Enzo entró a la iglesia detrás de su abuelo, con el sonido de los aullidos retumbándole en el pecho. El aire estaba helado y olía a humedad, a cera vieja y a culpa.
—Abuelo, ¿por qué no pedimos ayuda a la gente del pueblo? —preguntó, con la voz temblorosa—. Ellos…
John Fraser se giró bruscamente, el ceño fruncido, el rostro endurecido por años de silencio y miedo acumulado.
—No nos ayudarán —lo interrumpió—. Están escondidos en sus casas. —Escupió el tabaco al suelo de piedra—. En sus sótanos, debajo de sus camas. Todos aquí son cobardes.
Avanzó hacia el altar con paso decidido, como si cada baldosa lo reclamara. Enzo lo siguió, aunque algo en su interior gritaba que no debían estar allí.
Entonces, las puertas de la iglesia estallaron.
La madera se hizo astillas cuando Ruairí irrumpió al frente de la manada. Los wulvers entraron como una marea furiosa, gruñendo, con los ojos encendidos y las fauces abiertas, lanzándose directamente hacia ellos.
—¡Corre! —gritó John, girándose hacia su nieto.
Pero no llegaron a dar un solo paso más.
Un rugido ensordecedor sacudió la nave central.
Braxton apareció desde un costado, el enorme lobo blanco abalanzándose sobre los wulvers con una ferocidad imposible. Su cuerpo chocó contra los primeros de la manada, haciéndolos rodar por el suelo de piedra. Gruñía, mordía, embestía, interponiéndose entre ellos y Enzo como un muro.
El choque fue brutal.
Ruairí se lanzó contra Braxton y ambos rodaron entre los bancos, destrozándolos. Garras contra colmillos, fuerza contra fuerza. El líder de la manada aulló, enfurecido.
Entonces, el suelo tembló.
De las grietas entre las baldosas comenzó a brotar aquella sustancia negra y viscosa. Manos putrefactas emergieron primero, luego cuerpos enteros. Los muertos del cementerio se alzaron dentro de la iglesia, con los ojos vacíos y los movimientos torpes… y se lanzaron contra los wulvers.
Los aullidos se mezclaron con gruñidos, huesos rompiéndose, bancos volcándose. Los cuerpos vivientes atacaban, aferrándose a los wulvers, mordiéndolos, arrastrándolos al suelo.
—¡Esto es una locura! —gritó una voz.
Jasper irrumpió por una de las entradas laterales, seguido de Thane y Lily. Los tres avanzaban como podían, espalda con espalda, abriéndose paso entre garras, colmillos y manos muertas.
—¡Enzo! —gritó Lily, buscándolo con la mirada.
Pero en ese instante, Ruairí logró zafarse.
Con un golpe brutal, se quitó a Braxton de encima y salió despedido hacia el altar. John apenas tuvo tiempo de girarse cuando el wulver lo embistió, lanzándolo contra una de las columnas. El impacto fue seco. El viejo cayó al suelo, inmóvil.
—¡Abuelo! —gritó Enzo.
Ruairí no se detuvo.
Se lanzó sobre el muchacho, lo derribó y lo aprisionó contra el suelo con una sola garra. El peso era insoportable. Enzo gritó, pataleó, pero no podía moverse. Los colmillos descendieron, brillando a centímetros de su rostro.
—¡ENZO! —rugió Jasper.
Algo en él se quebró.
Extendió las manos y el aire a su alrededor se volvió blanco. El frío explotó desde su cuerpo como una ola salvaje. El suelo se cubrió de escarcha al instante, las columnas crujieron, y un golpe de hielo puro impactó de lleno contra Ruairí.
El wulver salió despedido, aullando de dolor.
Braxton no desaprovechó la oportunidad.
El lobo blanco se lanzó con una furia absoluta, impulsado no por la llamada de la manada, sino por decisión propia. Cayó sobre Ruairí, lo inmovilizó y, con un solo movimiento brutal, cerró las fauces sobre su cuello.
El crujido fue seco. Definitivo.
El cuerpo del líder de la manada quedó inerte.
El silencio cayó de golpe, roto solo por los últimos gruñidos lejanos de wulvers retrocediendo. Los cuerpos vivientes se detuvieron de repente.
Braxton permaneció sobre el cadáver unos segundos más, respirando con dificultad, cubierto de sangre y escarcha.
Enzo, temblando, se incorporó como pudo y corrió hacia su abuelo.
—Abuelo… —susurró, con la voz rota.
El silencio apenas tuvo tiempo de asentarse.
Una risa quebrada, llena de veneno, resonó desde el fondo de la nave.
—No… no, no, no… —susurró Ember Brack mientras emergía entre las sombras, el espejo negro firmemente sujeto entre sus manos.
Sus ojos se clavaron en el cuerpo sin vida de Ruairí. Los wulvers que aún quedaban retrocedieron, confundidos, inquietos, emitiendo gemidos bajos. Sin líder. Sin rumbo. El miedo comenzó a dominar a la manada.
La rabia deformó el rostro de la bruja.
—Idiotas —escupió—. Todo esto… ¡Lo pagaran!
Entonces vio a Enzo.
Y algo en su expresión cambió.
Ember alzó una mano con un movimiento seco. El aire se tensó como una cuerda invisible y, de pronto, Enzo fue arrancado del suelo. Su cuerpo se elevó varios metros, las piernas pataleando desesperadas, las manos llevándose al cuello como si una garra invisible lo estuviera estrangulando.
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Editado: 10.02.2026