Cazadores de Leyendas - El Devorapecados de Brumavale

Capitulo 31

—A este paso va a terminar rompiendo las cadenas —dijo Rigel en voz baja.

Su mano estuvo a punto de ir al mango del cuchillo, un reflejo instintivo, pero se obligó a detenerse. Apretó los puños con fuerza, clavándose las uñas en la palma como recordatorio de que no podía, no debía, recurrir a eso.

El lobo blanco se agitaba con una violencia descomunal. Su cuerpo enorme tensaba las cadenas hasta hacerlas gemir; los anclajes incrustados en la piedra comenzaron a resquebrajarse, pequeñas grietas extendiéndose como venas oscuras por el suelo. Las paredes del sótano, hechas de roca sólida, vibraban con cada sacudida, y los gruñidos que emergían de las fauces del animal eran profundos y aterradores.

—Alexander… —la voz de Leonard tembló pese a su esfuerzo por mantenerse firme—. No sé si vamos a poder retenerlo aquí. Es demasiado grande… —tragó saliva—. Más grande que cualquier wulver que hayamos visto.

Alexander no apartó la mirada de Braxton ni un solo segundo. Observaba cada movimiento, cada espasmo de aquel cuerpo que ya no parecía humano y, aun así, para él seguía siéndolo. Un muchacho atrapado en una maldición que no eligió.

Prefería morir allí, en ese sótano, antes que causarle daño. Antes que permitir que alguien más lo hiciera.

Porque, en el fondo, sabía la verdad: si Braxton estaba encadenado, si había llegado a ese punto, era en parte culpa suya. Y no pensaba huir de esa responsabilidad, pasara lo que pasara.

Alexander dio un par de pasos al frente, acercándose con cautela a Braxton, las manos en alto, las palmas abiertas en un gesto de rendición más que de control.

—Braxton… sé que estás ahí —dijo con voz firme, aunque por dentro todo en él temblaba—. Lucha. No dejes que el instinto del monstruo te gane. Tú eres más fuerte que esto.

El lobo respondió con un gruñido feroz, profundo, cargado de rabia, como si aquellas palabras provinieran de un enemigo. Sus colmillos relucieron bajo la luz temblorosa del sótano.

—Es mi culpa que estés así —continuó Alexander, sin retroceder—. Y tal vez sea egoísta pedirte esto… pero lucha. No te rindas.

Algo cambió.

El enorme lobo blanco se quedó inmóvil. La tensión de su cuerpo se aflojó de golpe, como si el peso de la furia lo hubiera abandonado. Bajó la cabeza lentamente y dejó escapar un gemido bajo, lastimero, más parecido al de un cachorro herido que al de una bestia salvaje.

—¿Funcionó…? —murmuró Leonard, acercándose con cuidado a Alexander—. ¿Se ha calmado?

Detrás de ellos, Rigel esbozó una sonrisa breve, casi involuntaria, al cruzársele por la mente la imagen absurda de Braxton reducido a un cachorro torpe y fastidioso. Pero la idea se desvaneció al instante.

Un aullido cortó el aire.

No era lejano.

Estaba demasiado cerca.

Rigel tensó todo el cuerpo. Extendió el brazo y tomó el arco que colgaba de su espalda, el pulso firme, los sentidos en alerta.

Braxton alzó la cabeza de golpe. Sus orejas se movieron, atentas, siguiendo el sonido como si comprendiera algo que los demás no. El aullido volvió a resonar, más fuerte, más insistente… y, aun así, el lobo permaneció extrañamente calmado.

Entonces llegó el estruendo.

Un golpe seco, violento, proveniente de la posada, seguido del crujido de madera rompiéndose.

Rigel reaccionó de inmediato y comenzó a subir las escaleras de dos en dos.

—¡Están aquí! —exclamó Alexander.

Él y Leonard se dieron la vuelta al mismo tiempo, dispuestos a subir tras Rigel sin perder un segundo. Pero un sonido los detuvo en seco.

Piedra rompiéndose.

El sonido del metal cediendo.

Lentamente, Alexander y Leonard se giraron. Arriba, ya en el primer escalón, Rigel también se detuvo frente a la puerta. Algo en el aire lo obligó a mirar atrás.

Los tres se giraron al unísono.

Los ojos de Rigel se abrieron de par en par.

Las cadenas yacían rotas en el suelo, los anclajes arrancados de la roca como si nunca hubieran sido más que juguetes frágiles.

Braxton estaba libre.

***

Cyrene sostuvo la mirada de Ember Brack sin parpadear. Nunca se había dejado intimidar por una bruja y no pensaba empezar ahora, mucho menos con alguien a quien consideraba mediocre, ruidosa y desesperada.

—Lanzándome muebles no vas a conseguir matarme —se burló, apoyándose con firmeza en su bastón—. Tendrás que esforzarte más.

Ember apretó la mandíbula, el gesto crispado por la rabia.

—Vieja estúpida —gruñó—. Esto causará tu muerte.

La bruma comenzó a filtrarse por la puerta abierta, densa, como si tuviera voluntad propia. Con ella entró un hombre alto, de cuerpo fornido, piel morena y el cabello oscuro recortado al ras. Se movía con la seguridad de un depredador acostumbrado a dominar el terreno. Sus ojos, de un amarillo peculiar, se clavaron en Cyrene con una intensidad casi física.

—Así que tú eres la vieja Evander —dijo con voz grave, cargada de autoridad.




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