Los días siguientes fueron agotadores.
La casa, que antes había sido un refugio silencioso, ahora se sentía cargada de tensión. Demasiadas voluntades fuertes bajo el mismo techo, demasiadas preguntas sin respuesta y ninguna decisión clara sobre qué debían hacer a partir de ahora.
Alexander apenas había dormido.
Las discusiones comenzaban temprano y se prolongaban hasta bien entrada la noche, girando siempre alrededor del mismo problema: Jasper… y lo que su desaparición podía significar para todos ellos.
Aquella tarde no fue diferente.
—Theron y yo saldremos mañana —anunció Alaric finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado en la habitación.
Alexander levantó la vista hacia su hermano.
—Te prometo que encontraremos a Jasper.
Theron, sentado a su lado, se pasó una mano por la nuca con gesto incómodo.
—No le hagas promesas —advirtió con franqueza—. No sabemos si realmente podremos encontrarlo. Es posible que el chico sea más listo que nosotros.
Alaric le lanzó una mirada rápida, casi una advertencia silenciosa para que dejara de hablar.
Pero ya era tarde.
Alexander suspiró y apoyó los codos sobre la mesa.
—Tiene razón —dijo finalmente—. Hermano… no sé si podrás encontrarlo.
Alaric frunció el ceño.
—No pienso quedarme aquí sin hacer nada —insistió—. Al menos lo intentaremos.
Durante un momento pareció que Alexander iba a discutir, pero finalmente asintió con un gesto cansado.
—De acuerdo.
Desde el otro extremo de la habitación, Griffin, recostado contra la pared con los brazos cruzados, habló por primera vez en un rato.
—¿Alguien sabe algo del padre Lucien?
Las miradas se cruzaron entre todos los presentes.
El silencio fue respuesta suficiente.
—No —respondió Alexander finalmente—. Aún no hemos tenido noticias.
Uzías, sentado junto a la mesa con una taza de café entre las manos, soltó una pequeña risa sin humor.
—De todas formas, no serán buenas noticias.
Bebió un sorbo antes de continuar.
—En el mejor de los casos… nos relevarán de la Orden.
Griffin levantó una ceja.
—¿Y en el peor?
Uzías apoyó el codo en la mesa.
—Nos juzgarán.
Tomó otro sorbo con total calma.
—Esos malditos viejos disfrutan ejerciendo su ridículo poder sobre los demás.
Nadie lo contradijo.
Porque todos sabían que probablemente tenía razón.
Cerca de la ventana, Leonard permanecía en silencio, observando el exterior. El sol comenzaba a descender detrás de las montañas, tiñendo el bosque de tonos rojizos.
Theron lo observó un momento antes de hablar.
—¿Y tú qué piensas, Leonard? —preguntó—. Estás demasiado callado.
Leonard tardó unos segundos en responder.
Cuando finalmente lo hizo, su voz sonó apagada.
—Realmente no me importa nada de eso.
Todos lo miraron.
—Ni la Santa Regencia, ni el juicio, ni lo que decidan hacer con la Orden.
Se quedó mirando el horizonte unos segundos más antes de continuar.
—Lo único que me preocupa es Braxton.
Un silencio incómodo se instaló en la habitación.
—Debería ir a buscarlo —añadió—. Pronto anochecerá… y la luna…
No terminó la frase, pero todos entendieron lo que quería decir.
Alexander habló con cautela.
—Creo que dijo que no quería que interfiriéramos.
Leonard no respondió.
—Quizá —continuó Alexander— deberíamos darle un poco de…
Leonard se giró de golpe hacia él.
Sus ojos estaban cargados de algo mucho más profundo que simple preocupación.
—Es mi hijo, Alexander.
La frase cayó pesada en la habitación.
—No puedo dejar de preocuparme —continuó con voz tensa—. Y menos cuando está a punto de volver a convertirse en esa criatura.
El silencio que siguió fue incómodo.
Uzías terminó el último sorbo de su café con calma. Dejó la taza sobre la mesa y se levantó despacio antes de dirigirse hacia Leonard.
—¿No has pensado —dijo finalmente— que quizás el que tu hijo recibiera esa mordida… ha sido una bendición?
Leonard se giró hacia él de inmediato.
—¿Has enloquecido?
La incredulidad en su voz fue evidente.