Sage avanzó un paso, el rostro pálido, los ojos clavados en Jasper mientras el fuego se extendía por las líneas ley como venas encendidas.
—Lo siento —dijo, con la voz quebrada pero firme—, pero tendré que detenerte.
Las llamas reflejadas en los ojos de Jasper parecieron divertidas.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.
—No me importa que lo intentes —respondió—. Pero tú mejor que nadie sabes que no puedes hacerlo.
Sage apretó los dientes.
—Aun así… no puedo permitir esto.
Alzó ambas manos.
El aire descendió de golpe, como si el invierno hubiera caído dentro de la iglesia. Un rocío helado se formó en el aire y cayó sobre Diana y Chase, envolviéndolos por completo. El fuego que los cubría chisporroteó, se resistió un instante… y se apagó.
Las llamas murieron.
Diana y Chase cayeron al suelo, inconscientes.
—¡Diana! —gritó Rigel, corriendo hacia ellos.
Alexander reaccionó al mismo tiempo. Se arrodilló junto a sus hijos, las manos temblorosas, buscando señales de vida.
—Respiran… —dijo Rigel, con alivio—. Siguen vivos.
El corazón de Alexander se partió.
La imagen de Diana y Chase envueltos en llamas, con Jasper de pie a su lado y los escombros flotando como brasas suspendidas en el aire, se le clavó en el pecho como una cuchilla. Aquello era exactamente lo que había temido.
Había perdido el control.
Y ya no sabía cómo detener a su propio hijo.
A su alrededor, los gritos de la gente del pueblo atravesaban el aire, mezclándose con el crepitar de las casas ardiendo. Culpa, miedo, desesperación. Todo lo que Brumavale había ocultado durante generaciones estaba saliendo a la superficie.
Jasper observó a Diana y Chase en el suelo.
Su expresión se suavizó apenas un instante.
—Lo siento —murmuró.
Luego levantó la vista hacia Alexander.
—Lo lamento, papá —dijo, con una serenidad que dolía más que cualquier golpe—. Pero te prometo que voy a arreglarlo todo.
Alexander abrió la boca, pero no encontró palabras.
Jasper se giró hacia Sage.
Sus ojos azules brillaron con mas intensidad.
—Te equivocaste sobre mi madre —dijo—. Y ahora… yo lo recuerdo todo.
Sage sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Jasper, espera—
Pero ya era tarde.
El aire vibró.
El cuerpo de Jasper comenzó a desdibujarse, como si el mundo dejara de sostenerlo. En un parpadeo, desapareció, dejando tras de sí solo el frío sonido del poder y el silencio posterior a la tormenta.
Sage bajó lentamente las manos.
Había llegado demasiado tarde.
Alexander se quedó de rodillas, sosteniendo a sus hijos inconscientes, mientras el pueblo ardía a su alrededor y comprendía, con una certeza devastadora, que el mayor peligro ya no era lo que Brumavale ocultaba. Sino el camino que Jasper acababa de elegir.
Los aullidos de los wulvers se alzaron una última vez, largos y graves, ya no como un llamado a la caza sino como un lamento. Las sombras lupinas comenzaron a retroceder entre el humo y el fuego, uno a uno, hasta perderse en la noche. Sin líder. Sin propósito. La manada se disolvía junto con la maldición que los había atado a ese lugar.
En medio de la nave destruida, Braxton lanzó un último gruñido bajo.
Su enorme cuerpo blanco comenzó a temblar.
El pelaje se replegó como humo, los huesos crujieron al reacomodarse, las garras desaparecieron. La transformación fue violenta, dolorosa, y terminó de golpe. El cuerpo de Braxton volvió a ser humano y cayó pesadamente sobre el suelo de piedra.
Inconsciente. Desnudo. Exhausto.
—Braxton… —susurró Leonard.
Sin pensarlo, se quitó la capa y lo cubrió con cuidado, como si temiera que el mundo pudiera herirlo incluso así. Luego lo levantó en brazos con esfuerzo, apretándolo contra su pecho.
Alexander también se incorporó. Sus músculos protestaron cuando cargó a Chase, aún inconsciente, pero no lo soltó. No iba a hacerlo.
Rigel hizo lo mismo con Diana, ajustándola con cuidado contra su hombro, protegiéndole la cabeza.
Unos pasos más atrás, Thane levantó el cuerpo sin vida de Lily. La sostuvo con una delicadeza que contrastaba con el caos a su alrededor, como si aún pudiera despertarla si la sujetaba bien. Su rostro estaba vacío. No lloraba. No podía.
Salieron de la iglesia en silencio.
En el umbral, todos se detuvieron.
Brumavale ardía.
Las llamas recorrían las calles, las casas, los techos, siguiendo las líneas ley como un mapa luminoso de pecado. El humo se alzaba hacia el cielo nocturno, llevándose consigo siglos de culpa, secretos y sangre enterrada.
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Editado: 10.02.2026