, y las cadenas resonaron contra el suelo de piedra con un sonido áspero cada vez que se agitaba.

—Braxton, quédate quieto —le ordenó Leonard, dando un paso al frente.

Braxton alzó el rostro. El cabello, húmedo por el sudor, se le pegaba a la frente. Sus ojos ya no eran de aquel azul atravesado por hilos dorados; ahora ardían con un amarillo intenso, animal, imposible de ignorar.

—No puedo… —jadeó, llevándose una mano al pecho—. Siento algo aquí… como si me estuviera rompiendo por dentro.

Rigel se levantó de las escaleras y se colocó junto a Alexander, ambos observando en silencio, con los músculos tensos, listos para intervenir.

—Hijo, concéntrate —intentó Leonard, aunque su voz temblaba pese a sus esfuerzos—. Respira. Escúchame, Braxton, solo respira.

Pero Braxton se agitó con violencia. Las cadenas tiraron de sus muñecas y tobillos, golpeando la piedra con una fuerza alarmante. Un gruñido bajo, involuntario, escapó de su garganta.

—¡No puedo! —gritó, la voz quebrándose, mezclada con algo más grave, más salvaje—. Me están llamando.

Entonces ocurrió.

El aire del sótano pareció vibrar. Los músculos de Braxton se tensaron de forma antinatural, marcándose bajo la piel como si algo tratara de abrirse paso desde dentro. Un crujido seco resonó cuando su espalda se arqueó; sus huesos comenzaron a reacomodarse con chasquidos horribles, uno tras otro, arrancándole un alarido que ya no sonaba del todo humano.

Sus manos temblaron, los dedos alargándose, las uñas oscureciéndose hasta convertirse en garras que arañaron la piedra. Un pelaje blanco comenzó a brotarle por los antebrazos, extendiéndose con rapidez por su pecho y su cuello, cubriéndolo como una nevada viva. La piel pareció estirarse, adaptarse, mientras su cuerpo crecía, ensanchándose, volviéndose más poderoso, más peligroso.

—Braxton… —susurró Leonard, con el corazón hecho trizas.

El rostro de su hijo se transformó ante sus ojos. El hocico se alargó, los dientes se afilaron hasta convertirse en colmillos capaces de desgarrar carne y hueso. Sus orejas se desplazaron hacia arriba, puntiagudas, atentas a sonidos que ninguno de los presentes podía oír.




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