Cazadores de Leyendas ̱ El Guardian de Everwood

Capitulo 8

Las ramas crujieron bajo las botas del visitante mientras avanzaba entre la maleza. El sonido se perdió pronto en la quietud del bosque. Cuando salió del último grupo de árboles, se detuvo.

Frente a él se alzaba el árbol.

Se elevaba en medio del claro mucho más alto y ancho que cualquier otro árbol del bosque. Parecía haber crecido allí mucho antes de que los demás brotaran, como si todo el bosque se hubiera organizado alrededor de su existencia.

El visitante levantó lentamente la mirada.

El tronco era gigantesco, de corteza oscura y rugosa, surcado por grietas profundas que el tiempo había tallado pacientemente. Su diámetro era tan amplio que harían falta varios hombres con los brazos extendidos para rodearlo por completo.

Las ramas se extendían en todas direcciones, formando una enorme cúpula natural sobre el claro. Se curvaban hacia el cielo con una majestuosidad silenciosa, cargadas de hojas densas que filtraban la luz del atardecer en haces dorados y verdosos.

Todo en aquel árbol tenía un aire antiguo. Como si hubiera permanecido allí durante siglos, observando el paso de generaciones enteras sin moverse jamás.

Sus raíces emergían en algunos puntos de la tierra antes de hundirse de nuevo bajo el suelo, gruesas y retorcidas como serpientes dormidas. Pero lo más impresionante no era su tamaño, sino lo que se sentía bajo ellas.

La energía.

Las líneas ley que cruzaban el bosque convergían en ese punto, entrelazándose bajo el árbol como venas invisibles. La fuerza que emanaba de ellas era tan intensa que parecía vibrar bajo la superficie de la tierra.

El visitante lo sintió a través de las botas.

El follaje del árbol era tan espeso que oscurecía el claro, creando una sombra fresca y profunda incluso mientras el resto del bosque aún estaba bañado por la luz del atardecer.

Una figura se deslizó fuera de las sombras que el gigantesco árbol proyectaba sobre el claro.

La mujer parecía haber surgido del propio tronco, como si siempre hubiera estado allí, oculta entre la penumbra y las raíces. Vestía de blanco, una túnica sencilla que contrastaba con la profunda oscuridad del lugar. Sobre los hombros llevaba una capa verde que descendía suavemente hasta rozar el suelo, moviéndose apenas con la brisa leve que atravesaba el claro.

Su cabello castaño caía en una larga trenza que descansaba sobre su espalda, ordenada y firme, como todo en ella. Había en su porte una profunda serenidad, una quietud que parecía en armonía con el árbol y con la energía que vibraba bajo la tierra.

Avanzó unos pasos y se detuvo frente al tronco colosal, apoyando una mano sobre la corteza rugosa, como si saludara a un viejo amigo.

Entonces levantó la mirada hacia el joven visitante.

Sus ojos negros brillaron en la penumbra del follaje, profundos y atentos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Parecía estudiarlo.

Reconocerlo.

Finalmente habló, con una voz suave, tranquila, que no necesitaba elevarse para llenar el claro.

—Te he estado esperando.

El viento se deslizó entre las ramas del árbol, haciendo temblar levemente el follaje.

La mujer inclinó apenas la cabeza.

—Jasper Evander.

El joven sonrió en respuesta.

Avanzó con calma, sin prisa, como si cada paso estuviera perfectamente calculado. Las hojas secas crujieron bajo sus botas mientras se acercaba hasta quedar a pocos pasos de la mujer. La energía que emanaba del árbol vibraba entre ambos.

Se detuvo.

Durante un momento ninguno habló.

Sus miradas se sostuvieron con una intensidad casi palpable, como dos voluntades midiendo la fuerza de la otra.

—Podrías haber sido más proactiva —dijo finalmente Jasper, con un tono ligero que contrastaba con la dureza de sus ojos—. Se habrían evitado muchas cosas.

La mujer sonrió.

No fue una sonrisa tensa ni defensiva. Fue más bien como si las palabras del joven le hubieran resultado un comentario irónico, casi divertido.

—Entonces no estarías tan motivado.

La expresión de Jasper cambió de inmediato. La sonrisa desapareció de su rostro.

—Ya sabes por qué estoy aquí —dijo con voz más grave—. Y espero que decidas ayudarme por las buenas… porque lamentaría tener que…

—Eso no funciona conmigo.

La mujer lo interrumpió sin elevar la voz.

—No puedes usar el dominio del hilo con alguien que lleva más años haciéndolo.

Jasper soltó una breve risa burlona.

—¿En serio? —ladeó la cabeza, observándola con curiosidad—. Simone Mallor… ¿de verdad lo has usado más de lo que lo he hecho yo… o más de lo que pienso hacerlo?

Simone suspiró lentamente, como si una vieja fatiga hubiera vuelto a caer sobre sus hombros.

—De verdad lo piensas hacer.




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