Cazadores de Leyendas ̱ El Guardian de Everwood

Capitulo 5

Braxton se detuvo a mitad del patio. Cerró los ojos y aspiró con fuerza. No le costó detectar el aroma del grupo de wulvers; era denso, animal, casi metálico. Aún le resultaba inquietante la facilidad con la que su cuerpo comenzaba a reconocerlo. Al principio, aquel despertar de instintos lo había aterrorizado. Ahora… poco a poco, había dejado de importarle.

—¿A dónde crees que vas? —lo detuvo Borja.

—Eso no es de tu incumbencia —respondió Braxton sin volverse.

Borja saltó del porche y avanzó por el patio hasta alcanzarlo. Se plantó frente a él, atravesándolo con sus intensos ojos negros. Su postura era firme, cerrada; la de alguien que no aceptaba que lo contradijeran.

—¿Vas a ver a los wulvers? —preguntó—. ¿De verdad quieres hacer eso?

Braxton rodó los ojos.

—Ya te lo dije. No es tu asunto.

Borja entrecerró la mirada.

—Sí lo es —replicó—. Lo es cuando cualquier acción tuya puede afectar al grupo. Deberías estar preparándote para la próxima luna.

—Me estoy preparando —contestó Braxton, pasando a su lado.

Borja se giró de inmediato.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo exactamente?

Braxton no respondió.

—Braxton, no quiero pelear contigo —dijo Borja, colocando una mano firme sobre su hombro—. Pero deberíamos estar organizándolo todo para esta luna… y preparando lo necesario para intentar liberarte de la maldición del wulver el próximo mes.

Braxton se mantuvo en silencio. Tras unos segundos, rechinó los dientes.

—No te preocupes por mí —dijo antes de echar a correr hacia el bosque.

No miró atrás.

Corrió entre los árboles, dejando que el latido violento de su corazón marcara el ritmo de sus pasos. Necesitaba distancia. Aire. Silencio. No había sido capaz de confesarle a Sage que el vínculo había desaparecido por completo. No por maldad… simplemente no podía decirlo.

El día después de los sucesos en Brumavale había despertado con la sensación de una quemadura profunda en el pecho. Fue entonces cuando lo supo. Intentó sentirlos… y no lo consiguió. Intentó visualizar el vínculo… y no encontró nada.

Tenía miedo.

Miedo de que lo único que los había unido se hubiera perdido para siempre.

Se detuvo de golpe en un claro. Su respiración era irregular, forzada. Miró a su alrededor y cerró los ojos, obligándose a calmar el corazón.

—Salgan —ordenó al abrirlos—. Ahora.

Un pequeño grupo de jóvenes comenzó a emerger de entre los árboles. La primera en cruzar miradas con Braxton fue Tessa, que corrió hacia él con una sonrisa demasiado grande para ocultar su emoción.

—¿Lena vino contigo? —preguntó, asomándose por sus costados para comprobar si la joven de cabello de fuego estaba cerca.

Braxton negó con la cabeza.

Tessa bajó la mirada, decepcionada. Le agradaba la compañía de Lena, su presencia tranquila, casi reparadora. Sus hombros se encorvaron apenas, como si intentara hacerse más pequeña.

Braxton la observó en silencio. La joven de piel bronceada, curtida por el sol y el viento, llevaba el cabello color caoba recogido de manera descuidada, con mechones sueltos que enmarcaban su rostro suave. Sus ojos color café —profundos, atentos, siempre cargados de curiosidad— solían provocarle ese efecto extraño, una punzada inesperada de ternura que lo desarmaba sin previo aviso.

Aún no entendía del todo por qué. Tal vez fuera la inocencia que Tessa conservaba intacta pese a la vida dura que llevaba, pese a la violencia que formaban parte de su día a día. Había en ella una forma de mirar el mundo que no se había quebrado, una calidez sencilla que contrastaba con todo lo que los rodeaba.

Braxton apartó la vista, incómodo consigo mismo.

—Vendrá otro día —la consoló Braxton, acariciándole la cabeza—. Te lo prometo.

—No le hagas caso —intervino Jude.

Braxton alzó la vista.

Jude avanzó un par de pasos, con una seguridad natural en cada movimiento. Tenía una complexión atlética, esbelta pero fuerte, con músculos definidos que delataban años de esfuerzo físico. Sus hombros anchos y bíceps firmes se marcaban bajo la ropa sencilla, sin alarde, como si su fuerza fuera parte de él y no algo que necesitara demostrar.

Llevaba el cabello negro azabache recogido en un moño bajo y desordenado en la nuca, con algunos mechones sueltos que caían alrededor de su rostro, suavizando apenas sus facciones. Cuando el viento los movía, dejaban entrever la longitud real de su cabello, que debía caer más allá del cuello cuando lo llevaba suelto.

Su piel tenía un tono olivo claro, cálido, curtido por el sol y la intemperie. El rostro estaba marcado por una mandíbula bien definida y pómulos prominentes, y una cicatriz cruzaba su ceja derecha, otorgándole un aire feroz que no necesitaba exageración. Sus ojos almendrados, de un café oscuro profundo, observaban con atención, siempre alerta. Las cejas pobladas y reforzaban esa expresión concentrada, casi contemplativa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.