Cazadores de Leyendas ̱ El Guardian de Everwood

Capitulo 4

El padre Lucien Blanc no era un hombre viejo, pero hacía tiempo que se sentía como uno. El cansancio se le había instalado en los huesos, persistente, y cada jornada terminaba con una punzada sorda en la espalda y en las rodillas. Se decía que era culpa del trabajo extenuante que debía cumplir para la Orden de los Cazadores de Leyendas.

Su labor como enlace con los pueblos, custodio de secretos y asesor del distinguido —y temido— grupo jamás podría compararse con los sacrificios físicos que realizaban los cazadores en el campo. Aun así, vivía en un estado constante de vigilia, atormentado por la preocupación, por el peso de decisiones que no siempre le correspondían, pero cuyas consecuencias sí debía presenciar.

La puerta de la habitación estaba entreabierta. Lucien se asomó con cautela.

Vio a los hermanos Evander dormidos en la cama, inmóviles, con el pecho subiendo y bajando de forma pausada. Cerca de la ventana, sentadas a la mesa, Lena y Sage estaban concentradas sobre una pila de libros, murmurando entre ellas, ajenas por completo al mundo exterior.

Lucien golpeó la puerta con delicadeza para llamar su atención.

Ambas mujeres alzaron la vista al mismo tiempo.

—Lamento interrumpir —se disculpó el padre Lucien mientras entraba en la habitación—, pero quería conocerla.

Sage parpadeó, confundida, y luego miró a Lena en busca de una explicación.

—Es el padre Lucien Blanc —aclaró Lena—. El sacerdote de la Orden.

Sage volvió a parpadear, esta vez sorprendida. Observó al hombre con renovado interés y apoyó el rostro en la palma de su mano.

—¿Un sacerdote? —comentó—. Esta Orden no deja de sorprenderme.

Lucien esbozó una sonrisa.

—La maldad se combate con el bien —respondió—. ¿Por qué habría de sorprenderle?

La sonrisa de Sage fue distinta. Ladeada. Peligrosa.

—El mal también sabe vestirse de bondad —replicó—. Creo que eso ya debería haberles quedado bastante claro.

Lucien señaló una silla cercana.

—¿Puedo?

Sage asintió sin decir palabra.

—¿Por qué quería conocerme? —preguntó ella, directa.

Lucien miró a Lena, y la joven interpretó de inmediato la silenciosa petición. Comenzó a levantarse, pero Sage alzó una mano, deteniéndola.

—Ella se queda —dijo sin apartar la mirada del sacerdote—. Cualquier cosa que quiera decirme puede hacerlo con ella presente.

—Preferiría que la joven no se viera involucrada… —intentó Lucien.

—Ella ya está involucrada —lo cortó Sage con frialdad—. Así que será mejor que hable de una vez, o tendré que pedirle que se retire y nos deje continuar con nuestro trabajo.

Lena volvió a sentarse, en silencio.

Lucien respiró hondo.

—Quiero saber en qué se ha convertido el joven Jasper Evander.

La seriedad de su mirada hizo que Sage abriera los ojos un poco más, sorprendida por la intrepidez del hombre.

—Vaya… —murmuró—. Es usted directo.

—Y usted evasiva —replicó Lucien—. Necesito estar preparado para lo que pueda ocurrir en el futuro.

Sage dudó. No quería confiarle aquella información. No confiaba en él ni en sus intenciones. Pero tampoco podía ir en contra de la Orden, no después de haberse ofrecido a ayudarles… y no cuando Selene había confiado en ellos alguna vez.

—Jasper es lo que nosotras llamaríamos un tejedor del destino —dijo al fin—. Tiene la capacidad de tocar y alterar vínculos, destinos… voluntades.

—Eso suena peligroso —admitió Lucien.

—Lo es —respondió Sage, y su voz salió más débil de lo que hubiera querido. Bajó la mirada hacia sus manos—. La visión del tejedor es extremadamente rara entre las Guardianas. El Pulso no suele favorecer con ese poder, porque implica una responsabilidad inmensa… y casi nunca termina bien.

—¿Qué tipo de responsabilidad? —insistió el sacerdote.

Sage suspiró, y sus hombros se elevaron apenas.

—Jasper vive entre posibilidades. Posee el don de Selene, por lo que puede ver futuros simultáneos. Puede acceder al don de Diana manipulando su voluntad, lo que le permite observar el pasado. Y si lo desea… puede reescribir cualquier destino.

Los ojos de Lucien se abrieron con temor. Lena se llevó una mano a la boca.

—Jasper puede seleccionar futuros —continuó Sage—. Y para el resto del mundo, eso es indistinguible de la crueldad. Los Guardianes del Pulso nos regimos por una ley básica: quien ve el destino, no debe tocarlo. Pero para alguien con el Ojo del Tejedor eso es imposible. Siempre terminan enfrentados a la misma pregunta: ¿debería?

Hizo una pausa.

—Y en algún punto, cambiarán la vida de cientos… quizás miles… con tal de salvar a una sola persona, a la que aman.

Lucien se puso de pie de golpe. Su rostro se endureció, como si hubiera levantado una coraza.

—Ustedes no deberían existir —dijo con desdén, antes de salir de la habitación sin mirar atrás.




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