Lena colocó con cuidado el cuenco de agua sobre la pequeña mesa. Introdujo los paños, los escurría con paciencia para no derramar ni una gota, y luego los apoyó con suavidad sobre la frente de Chase. Comenzó a limpiar su rostro despacio, con mucha delicadeza. Se detuvo un instante y apartó los mechones oscuros que caían sobre su cara.
Llevaba casi tres semanas cuidándolo a él y a Diana, día y noche, junto a Sage. En ese tiempo, se había acostumbrado tanto a su presencia que podía decir que conocía de memoria cada línea de su rostro, cada sombra bajo sus ojos, cada pequeño gesto incluso en la inconsciencia.
Volvió a mojar los paños y continuó. El sonido del viento golpeando la ventana la distrajo. Alzó la vista hacia el cielo gris; pronto acabaría el invierno.
Lena llevaba el cabello recogido en una larga trenza, aunque algunos mechones rojizos se escapaban rebeldes y le caían sobre el rostro. Sus ojos verdes eran tan claros que Sage solía decir que parecían espejos de agua.
El sonido de unos pasos acercándose la hizo girarse. Sonrió al reconocer a Braxton, que entraba en la habitación con el ceño fruncido. Últimamente, cada vez que aparecía para ver a Chase y a Diana, traía consigo el mismo gesto sombrío.
—¿Cómo están? —preguntó mientras se sentaba en el borde de la cama, apoyando los brazos en las piernas y manteniendo la cabeza baja, como si no quisiera encontrarse con ninguna mirada.
—Todo sigue igual —respondió Lena, retomando su labor—. Nada ha cambiado desde ayer.
Braxton giró un poco la cabeza y la observó. Reparó en el cuidado con el que ella apartaba el cabello de Chase, en la paciencia de sus movimientos, en la compasión silenciosa de su mirada.
—No te pareces a Rigel en lo absoluto —dijo de pronto.
Lena no lo miró.
—Somos exactamente iguales.
Braxton dejó escapar una risa seca.
—Bueno, físicamente sí. Ese cabello rojo no deja lugar a dudas —hizo una pausa—. Pero me refiero a la forma de ser.
Lena alzó el rostro y sonrió con suavidad.
—También somos iguales en eso. Solo que él ha tenido que endurecerse para sobrevivir. Yo… —encogió ligeramente los hombros— al ser tan débil, no he tenido que enfrentar los mismos peligros.
Braxton negó despacio.
—No eres débil, Lena. Tal vez seas incluso más fuerte que cualquiera de nosotros.
Ella rio, casi avergonzada.
—No es así —dijo—, pero agradezco tus palabras.
Lena se levantó y tomó el cuenco con agua.
—¿Cómo están Tessa y los demás?
Braxton resopló, tenso.
—Bien. Se adaptan rápido.
—No pareces muy tranquilo.
Y no lo estaba. La luna llena se acercaba, y Braxton sabía exactamente lo que eso significaba. Tampoco sabía qué hacer con la manada de wulvers que lo seguía a todas partes, aunque él se negara a aceptarlos.
—No sé qué haré con ellos —murmuró, pasándose una mano por el cabello.
—¿Qué tal entrenarlos?
Braxton alzó la vista. Rigel acababa de aparecer en la puerta.
—Genial —se quejó—. Tú y tus valiosos consejos.
Rigel ignoró el comentario. Se acercó a Lena y le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás? —le acomodó la trenza sobre el hombro—. Lena, por el cielo, ¿por qué no te abrigas mejor? Hace un frío terrible y no deberías…
—Estoy bien, primo —lo interrumpió ella, tocándole el brazo—. No te preocupes tanto.
Rigel la miró con auténtico asombro.
—¿Que no me preocupe? —apoyó un dedo en su frente—. Si no quieres que me preocupe, entonces empieza por cuidarte mejor.
—Ya déjala en paz —intervino Braxton, recostándose un poco hacia atrás sobre la cama—. Eres como un hermano fastidioso.
Rigel lo fulminó con la mirada.
Lena era como su hermana. Habían crecido juntos y, de no haber sido por su salud frágil, habrían sido compañeros de caza. En el fondo, Rigel agradecía esa fragilidad: la había mantenido lejos de los horrores que ellos ya conocían demasiado bien.
—Tú qué sabes —replicó—. No tienes hermanos.
Braxton desvió la mirada hacia Chase. No tenía hermanos de sangre, pero lo que sentía por él se le parecía demasiado.
—Lo siento —dijo Rigel enseguida—. No quise decir eso.
—No —respondió Braxton—. Fue mi culpa. Yo empecé.
Luego miró a Lena.
—Deberías ir por un abrigo. Hazle caso a tu molesto hermano.
Lena no respondió. Solo les sonrió a ambos antes de salir de la habitación.
—Sigo pensando que deberías hacer algo con esa manada —comentó Rigel, acercándose a la ventana.
—Cuando sepa qué hacer con ellos, serás el primero en saberlo.
Rigel asintió.
—Voy a ver a Diana. ¿Vienes?