Barret empujó a Kane dentro de la sala sin la menor contemplación. La puerta golpeó contra la pared al cerrarse y el ruido hizo que Rigel y Borja alzaran la vista de inmediato. Ambos estaban sentados, observando cómo la tensión entraba con ellos.
—¿Puedes explicarme qué diablos te está pasando? —le gritó Barret, con la voz tensa—. Últimamente te comportas como un idiota.
Kane rechinó los dientes y alzó una mano, restándole importancia, como si todo aquello le pareciera una pérdida de tiempo. Luego se dejó caer en una silla con brusquedad.
—No me pasa nada —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo digo lo que pienso.
Barret avanzó de inmediato y se inclinó sobre la mesa cercana, quedando a escasos centímetros del rostro de Kane. Sus ojos ardían de frustración.
—Pues últimamente lo que piensas es pura basura.
Se apartó con un resoplido, pasándose una mano por los ojos como si necesitara recomponerse antes de perder el control.
—Si no vas a decir nada bueno, será mejor que no digas nada.
Rigel y Borja intercambiaron una mirada rápida, intentando comprender en qué punto la situación se había torcido tanto. Borja fue el primero en hablar.
—¿Qué pasó ahora? ―. Cerró de golpe el libro que tenía entre las manos y se giró hacia su hermano.
—Este idiota volvió a hablar de más frente a Braxton —dijo Barret, señalando a Kane con la barbilla—. Si te rompe la cara, esta vez tendrá toda la razón.
Kane esbozó una sonrisa ladeada, torcida, peligrosa.
—Quiero que lo haga.
El silencio que siguió fue denso, incómodo.
—Kane, tienes que detenerte —intervino Rigel sin alzar la voz. No apartó la mirada del libro que sostenía—. Debes dejar a Braxton en paz.
Kane ladeó la cabeza, estudiándolo. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, clavando los ojos en Rigel como si intentara atravesarlo.
—¿Desde cuándo defiendes a Braxton? —preguntó con una sonrisa venenosa—. Él te quitó a Diana. Deberías querer…
Rigel cerró el libro de golpe. El sonido seco resonó en la sala.
—No es tu asunto —dijo con frialdad—. Así que cierra la boca.
Pero Kane ya había encontrado el hilo y no pensaba soltarlo.
—Claro —continuó, riéndose sin humor—. Braxton los engatusó a todos con esa linda mirada de cachorro indefenso.
Se inclinó hacia atrás en la silla, disfrutando del efecto de sus palabras.
—Irónico, ¿no? Ahora sí que es un cachorro.
Barret golpeó la mesa con el puño.
—¡Kane, cállate!
Kane los miró a todos con altanería, los ojos encendidos, pero había algo roto detrás de esa provocación.
—¿Por qué? —replicó—. Solo estoy diciendo la verdad.
Borja, que hasta entonces había permanecido en silencio, se incorporó lentamente.
—¿Sabes qué es lo que más me preocupa de todo esto? —dijo con calma—. Que no estás enojado porque sí. Estás lastimado. Y lo sabes.
Kane alzó la vista, desafiante.
—No tienes idea de lo que siento.
Borja negó despacio.
—Claro que sí. Lo que no entiendo es por qué necesitas herir a los demás para sobrellevarlo.
Kane frunció el ceño, pero Borja no le dio tiempo de responder.
—Te he visto —continuó—. Te metes con Braxton, con Rigel, con cualquiera que estuvo en Brumavale. Dices cosas que sabes que duelen. No porque creas que sean ciertas, sino porque quieres que duelan.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
—Sabes que ellos cargan con culpas muy pesadas —prosiguió Borja, bajando un poco la voz—. Culpa por lo que no pudieron evitar. Y tú lo usas. No para buscar justicia, sino para que sientan el mismo dolor que tú estás sintiendo ahora.
Kane apretó los puños.
—¿Y qué si lo hago? —escupió—. ¿No es justo?
Borja lo miró con una mezcla de comprensión.
—No lo es. Porque hay algo que no estás queriendo ver.
Dio un paso más cerca.
—Tú no tuviste que ver morir a Lily.
La frase cayó como un golpe seco.
Rigel tensó la mandíbula. Barret apartó la mirada.
—Tú no estuviste allí —continuó Borja—. No la viste caer. No la sostuviste mientras se le iba la vida. No tuviste que tomar decisiones imposibles sabiendo que cualquier opción iba a terminar mal.
Kane abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió.
—Braxton sí —dijo Borja—. Rigel también. Y todos los que estuvieron en Brumavale cargan con horrores que no los van a abandonar nunca.
Borja respiró hondo.
—Crees que los estás castigando, Kane. Pero lo único que estás haciendo es golpear a personas que probablemente ya sufren más de lo que tú imaginas.